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m J i- PAISAJE NEVADO pARA los que vivimos en la ciudad, una nevada es siempre un pintoresco espectáculo. Tras los cristales de la ventana vemos el cuadro maravilloso que ofrece la nieve, vemos las torres blancas, las calles cubiertas por un tapiz precioso, y nuestros ojos se quedan largo rato mirando los copos que flotan mansamente como si fueran u n a multitud de mariposas ó pétalos de flores que el viento disemina. ¡Oué lindo espectáculo! Cuando nieva me agrada á mí refugiarme junto al fuego, darle la espalda á la ciudad y pensar en la campiña cubierta de nieve. Veo con la imaginación las enormes montanas, los barrancos pavorosos, los bosques que están mudos, y aquellos graves árboles que duermen su sueño invernal aguardando la hora de la primavera. Veo las inmensas laderas de los montes, en cuya blancura inmaculada n o h a y ni la huella de un pastor. Y allí veo las aldeas, dormidas ea lo hondo de los valles, humeando lai gas y l e n t a s columnas de humo gris. La noche llega aprisa, el silencio se hace total, y las aldeas parecen quedar sumidas en un letamo de muerte. Entonces los labriegos se arriman al hogar y callan, las viejas rezan, los hombres sacan su cigarro ó su pipa y fuman en silencio. Una ráfaga imprevista de aire sacude la puerta. ¿Quién será... Sale el mozallón, abre la puerta; no es nadie, era el viento que jugaba. El perro ladra allá fuera. ¿A quién ladrará... Las mujeres suspiran de miedo y miran á los rincones para cerciorarse de que no han entrado los duendes. Y allá, en el camino, salen los perros alarmados y ladran furiosameate. Salen á los altozanos y se increpan unos á otros, llenando la noche de ruidos miedosos. Acaso un gallo rompe de pronto á cantar; otro gallo le contesta desde lejos. Después los perros callan, enmudecen los gallos y vuelve á reinar el silencio profundo. La media noche no ha llegado; la mañana está lejos todavía; la primavera está muy lejos también. De improviso se descorren las nubes y sale la luna llena; todo el campo queda iluminado con una luz blanquísima, puní y sutil, espiritual é inefable. Entonces se figura uno que se ha convertido en un ser inmaterial, y c ue bajo la luz de la luna todas las cosas flotan como si fueran cosas fantásticas é irreales. Las montañas semejan monstruos pacíficos y enormes que están vueltos hacia el cielo y que contemplan á la luna con sdluiración y amcr; las montañas son los nocturnos enamorados de la luna. Por las encrucijadas van los lobos aullando, yertos de frío y hambre. El gallo ha vuelto á cantar... Y los grandes robles aguardan resignados á que vuelva la primavera, porque ellos saben que la primavera acudirá necesariamente con su canastillo de flores, y que hasta los robles más graves y sesudos tendrán una participación en esa mágica lotería de sol, de amor, de flores y de risa con que la madre Naturaleza obsequia á sus hijos. JOSÉ M. a SALAVEKRIA. D. REGIDDR