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TJu día en que Floraldo se presentó cargado con un cofre lleno de joyas de oro, perlas y diamantes, que representaban el valor de su patrimonio empeñado á u n usurero (acaso el padre de Mará) la danzarina le miró despreciativamente. ¿Crees que me deslumbran esas alhajas? ¡Estoy acostumbrada á dádivas! Mientras no me des una joya única, que yo te señale, no seré tuya, ¿entiendes? jamás; así me presentases el mundo entero. -Aunque pidas la corona de la Reina ó el restrillo de Nuestra Señora del Desamparo, te lo traería. ¡Hablal ¡No tardes! Mará calló un momento, como calla el verdugo al disponer la argolla. Bajo su vestidura, en que se mezclaban gasas sombrías con pesadas estolas de tisú y piedras, se adivinaba la ágil y culebrosa gracia de su cuerpo, las lineas de la morena carne, y un perfume de benjuí se exhalaba de los pliegues y senos de sus brazos, ceñidos por ajorcas de filigrana. Floraldo temblaba de concupiscencia y miedo á no poder apoderarse de la joya única -Hay- -dijo Mará lentamente- -una cristiana de brillantes ojos, á quien amabas antes que á mí. Dame esos ojos de luz para hacerme unos pendientes, y entonces... Por feroz que sea el amor malino, Floraldo se horrorizó de la propuesta. L, os ojos de Claraluz! ¡De Claraluz, que seguía adorándole Y á fe, dueñas y doncellas honradas, que bien le duraría elhorrorlo menos una hora. -Próxima ya aquélla en que sale la luna, acercóse á la reja de su antigua amada, que le esperaba todas las noches aunque no viniese nunca, y con arrullos y engaños la quiso persuadir de que necesitaba sus ojos como remedio prescrito para enfermedad de muerte. Claraluz sonrió con infinita tristeza. -No mientas... -suspiró entre una caricia. -Ya sé para qué quieres mis ojos. Felices ellos, que todavía, desamados, pueden contribuir á tu ventura. Te los enviaré mañana en una caja de plata rica; ¡Mañana! -protestó involuntariamente el fiero egoísmo de Floraldo. -Esta misma noche, pues no puedes aguardar. -murmuró con dulzura Claraluz. -Y mis ojos seguirán brillando como zafiros orientales en las orejas de la que prefieres ahora. Oye bien... Sólo se apagarían si ella te traicionase... ¡Acuérdate! Si ves extinguidos mis OJO. S, olvídala y vuelve á mí... En mi corazón encontrarás consuelo. Porque la traición duele mucho, alma mía. No uolerá tanto arrancarse los ojos, de seguro. En efecto, á la media hora, un paje entregó á Floraldo, en su casa, la cajita de plata donde dos espléndidos zafiros destellaban claridad divina. Aquella misma noche, según habia exigido la impaciencia del galán. Mará colgaba de sus orejas chiquitas los pendientes, y Floraldo se embeodaba de ese licor que pierde fuerza al enranciar y tiene en los primeros sorbos junta toda la ambrosía y toda la miel... Casi desde el día siguiente empezó á paladear también con otro género de embriaguez dolorosa, el veneno de los celos viles que roen al que ama despreciando. Mará salió á la calle con sus pendientes, que destellaban como astros, y detrás de ella se fueron todos los donceles y no pocos varones bien barbados y hasta con barbas de plata y de estopa gris, enloquecidos poi los bailes que ejecutaba la hija de Satanás y por el matiz singularísimo que daban á su tez bruñida, de cobre nuevo, los aretes res plandecientes. El rastro fulgurante que estos dejaban servía para seguirla al través de calles y plazas, entre el gentío agolpado para admirar las dos piedras únicas en el mundo, y las grandes señoras, al pasar escoltadas por escuderos, pajes y rodrigones, palide cían de envidia ante los zafiros celestes, cuya lumbre prestaba hermosura y atraía misteriosamente voluntades. Ea reina, á su vez, quiso ver los aretes y sintió la contracción de la garganta que causa el deseo muy vivo de una cosa que no nos atrevemos á poseer. Nunca Mará había sido tan pretendida, tan requa brada, tan adorada como desde que poseía las dos maravillosas piedras, que la rodeaban de un esplendor de cielo de estio; y Floraldo, que no se apartaba de ella, pensaba aveces, para calmar la desazón mortal de los celos continuos, que mientras los zafiros no se extinguiesen, no le habría vendido Mará. Hubo una hora en que Floraldo, retado por un pretendiente de la danzarina, tuvo que acudir al reto y administrar á su adversario una estocada. Ai volver al lado de la bohemia, su primer ojeada fué para los peuQientes... L, ix moza sonreía y tendía los brazos, MÍ olientes á canela y benjuí... pero en sus orejas no esplendían ya las piedras objeto de la codicia de altas damas: los zafiros eran dos trozos de opaco vidrio azul, cuajado, muerto; ninguna claridad emitían... Floraldo sintió que toda la sangre se le agolpaba á la cabeza; un velo rojo se interpuso ante sus pupilas... Ycomo la cava le tendiese otra vez sus brazos, hechos á las contorsiones de los bailes de infierno, desnudó la espada que acababa de hundir en el pecho de un hombre, y la sepultó entera en el cuerpo cimbreador, estrecho, del cual, por la espalda, salió la punta á hincarse en el tabique, dejando á Mará sujeta, clavada, retorciéndose una vez más- -en la agonía. LA CONDESA DE PARDO BAZAN. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA