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Noté mi voz un poco trémula al comenzar el esbozo caudal difícilmente le abriría las puertas de aquel re- de una mentira. Pero no pude sino iniciarla; los dos cinto. semblantes femeninos se demudaron, palidecieron, Nuestra comunicación fué en intimidad, sin celo- ¡Chss... silencio, silencio! -dijo la viejecita señasías intermedias. 331 recluso se anticipó á toda prelando á una puerta envidriada, -tiene el oído tan gunta. -No, no indagues, no quieras saber el por qué... aguzado por el mal... Que no oiga... ¿Dice usted que No he de intentar ni disculpas fútiles para sincerar- Marino... Me faltó valor. Sentí... creo expresar la verdad dime. Estoj donde debo estar; merecido lo tengo... Gracias, gracias por haber venido. Te esperaba. Pero no ciendo que palpé la angustia de aquellos seres, cuyas es por mí, no. Es por ellos... ¿Sabes tú, Por ellos... miradas se clavaron en mi rostro. Y siguió un doloroso silencio. Al llegar aquí nn velo de emoción casi imperceptiArranqué, al fin, con palabras seguras: ble celaba su voz, y un velo húmedo sus ojos. Debo- -Nada, no es nada. Un viaje repentino, inesperaconfesar- -sinceridad obliga- -que interpreté maliciodo; cuestión de tres ó cuatro días. El director del pesamente estas leves manifestaciones sentimentales; riódico... ya ustedes saben, hombre caprichoso, le detrás de ellas venia, de seguro, la acometida á la bolsa. Acaso se percató de la sospecha, y para atajar- hizo salir precipitadamente de corresponsal extrala extrajo de su cartera dos billetitos de á veinticinco. ordinario... á no sé dónde. Me encargó que les avisa- -Toma. Sólo á ti puedo confiar el encargo; serás ra, que les trajera este dinero, que telegrafiará en el primer amigo que penetre en mi hogar... ¡Mi hogar! cuanto llegue que me avisen á mí si algo más neceElévales esto. El viejo está en cama va para un año; mi sitan. Nada, que no hay por qué asustarse... De mis frases no debió trascender ni el más leve madre, mi hermana... entrégales eso y engáñalos con cualquier historia; inventa lo que quieras; un viaje tufo de bellaquería. Renació la tranquilidad en el repentino, una detención por delito de imprenta; así alma de las dos mujeres. puedes pintarme como un mártir de las ideas... in- -Ya, ya estábamos asustadas- -dijo la vieja. venta, miente, miente; el caso es que no sepan, que no- -Nunca pasó tanto tiempo sin parecer por casa- -sepan... dijo la niña. -Con la vida suya, tan ordenada, tan metódica... Me dio unas señas y desapareció, sin dejarme tiem- -Sólo cuando en el periódico hay mucho trabajo po á pedir explicaciones. Ni falta que hacían. El encargo era enojoso, pero sencillo, fácilmente cumplide- nos deja solas toda la noche. A veces se pasa en la ro. Serían gentes tan avezadas á trances parecidos... redacción veinticuatro horas seguidas. con una vida como la de Marino... Nada- -me dije á- ¡Pobre hijo mío! mí mismo. -que si al par de billeteios del recluso- -Se mata por sostenernos. ¡Pobre hermano míol añado otro par de ellos de mi exigua cosecha, dejaré- -Y mire usted lo que es; nunca en la vida consiná la familia en la abundancia, como quien dice, y fe- tió que pusiese aquí el pie ninguno de sus amigos. lices- -fuera hipocresías, -sí señor, felices al verse li- Ni hablarnos de ellos siquiera. bres por una temporada de la borrascosa vida del- -De usted, sí- -dijo la hermana de Marino un poco tronera. turbada; -de wsted nos habló algunas veces. Tiene por usted estimación profunda. -Y es qne no ha de penetrar aquí, de puertas adenLas comisiones molestas, ya que no podamos del tro, ni el rumor de la calle, del arroyo, como él lo llama. todo esquivarlas, sacudírselas pronto de encima. Así Dice que esto