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JULIO. -T, o importante es que Teresa no se quede en blanco... Perdone lo ordinario de la frase. AMELIA. -lyO importante, señor. Monterde, es que demos fin á e. sta. broma. JULIO. -Si usted me lo consiente, j o hablo hoy mismo á su mamá. yL %i,i íí, (Riendo. Pero, por Dios... Teresa se enterará de esta idea loca... ¿Y la sorpresa que le ha anunciado usted? JULIO. ¿Quiere usted más sorpresa que ésta de pedir á usted relaciones en vez de pedírselas á ella? En ocho días no sale de su asombro. AMELIA. (Riendo- ¡Qué diablo de gustos 3 qué pronto los cambia usted! JULIO. -Ríase usted... Lo efectivo es que al sentirme mirado por sus ojos, los propios ángeles, comparados conmigo, resultan unos infelices. Pero si usted no me quiere el infeliz seré yo. AMELLA. ¡Nada, que me hace giracia este hombre! JULIO. -ASÍ, ríase usted... Bendita sea su, risa! h. T ívjji. (levantándose) Me parece que he oído el timbre... ¡Jesús! Ahí está mi hermana. ¡Ay, amigo mío... Yo creo que esto es una locura. JULIO. -Y yo. Por eso me encanta más. (Teresa aparece. A melia yjiiho quidanse en cómica perplejidad. AMELIA. -E ¡señor Mouterde, que ha venido á hacerte una visita. TERESA. -Ah, sí... la sorpresa... Juno. (Scdudándola) La sorpresa, justo... Sabía que iba usted á figurárselo, ¿cómo no? JULIO. (A solas con Teresa, sin saber por dónde empezar) Pues verá usted, encantadora amiga... H e venido á Madrid por capricho, quiero decir, sin objeto mayor que esta visita... pero un amigo mío de Cuenca... excelente amigo por cierto... ni él tiene secretos para mí ni yo tampoco... Joaquinito Ar; inaz, ¿se acuerda usted? J U L I O- -N o no; ya se rae pasa. Fues, como digo á usted, Joaquinito me encargó salude á usted en su nombre, y por cierto que me lo encargó muy significativamente... Bien; pero á lo que iba antes, cuando su hermana Amelia se ha ido... Amelia ha tenido la amabilidad de recibirme, hemos hablado largamente y... en una palabra, que estoy enamorado de Amelia y que Amelia consiente... TERESA. (Riendo) ¡Qué sorpresa! ¡Esto sí que es una sorpresa! Lo que siento es que para decirlo se haya puesto usted tan nervioso. JULIO. -No, por eso no... TERES. I. -Si mi hermana es su gusto de usted, celebro mucho el propósito, y á los dos les doy la enhorabuena Jui. i. -Con el mayor gustQ la recibo. Pues, como decía á usted, mi amigo Joaquinito anda enamoradísimo de usted, y... TERESA. -Perdone usted, Monterde. Yo también tengo una sorpresa que darle; no es usted sólo el que da sorpresas. Agradezco mucho el interés que demuestra por su amigo Joaquinito, como usted le llama; le honra usted con servirle de embajador; pero... ya no hace falta. Jvhio. (Estupefacto) ¿Eh? TERESA. -Hoy precisamente he contestado una de sus muchas cartas aceptando sus relaciones. JULIO. ¡Eh! ¿Pero qué está usted diciendo? ¿Pero Joaquinito le escribía á usted? ¿Pero Joaquinito se ha declarado á usted? ¡Y yo que creí que no tenía secretos para mí! ¡Fíese usted de los amigos! TERES. Í. (Sonriendo) Me place que le haya usted servido de, embajador... Pero, sin duda por olvido, en ninguna de sus cartas me ha dicho que venía usted á JNIadrid trayendo sus poderes. JULIO. ¡Digo! ¡Si no llega á gustarme su hermana de usted, me luzco! Perdone la exclamación... Vv. v. r. (Sonriendo) No la extraño. El refrán lo aSKWe- I J 1 ¡nu I I I 1 ii 1 M Si m -v ri I i 11 K 1 1 i I 1 i I i ifci J ja. ¿a. 1 w. n i L. J -tro cierto entusiasmo por usted... No sé si usted se fijaría... TERESA. -Sí, me fijé. JULIO. ¡Estoy sudando! Bueno, pues... Joaquinito ha aprovechado mi viaje... ¡Diablo de Joaquinito! ¡qué enamorado anda de usted! Paes ha aprovechado mi viaje para hacerme su mensajero... Ya puede usted figurarse... TERESA. -Está usted muy nervioso, Monterde. Zv tXO. (Eitiugándose la frente) Sí, estoy muy nervioso... y sudando. De pronto me he puesto así, no sé o jé será... TERESA. ¿Quiere usted agua, tila... dice: sobre gustos no hay nada escrito. JULIO. ¡Caram- ba con Joaquinito! TERESA. -Por otra parte, usted pensaba darine una sorpresa pidiéndome relaciones, ¿no es eso? Y j- o pensaba dársela á usted sintiendo no poder admitirlas. Usted, á su vez, pensaba sorprender á Joaquín, y Joaquín á usted... En resumen: que todos hemos sido sorprendidos. Y lodo esto es natural que ocurra... Porque en lances de amor nada debe sorprendernos. J. ORTIZ DE PINEDO. DIBUJOS DP. HUERTAS