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llevaba hacia un bufete lucrativo. Y he aquí que toda la combinación se venía á tierra, y á la poesía del crimen pasional, ardiente, típico, substituía la prosa de un vulgar asesinato. -Entendámonos- -murmuró haciendo con la mano derecha la señal que siempre expresa poco á poco -Usted no tenía nada con la Remigia; la Remigia... no le seducía á usted. Bueno. Y entonces, amigo Juan, ¿cómo me explica usted el hecho de autos? ¿Por qué mató usted al Negmzo? ¿Había mediado entre ustedes alguna cuestión? -No, señor. Cuestión, ninguna. Al contrario; en el taller nos llevábamos perfectamente. Aquella maña na, la del día en que pasó el disgusto estuvimos echando unas copas en la taberna del Pelele, y me las pagó por cierto él. ¿Estaban ustedes, ó uno de ustedes, embriagados cuando ocurrió el hecho? -Tampoco, tampoco. Yo nunca! o he tenío por costumbre, y ÍV VKSO, que la cogía á menudo, entonces no la cogió, porque total fueron dos eopilias, y de mañana, y la cosa pasó- al retirarnos. defensores. t ¿Para qué se quieren las fias v ii fiaca esniirriás en el mundo? era lo que d 2 Ía. Y yo! e replicaba: Pues mira, cuando atices leña á la Remigia procura que no esté yo elante, porque un día me atufo y hago una barbaridá, y se reía, se reía á carca. jadas: Anda, que le ha salió un galán á la Remigia. Y usted dirá- -prosiguió el asesino- -que siendO la Remigia tan buena no se averigua por qué la pegaba su hombre... Pues ahí está lo que me sacó de mis casillas. Ver que no había motivo, ¿pero qué motivo? ni como el que dice tanto así de la sombra de pretexto. Que si la sopa de fideos era un engrudo... que si los garbanzos estaban duros... que si los chicos lloraban... que si faltaba un botón á la blusa... Todo mentira las más veces... y un descuido lo tiene cualquiera, me se figura. En fin, que el día de la cosa... de la desgracia... porque en medio de todo desgracia fué... pues el Ne- Jruzo entró en su casa de mal talante, y sin reparar que estaba yo allí, y tamljién el luayor de los niños, una criatura de ocho años, ia tomó con la Remigia, y por primera providencia la pegó dos puñet; izos en el pecho. Y como ella se echó á llorar, la ¡á- -Siendo así, ¿tomo se comprende... -Fué de esas cosas... vamos, de esas cosas que hace un hombre... sin saber muchas veces ni por qué las hace. Verá usté... Y o tomé posada en ca el Negmzo porque él se empeñó, diciéudome que e. staría muy iDÍen y muy bien. Tocante al hospedaje, no tengo na que decir: su buen cocido, su buena cena, la cama asea, y todo según corresponde. Pero á mi me llevaba el demonio viendo el trato que le daba aquel tío á su mujer delante de mí. Que la matase allá en su alcoba, malo será, pero nadie tie que meterse; para eso era su señora. En mi cara era cosa de avergonzarme. Estar un hombre presenciando que á una mujer la hacen tajas y dejarlo... vamos, que se le requema á uno la sangre. Yo en jamás les levanté la mano ni á mi madre ni á mis hermanas cuando vivía con ellas. E s una malavergiienza para un hombre el sacudir á las hembras, y más si son como la Remigia, que se cae de puro honra. Así se lo dije al Negruzo muchísimas veces, y si hubiese quedao con vida él no lo negaría, que por amouestao no quedó. ¿vSabe usted, don Jacinto, lo que me contestaba el fresco? Que la Remigia era tan fea, que le chocaba que la saliesen dio una pata en una pierna que la tiró al suelo, y ya en el suelo alzó una silla para darla Dios sabe dónde. Y entonces, un servidor... na... el demonio... Me lo hubiese comido, vamos; le di tantas, sin saber lo que estaba haciendo, que me contaron después que hasta le secioné una oreja y tres dedos de la mano... No, por avisado no fué; que se lo advertí veces. ¡Y no hubo más... ¡Ah! Sí. El chico pequeño, cuando yo me liar- té de dar, vino á mirar á su padre, que ya no se movía y me dijo muy calladito: ¡Bien hecho! El abogado, silencioso y ceñudo, reflexionaba. -Se hará lo posible... Pero como no se trata de un crimen pasional, no me atrevo á hacer que usted conciba tantas esperanzas... ¿Por qué no dice usted cuando llegue el caso que estaba usted prendado de la Remigia? -Porque sólo con verla, señor, no lo creer n... Y tampoco está propio eso de caluniar á una mujer decente. -Pues lo que es éste de presidio no se escapa- -pensó el defensor malhumorado, y resolviendo ya, en su interior, no apretar en aquel asunto borroso y deslucido. LA CONDESA DE P. A, RD 0 B A Z A N DIBUJOS DE MHNDEZ BÜINCSA