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i! l t I IIIBs; CIUDAD DEL N O R T E rrmrr Ti- Iva austera y melancólica ciudad en que he vivido llena de tan vetusta y solemne belleza, me ha enseñado á ser noble, y en ella lie aprendido magnífica lección de fortaleza. Me ha ensenado á ser fuerte y á odiar el sensualisi y a no amar con exceso los placeres mundanos y a vivir siempre solo, solo conmigo mismo y con los hombres, mis hermanos. Y á no mirar los negros ojos de las coquetas que en su misma alegría llevan la perdición, y a vagar por desiertas y obscuras plazoletas cíe esta ciudad del Septentrión. Y a execrar los teatros con sus goces sensuales y los paseos y las m- úsicas sonoras, Y á adorar las grandiosas, severas catedrales, donde los canónigos rezan horas. Y á aspirar á otra vida más honesta y m i s nur- y a no gustar de sol, de flores v de luz, y a imbuirme de una sacrosanta locura, de la locura de la Cruz. Y á despreciar las risas de las mujeres vana. que tienen un espíritu hueco y superficial, y á escuchar como en éxtasis la voz de las campanas de un campanario conventual. Y á mirar como un valle de lágrimas el mundo, como un punto de tránsito que no se debe amar y a ser sincero, y fuerte, y veraz, y profundo, y á orar, y á gemir, y á llorar. Y a odiar lo fugitivo, banal y pasajero, aquello que se adora en la gran población... Todo esto me ha enseñado con su aspecto severo la austera y melancólica ciudad del Septentrión. ANDRÉS GONZÁLEZ- BLANCO. DIBUJO DE T. r p C E 3