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BELÉN. -Tan campante. Kn la Castellana la tienes á todívS horas. FERNANDA. -Pues también esa ha visto las orejas al lobo. BELÉN. -Ca, si no fué nada. FERNANDA. -Si decían que se moría... BELÉN. ¡Como no fuera de envidia! Ya me h a copiado tres vestidos. FERNANDA. -Y yo que no te he dicho nada... Este es precioso. BELÉN. (Se levanta y se ofrece á la inspección de la amiga. ¿Te gusta? FERNANDA. -Mucho. Es elegantísimo. BELÉN. -Sí, es bonito, pero ¿para qué me sirve? Para adornar esta figura que nadie quiere. FERNANDA. Sonriendo. Ya te llegará la hora. BELÉN. -Sí, me llegará la hora... pero parece que se han parado todos lo A relojes. chaba complacida. Hasta aquí todo iba muy bien; pero se me ocurre exigirle juramento de fidelidad eterna, y él entonces, con cierta voz solemne y emocionada, me dijo: Lo juro... por estas flores que nos ven, tan cierta será mi fidelidad como que estas flores nos perfuman... Hija, me lo creí; las mujeres todo nos lo creemos. ¡Ay! y al abrir los ojos... Al abrir los ojos busqué con la mirada á las flores y con el olfato su perfume... Y ni en mi alcoba había flores ni se olía más qiie á potingues de botica. BELÉN. ¡Qué final tan prosaico! Yo que esperaba un cuento de hadas... FERNANDA. -No. el final no es eso; el final voy á revelártelo á ti, porque eres tú. BELÉN. -Di, di. FERNANDA. -Sin que nadie lo supiera ni aun lo sospechara, yo he tenido un novio. Pero despierta ¿eh? un novio de veras. FERNANDA. -Pues te llegará, no lo dudes. Podrá ¿ardar, pero llega. A mí... ya me llegó, BELÉN. ¿Eh? ¿Qué me cuentas? ¿Qué secretóos son esos? ¿Cuándo se ha presentado ese caballero? porque tú has estado enferma una semana, y... FERNAND. -Se ha presentado precisamente cuando estaba enferma. Y en forma de pesadilla. BELÉN. (Desencantada. ¡Ah, vamos! En esa forma he tenido varios novios, me he casado y hasta me he quedado viuda. ¡Valientes partidos! FERNANDA. (Riendo. ¡Mira que ha sido ocurrencia! Me dio la fiebre, treinta y nueve grados, por tener novio. BELÉN. -Abunda mucho esa fiebre. (Alargándole la mano. Verás... tómame el pulso. FERNANDA. -Pero no sabes lo mejor. (Confidencial. Que la pesadilla se convirtió en realidad. BELÉN. ¿Ah! ¿si? Cuenta, cuenta, Ya me interesa tu pesadilla. FERNANDA. -Como te digo, la calentura hizo que me saliera un novio... uno de esos novios que vemos en sueños... guapo, galán, principesco y leal y enamorado hasta la. muerte. BELÉN. ¡No caen esas brevas! Sigue. FERNANDA. -Como es natural en esta clase de delirios, se me apareció en un jardín. Me miró... le miré. Se sonrió... me sonreí. Me ofreció una rosa... la acepté. Euego me cfreció su brazo y también lo acepté. Conforme íbamos paseando, y en una noche de luna hermosísima, él me hablaba de amor y yo le escu- BELÉN. ¿Cuándo, picarilla? FERN. ANDA. -Hace muy poco. H a durado lo que las rosas; el tiempo preciso para pincharíne con las espinas. BELÉN. ¿Tan malo te na salido? FERNANDA. -No sé... Eo que puedo asegurarte es que ya no tengo fe en él. Como en la pesadilla que te he contado, creí ea el cariño de mi novio con esa fe ciega con que creemos las mujeres la primera vez que nos hablan de amor; medio dormidas, medio despiertas, no acertamos á definir lo que es sueño y lo que es realidad; el primer amor nos cierra los ojos... Y á ojos cerrados creí algún tiempo. Pero se me ocurre pedirle una prueba, quise probar su corazón, no por desconfianza, sino por el afán de que nos repitan lo que ya sabemos... Nunca lo hubiera hecho; creía á ojos cerrados, y la prueba me hizo abrir los ojos... En- tonces puse fin á mi sueño, lo maté y lo enterré con toda tranquilidad. ¿ílice mal? ¿Hice bien? No lo sé. Pero si te aseguro que es cruel lo que en amor nos hace abrir los ojos; ¡se está tan bien dormida y soñando á los diez y ocho años! ¡Qué empeño tau estúpido el nuestro de convertirnos de niñas en mujeresl ¡Qué triste es el despertar! BELÉN. ¿Pero qué piensas, chiquilla? FERNANDA, (Pejisativa. Que envidio á las mujeres que no ven, que no saben ver... Envidio ese cariño, verdadero y grande, que cierra los ojos á todo, y, suceda lo que suceda, no hace en el mundo más que una cosa: querer. J. ORTIZ DE PINEDO DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA