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tes vidas hacían difícil el encuentro; pero cuando éste ocurría, se desbordaba copioso, alborotado, simpre juvenil y franco, el torrente efusivo; volvíamos á ser desde el primer instante los camaradas unidos por la cordialidad sincera y algo retozona de otros tiempos, ya un poco lejanos. Primero los abrazos estrujadores, después las rápidas noticias de nuestras vidas, para terminar, por reacción, en un chachareo manso, ese íntimo y sostenido platicar en el que verdaderamente se forjan las cordialidades. Horas enteras duraban estos paliques; queríamos resarcirnos de las ausencias buceando en los recuerdos, y un poco también en las esperanzas. Para mayor comodidad celebrábamos estas entrevistas en el primer cafetucho que veíamos. Repantigados, charlábamos, yo con una taza de café delante, Marino con una copa de cognac, tan pronto sorbida como renovada. Alguna vez me ocurría dar con él en horas de la noche en que ya los cafés estaban cerrados, y entonces ambulábamos en lento, en sinuoso callejeo. Quería Marino en tales ocasiones que nos acogiésemos que yo no sé en dónde vive... Sí; entonces, al oír la pregunta del cochero, caí en la cuenta que la vivienda- -ó la guarida- -de aquel vicioso había sido para rní, y para todos sus amigos, un misterio. Ni en los tiempos de confiado compañerismo estudiantil pude saber del hogar de Marino. Es verdad que entonces no sentí cosquilleo eurioso. Los pocos años no inducen á escudriñar con impertinente comadreo vidas ajenas. En nuestros últimos encuentros nocturnos, durante el callejeo ambulatorio, alguna vez propuse- -juro que sin pizca de intención inquisidora- -acompañarle hasta su casa. Estéril galantería; Íbamos á parar á una barriada solitaria, sospechosa, y, ya en ella, rápidamente, á la vuelta de una esquina, tendíame la mano, diciendo: Buenas noches; ya estoy en casa; aquí á la vuelta... no te molestes. Veíale alejarse, como sumirse en las tinieblas, calle abajo. ¡Buen peje estás! me decía á mí mismo, poniendo en las palabras la mayor suma de malicias. Y ya no pensaba más en el caso. Hasta otra. JÍV -i 5. I L TM i. 1 E i J i -TM Uk TM i. iA S i v I 4 1 r- i 1 -1 C TI? I f r, v: i i r: i í ¡h j i y. i. ¿Í 4 í aJ? i- i en tabernáculos recónditos, que él sin duda conocía, tal vez frecuentaba. Resistí siempre; no era virtud, era asqueo. Era á la vez temor de que amaneciese el día teniendo que llevar un beodo de bracero por las calles, I, a última vez que topé con mi amigo no fué menester hacer estación en ningún establecimiento tabernario para que me viese en la enojosa necesidad de ampararle. Le encontré ya en estado de embriaguez desatada. Era media noche, en callejuela obscura, solitaria; dos guardias y un sereno forcejeaban con mi amigo para levantarle del umbral en donde estaba caído y llevarle no sé adonde. Al pronto no vi á Sepúlveda; me acerqué al grupo solicitado por lo grotesco de la escena. Los guardias se mofaban con grosería del caballero borracho. Al interponerme, más por repugnancia que por humanidad, reconociendo al beodo, corté burlas y tirones. Hice buscar un coche, cargamos como pudimos el cuerpo fofo, desvencijado, y con un ¡arrea pronto! salimos rodando. Ya en marcha, el cochero se volvió para preguntarme: ¿Adonde, señorito? Es verdad; ¿adonde... me dije á mí mismo. ¿Adonde voy yo con esto... ¿A mi casa? ¡Qué diría, y, sobre todo, qué pensaría mi familia... ¿A la suya... Pero si ahora caigo en la cuenta El coche seguía rodando sin rumbo. Fué iautu. un insistencia, ya suplicante, ya fosca, con el beodo por saber su morada; ni en la inconsciencia de la beodez pude arrancárselo; y la luz del alba acabó por alumbrar aquella escena grotesca, dentro de un coche que iba al azar de calle en calle. Poco tiempo después de aquella correría recibí una carta de Marino, que me produjo estupor indefinible: estaba datada en la prisión celular. Llegué á creer en la tosquedad de alguna chanza burda; por entrecruzados que estén los andurriales del vicio y la delincuencia, nunca creí que mi amigo pusiera pie en éstos, dando con su asendereado cuerpo en una cárcel. Ello es que me rogaba una visita; era ruego apremiante, adornado con viejos y sentimentales recuerdos; sólo en mí fiaba, sólo yo podía servirle en el congojoso trance. Sin duda me juzgó Marino- -como me juzgan tantos- -persona pudiente, y puso en mi largueza toda su esperanza. Al trasponer el tétrico rastrillo, no temblaba yo por la impresión de la visita en locutorio carcelario, ni siquiera por la situación lastimera del amigo; toda mi congoja era el desengaño que le aguardaba; mi