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ÜLVISTA ANO XIX lUSTÍ ADAf N Ú M 93 MADRID, 6 D E MARZO D E 1909 4 y -r xjK JLTRO P: E: IVIVO horas hervía en su estómago. Finalmente, como si su: gordura fuera poca, aumentábala atándose á la cintura dos ó tres faldas, cifiéndose sobre pecho y espalda un mantón en gruesos pliegues y liándose al bovino cuello un pañuelo de recio algodón. Sin dar quietud á las juanetudas manos estuvo abriendo castañas y arrojándolas al tostadero. Revolvíalas con la paleta, avivaba la lumbre con cuatro golpes de soplillo, tornaba á empuñar la albaceteña y daba al aire su voz, aquella espantable voz que parecía el zumbar de cien moscardones metidos en un caldero. ¡Ca- len- ti- taas... -Ahora que- maan... -decía á grito pelado, ó peludo, que esto no lo determina la historia. Iva noche, aunque sucesora de un día de sol espléndido, había cerrado fresca. Los tranvías pasaban con los cristales como esmerilados por el vaho de los alientos, y la gente discurría ligera huyendo de aquel sutil vientecillo que, traspasando las carnes, parecía besar los huesos. Un golíillo, con un cajón de baratijas soDre el pecho, se acercó al puesto y le dijo: -Déme usted cinco céntimos de castañas. y mientras la íí a Éustaquia buscaba en el tiesto de las ya tostadas dos que había visto podridas, añadió el harapiento comprador. ¡Despácheme usted bien y que no haya r. inguna podría... r ETENiDA toda la tarde por urgentísimas é inapla zables ocupaciones, la se lá Éustaquia, la castañera, no pudo llegar á la esquina de costumbre hasta el anochecer, y por pronto que quiso abrir su establedmienlo, cuando lo hizo ya no había en el cielo más que un vislumbre de pálida y blanquecina claridad, y los focos de las tiendas y las farolas y las luces de coches y tranvías alumbraban gallardamente el arroyo y las aceras. Apenas hubo acomodado parte de sus anchísimas posaderas en el angosto y duro taburete que le servía de asiento, se puso á encender la lumbre abanicando con un soplillo la negruzca panza del hornillo, y dióse tal maña- -como maestra en el oficio- -que al poco tiempo llamearon las teas y empezó á chisporrotear el carbón. En seguida, para que el combustible no se consumiera en balde, encendió una lamparilla de acetileno, echóse un celemín de castañas en las faldas, á la sombra de la disforme tripa, y procedió á rajarlas con una navaja albaceteña, tan vieja que bien pudo usarla Escarramán en los pasados siglos para consumar sus hazañas. Era la seña Éustaquia gorda como un buey y grande como un castillo; la nariz, remachada; crasos los carrillos, y negra y desdentada la boca como entrada de sumidero. Sus ojos, de color de esmeralda sucia, lloraban continuamente, según ella, en honor de sus queridos difuntos, y según la gente que todo lo husmea y sabe, en honor del aguardiente que á todas