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pL hombre es, evidentemente, un ser desmemoriado. Para convencerse de esta verdad no hay sino prestar á un individuo cualquiera ftiuco duros. En cuanto se los gasta, ya no se acuerda de que se los han dado, y mucho menos de que tiene el deber de devolverlos. Y es que la pérdida de la memoria es, en muchas ocasiones, el gran reciirso. Jamás e tudiante alguno ha confesado su ignorancia sobre ésta ó la otra materia de examen. A la apremiante pregunta del catedrático, el alumno contesta siempre: Ño recuerdo... Y hasta el profesor mismo, cuando quiere salvar á un alumno recomendado que permanece mudo, suele deairle con cariño; Esto no lo recuerda usted, jno es cierto... ger los hombros, arquear las cejas y decirle en tono de duda: Pues sabe usted que no le recuerdo... Con ta recurso paramos el golpe, pues estos amigos que se es fuerzan en hacernos recordar que nos conocen, siempre vienen á pedirnos algo. De lo dicho resulta que en determinados casos el hombre se olvida délas cosas porque quiere ó porque así le conviene; pero hay que confesar que estos casos son los menos frecuentes. I o más usual es que las gentes pierdan la memoria de buena fe. Somos por naturaleza distraídos, y la frase que de continuo tenemos, en los labios es la de; ¡Qué cabeza la mía... ¡Maldita memoria... Basta con que el cielo esté nublado para que saquemos el paraguas de casa y... nos le dejemos olvidado en cualquier parte. Y no es eso lo malo. Eo malo es que tampoco recordamos dónde le hemos olvidado. Si esto sucede con un paraguas, ¿qué no sucederá con otras cosas... Hay quien tiene hoy una novia y á los dos meses ya no se acuerda de ella. En amor, el olvido es terrible, y á evitarlo tienden esos recuerdos amorosos que recíprocamente se entregan los amantes. -Toma, para que no me olvides- -dice ella, depositando en manos de él un rubio mechón de pelo. -Gracias- -contesta él, besando el rizo y añadiendo: -Toma tú este retrato para que te acuerdes de mí. Precauciones son éstas que tienen por objeto evitar la pérdida de meínoria, harto, posible entre enamorados. Yo conocí un galán que tenía tantos mechones de pelo, procedentes de sus conquistas, que ya no recordaba á quién podía pertenecer cada uno de ellos. -Este parece de aquella Pura que conocí en Cerce- Y no sólo sucede esto en los tribunales de examen. En los tribunales de Justicia la flaqueza de memoria aparece radiante en procesados, peritos y testigos. Un juicio oral es un desfile de gentes que no se acuerdan de nada- ¿Fué usted- -pregunta el señor fiscal- -el que en la noche del 3 de Marzo dio veintidós hachazos á PascualLópez Colchero... -No recuerdo- -contesta el acusado con el mayor aplomo. Nada hay tan cómodo como estas faltas de memoria para defenderse contra toda clase de peligros. Cuando un señor que nos fué hace tiempo presentado, se ofrece de nuevo á nuestra vista, lo primero que hacemos, si su presencia nos desagrada, es enco-