es el sautuario. ¿sabe usted? Antes de pensé apenas traspuse la cancela de la prisión; y entrar, se restriega los zapatos contra el felpo de la como lo pensé lo hice. puerta, y, siempre de buen humor, exclama: PurifiMe fué preciso ir preguntando por la calle indicaquémonos, áa, que era de esas en cuyo nombre se advierte clara Oía aturdido, dssconcertado, aquellas declaracioresonancia de Madrid antiguo. Y así era en efecto. nes de la intimidad de mi amigo. ¡Qué extraños, qué Nada de aquellos lugares á que solía conducirme en ignotos esconces- -pensaba yo- -tienen las almas! Aun nuestros paseos nocturnos. Al contrario, calle silenlas que imaginamos más elementales. ciosa, de las de más vieja estirpe matritense, en don- -Y con su hermana- -siguió diciendo la vieja- -no de los humildes caserones ostentan fachenda y am- puede usted figurarse qué extremos, qué escrúpulos. plitud de morada hidalga. Ea de Marino, sin duda Para él todo es un peligro, una perdición, una veren pasadas centurias fué palacio, y hoy, venida á me- güenza. Ni á misa aquí enfrente la deja ir, si no es nos, era una modesta, aunque honrada casa de veci- conmigo. Es un sacrificio. nos. Conservaba, como restos de su esplendor preté- -No, madre; por él no es sacrificio. ¡Me quiere, me rito, zaguán de los de poyos y arrendaderos y ancha mima tanto! escalera. ¡Ah, eso sí! A ella, á mí, á todos... Ea puertecita de cuarterones á que llamé, en el úl- -Mire usted las últimas violetas que me trajo antimo piso, ya era un considerable menoscabo de to- teanoche. das aquellas grandezas. Ea campanilla sonó honda, Y me señalaba el ramo, ya un poco marchito. triste. No sé qué extraño poder tienen estas campa- -Permítame- -le dije, poniéndome en pie, dispuesnillas de las casas viejas; sentí una inquietud de todo to á despedirme- -que mañana le envíe otro ramo de punto inmotivada; como deseo de no haber llamado. violetas frescas. En mi egoísta satisfacción por quitarme de encima- ¡Ay, eso no! -me respondió con resolución; -mael encargo, ni siquiera había previsto el embuste más chas gracias, de ninguna manera. verosímil. -Mientras él vuelve; esas ya... -No importa- -me dije, -puede que la verdad sea- -No puede ser. Se enfadaría, se enfadaría mucho, lo mejor de todo. ¿Si lo estarán aguardando... y yo no quiero, yo no debo enfadarle... No, no. ¡Me En este momento abrieron el batiente de cuartero- qmiere tanto! nes. Oí en la obscuridad una voz opaca, susurrante. Mi despedida fué lo más atolondrada que psede A mis primeras palabras la vocecita me invitó á que imaginarse. pasase. Bajé la solemne escalera con tal aturdimiento que Y pasé. Ea guarida del tronera me dejó desconcer- me parecía rodar los peldaños; al verme en la calle, tado; todo era allí pulcritud, curiosidad, aseo. Un vacilé. r a g o aroma de incienso se difundía en el aire, y junSentí impulsos de subir otra vez para decirles la to con él otro perfume más sutil: el de la ternura fa- verdad... ¡la verdad... Pero la verdad, ¿quién era camiliar, no sé qué transparencias de intimidad recata- paz de decirla en aquella salita aromada de violetas, da, de arrobos castos. llena de sol, de intimidad, de ternura, y á aquellas Fueron dos mujeres las que se presentaron en la dos mujeres temblorosas de amor por su hijo, por su salita, llena de sol y de tiestos floridos: una era casi hermano... Mañana, mañana- -me dije- -vendré con vieja; otra era casi niña. En un vaso había buen pu- las violetas y con otra mentira, y al día siguiente ñado de violetas mustias. Eas dos mujeres hablaban nuevas flores y nuevo embuste... ¡Soy un cobarde... quedo, como se habla al lado de un enfermo. Peio la verdad yo no la traigo. Ella vendrá sola. FüANCiseo A C E B A L DlBUIOS r R MÉNDEZ BRlNa