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¡Descuida, hombre! So: i ceno el m- m- -sol- i- contesto candóle hasta siete entre s. na v 4 Marchóse el golfillo satisfecho, y á poGo se ovó su quebradiza voz que gritaba c c i S i n é? i neo La ií Eustaquia seguía, paleta en mano, esperan u Z x J T 7 r parroqu. anos. TemblabaTa mz azulada de la lamparilla, y al darle en el rostro b r d T d t T promin eilLrcalrülo: hundidas las exiguas nances en las tinieblas, parechi una de aquellas repulsivas viejas que Goya retrató en sus inmortales aguas fuertes. retrato No se había extinguido su nuevo preeón cuando un automóvi que venía calle abajo á más que me iSXerT i 1 TM d izquierda de cas a la miel Oyéronse murmullos de reprobación contra lo. sauto. nóvües, crispáronse amenazadores a gunos puños, flamearon iracundos algunos oíos v arrecio el escándalo con tan alarmantes propTciohn HMi b alle, torció bonitamente la esquina y leído la Biblia y en uno de sus libros aquella s. A esta sazón cayó el cristal de la blasonada portezue. a y asomóse a ella una mujer bellísima. Tenía las f ff tadas de blanco, que no parecían smo cloo tiernos picíioncilios de niveo plumón; ceñíase a su cuello, como rica estola, ua gallardo boa de negras plumas, y de él emergía su rostro sobrehuma r f i y TM ada de todas í! s ov, U. C Clin c o n qu l e rb j- p, i. So r zvf i: í! f- j p- bíL que el suelo se había sembrado de despachurradas taqt: ia se había levantado asustada por el ries o que corriera, que el automóvil se había parado eufeco y cariñosas, desapareció otra vez en el fondo del carruaje I a gente aplaudió, y el automóvil, señorial r mayestatico, arranco dando al aire el rezon- ar de- A sirena y desapareciendo en las sombras de la c líe Viva tu madre... -dijo, teiiriéndnse á l -j t. Oyólo un filósofo de lentes de oro, melena leonina y unas y ropas descuidadas, y, soltando el regulador a su cerebro, empezó á echar por su boca ideas y pensamientos sm darse vagar. Dijo así: -Por cinco míseros duros esta multitud se ha conpeo r P P f Ít sa todavía vertido de león africano en manso corderillo. Oh dipeor... -agrego retorciéndose el mostacho hasta nero... ¿Que orador tiene tu elocuencia? ¿Qué filósofo darse con las guias en las pestañas. tu persuasión? ¿Oué poesía tu encanto? ¿Oué música Pero la seña Eustaquia no hizo sino echarse á lio tu regalado sonar en los oídos... Yo te saUrdo ¡oh mí. rar y gritar entre sollozo y sollozo: sera moneda! Salve, soberana del mundo -i- Vy, Dios mio... l ¿Por qué te llevaste á mi Nica 1 aróse pensativo con la barbilla metida en un puño nor para que me tenga que ver como me veo y el mostacho enfoscado sobre la boca, y lueo- ó de ¡Uue desaviparaas quedamos todas las viudas pronto, abriendo los brazos con soberbio ademán V la hipócrita castañera, que jamás conoció mari. 7 Í- muchedumbre que me rodea... contíuuó, do, anadio, refiriéndose á hijos que nunca concibiera cuando, ya deshecho el grupo, nadie quedaba en tornó su estéril vientre. suyo. orí 7i r T T -7 i 1. Pa para mis pobres La í 7 í 7 Eustaquia, separada de él un buen trecho criaturas? ¿Que les voy á dar esta noche para que no se guardaba en el fofo pecho el preciado billete, y se me mueran de í; tó... P contemplando con sus lagrimeantes y pequeñueío A las voces que daba, á ios ayes guturales que inpjos los restos de su estabkcimienio que, cuando incótercalaba entre palabra y palabra, á los gestos de lume, apenas valdría cinco pesetas, mascullaba entre desesperación que hacía, ya estirando los blazos va sus encías sin dientes: retorciéndose las manazas, la gente acudió como ¿os- ¡Cuándo me atropellarán otra vez... P, íriH le manda tener el puesto en medio de la it V í l asta las orejas la gorra de alto frontis y la pastada visera. ¿NÓ comprende JOSÉ A L U E N G O UJDUJOS DE MÉNDEZ BRINCIA nue el chaufleur, envuelto de los hombros á los talo neseu un amplio gabán gns, iba del pescante a l a blasonada portezuela y de ésta hacia la castañera en actitud un tanto iracunda. -ciiiera en q j inutos antes pedía la muerte para toda su