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porque sentí, de repeufe, que me cortaba su aliento. EL E N E M I G O En una cima muy alta di con un viejo muy viejo, con los cabellos muj blancos y con ios ojos muy negros; muy arrugado de rostro, muy cejijunto de ceño; campesino por el traje, montaraz por el aspecto. Era en mitad del verano, tan galán y tan espléndido, cuando en la cumbre, tan alta, di con el viejo tan viejo. Asentado sobre peñas, reposaba sus alientos, agitados, repetidos como soplos de los cierzos. -f Qué hacéis por aquí? -le dije. ¡Nadal- -me repuso. ¡Espero! Y el aire tembló de pronto, tembló con la voz del viejo. ¿Amáis las cimas enhiestas? ¡Acatan siempre mi imperio! ¿Veláis en la cumbre asólas? ¡A solas, y há meses, velo! ¿Cuidáis de rebaños blancos de ovejas y de corderos? -Soy el pastor de las nieves que en la umbría se durmieron. Velo también por mis hijos. ¿Por vuestros hijos? -I os vientos. En estos montes reposan, fatigados de sus vuelos. ¿Por qué no volvéis al valle con los hombres? -Hoy no puedo. ¿Quién velara por mis hijos? ¿Quién cuidara de mis reinos? Cuando retorne Diciembre, ya volveré de mi acuerdo; ¡ya pasaré por los llanos! ¡ya tornaré por los pueblos! Temblaba el aire de Agosto con temblores de misterio; temblaba, como asustado con las palabras del viejo. Los dos callamos. Reinaba sobre la cumbre el silencio. El sol ardiente bruñía las blancas peñas á fuego. ¡Quede con Dios, buen anciano! -dije, de pronto, con miedo ¡Vaya con Él! -merepuso, -va 3 a en paz, buen caballero! Ya pasaré por los llanos! ¡Ya tornaré por los pueblos! Sentí que su aliento frío me traspasaba de nuevo, como soplo de ventisca, como ráfaga de cierzo. Bajé con rápida marcha, sin reparar en senderos, como en alas del espanto, como por tierras de ensueño. Bajé con rápida marcha, buscando el valle sereno; tornando al calor, que es vida en las almas y en los cuerpos. Y allá se quedó tan solo, sobre su cumbre, el abuelo; el de los ojos sombríos y los nevados cabellos; á la vera de sus nieves y á la mira de sus vientos, esperando y esperando las mudanzas de los tiempos... Allá se quedó en las cumbres, taciturno y soñoliento, señor de las rocas bravas, huésped de los ventisqueros. Y allá se quedara siempre, sin que mudara de acuerdo, sin que volviera á los llanos, sin que tornara á los pueblos. Allá se quedará sienrpre, mi enemigo, torvo y terco, el padre de las borrascas y del Dolor; ¡el Invierno! CARLOS FERNÁNDEZ SHAMÍ DJBUJO DE j FltANCÉS