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andando por la pedregosa calzada, teñida ya de luz y aromas, 3 llegó á un sitio donde parecía finalizar al hundirse bajo un túnel tupido de ramaje, á cuyo final el sol batía como una lisonja y como una promesa. Humeaban las casas de Ermelo en el espacio transparente de aquella mañana azul y buena; el liuuio subía al cielo en espirales largas como cipreses de incensario. La vieja acercóse al portal de una casa enjalbegada que tiene un balcón de hierro á lo largo de su facliada sombreando tiii escudo de piedra. Sra la casa retitoral. Una c, ri; ida dijo á la vieja C ue el señor abad, á r ¿u ¡en quería ver, acababa do llegar de decir misa y -Eueuo. mv. jer, bueno; serás servida. Iva criada se acercó en aquel nicaiento con un g r c n vaso de leche recién ordeñada, mantecosa y humeante, que el abad apuró glotón, como lo era su vida, glotona y regalada, semejante á aquella que se describe en los versos del arcipreste... La vieja, en vez de retornar á su casa por el camino que trajera de manan. luése por la ladera del m. onte, donde abundan los casales, llamando á sus puertas en súplica de un bien de caridad. En algunas la socorrían con mendrugos de borona que guardaba en la faltriquera; pero en otras la despaciiriban diciéndole: 0ll s que se encontraba en la huerta, indicándole que pasara allí, donde á la sazón tomaba el chocolate bajo el emparrado, á la vera del pomar, -Señor abade- -le dijo, -tráigole los dineros para las misas de que le hablé, y quisiera ¡si no lo toma á mal, que fueran dichas todas ellas en viernes, á la hora del alba, en el altar aquel donde hay un velero (que cuelga del techo. -Está bien, mujer. -Y mire- -agregó- -tenga bien presente que son por mi hijo, que anda á navegar y que San Telmo le guíe por esos mares de Dios, que son muy grandísimos, según dicen, y muy hondos, muy hondos... ¿Entiende? Sobran, señor abade, de estos sesenta reales que le entrego, siete y medio justos, que ha de inveritir en aceite para la Virgen y en una docena de cohetes el día de la fiesta. Entregó los tres pesos que guardaba envueltos en una punta del pañuelo, extraído del fondo de la faltriquera, y el abad, que arrebañaba con un trozo de pan el fondo de la jicara, dijo en tono cariñoso: ¡Vete de ahí; más te valdría cuidar de tus tierras y de las onzas que guardas donde nadie sabe! ¡Condenada... Una maldición salía de los labios de la vieja; arcaica maldición estudiada en los antiguos libros de la mitología rural, que á través de millares de centurias conservan hechizo y perfume en sus hojas. Cuando llegó á su casa era casi de noche. Introdujo un brazo en un agujero del muro y extrajo la llave de la puerta; luego la hizo rechinar en la cerra dura, y en esto el mirlo asobió en el parral. -Si mismo semejas á los mortales, ¿cómo vas á ser bueno, mirlo embrujado? ¡Pobres mis uvas y mis maíces! ¡Y en tanto yo sin probar alimento en todo el día! ¡Que cada nota de tu pico se convierta en una miríada de sapos... La voz de la vieja resonaba en el quicial á superstición, á creyenta de hechizos y milagros; voz miserable de maldición que el mirlo quiso remedar eu su tono sin lograrlo, hasta que alzando el vuelo fué á uerderse en lo más obscuro de la umbría... PRUDENCIO CANITROT. DIBi: jOS DE KEClOOft