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VO REVISTA AÑO XIX ILUSTRADA f MlíM. 928 MADRID, J 3 D E FEBRERO DE 1909 ú- m 1 B- fev Hi: í r i IÍ; f iigiai. I- JL OXJJLRIÜJL do de que en la realidad no siempre van los hechos por estos fantaseados cauces. De Marino Sepúlveda sabía, ha tiempo ya, á qué atenerme: disciplinado, reducido á los cauces dé la vida metodizada, seguro que le vemos lo que se dice un hombre de provecho. Nada de genialidades, nada que excediera maravilloso; ni aun creo yo que Marino hubiera descollado nunca en las letras por fuerza de ingenio incisivo; por aquella causticidad, donosa y venenosa al mismo tiempo, que formaba como la aureola de su nombre para los que de su persona sabíamos, que éramos los del oficio, ya que al público no había llegado su fama. Un prematuro descoco, bastante burdo, fué suficiente para afiliarle, desde muy mozo, á la legión de los ingeniosos. Y una vez en ella- ¡ya se sabe! -hay que defender el puesto. Tengo más de un motivo para afirmar que aquel gran satírico, perdido para las letras, tuvo siempre secos los manantiales de substancia corrosiva. Era un condenado á la pena de ironía forzada. Y allá, en los obscuros fondos del alma, un excelente muchacho, un sentimental, que se obstina en pisotear las flores de la bondad y de la ternura. líos veíamos de tarde en tarde. Algunas veces pasaban años enteros sin avistarnos. Nuestras diíereñ- AAi simpatía por aquel hampón ha de contarse en el número de esos sentimientos que no se someten á la disciplina de lo razonable. ¿Quién no ha sentido brotar en su corazón vivaz y fuerte alguna de esas vegetaciones espirituales que trepan, que reptan, y á cada poda retoñan con renovado brío? El origen de nuestra amistad era obscuro; enturbiábalo el inmundo remolino de una pubertad fangosa, como tantas entre nosotros; vidas abiertas á la vida entre los lárñedales de lo hampesco. Nos perdimos de vista durante algunos años; sólo de tarde en tarde sabíamos uno de otro, al revuelo de una de esas charlas en las que el garfio de la curiosidad va extrayendo recuerdos y nombres. Siempre obtenía de aquel galopín las mismas invariables referencias, entre desdeñosas y compasivas; las que tan dolorosamehte menudean entre mocedad latina: Gran cabeza- -decían; -pero destornillada. E ¡1 calvatrueno que dilapidaba, no caudales contantes y sonantes, que nunca había poseído, sino lo que más vale: el tesoro de un ingenio siempre fértil. A creer la fama, por los regueros del vicio corren en tierras meridionales, entre las turbias aguas, las ricas perlas del ingenio. Casi diríamos que los criaderos de ellas son las sentinas. Por suerte, nos vamos convencien-