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menudo servicio de esos que cornentemente se prestan en sociedad: buscarle el portamonedas que dejó en tal sitio, ó la sombrilla olvidada en el perchero, ó el paquete que trajo de la tienda. Estas pruebas de su benévola atención me ponían más orgulloso que si hubiera ido, cubierto de bordados y de cruces, sosteniendo el manto de corte de alguna regia persona en solemnidad palatina. Convencido de mi inferioridad, no ansiaba más; era feliz con lo que se me daba, y muy dichoso con recoger, de yez en cuando, una fior deshojada que afeaba el piendido. -Con cuánta unción, luego á mis Esa distracción perenne le duró á Virtuf es una buena temporada, durante la cual padecí lo indecible. L, as escasas veces en que logré el privilegio de su mirada, vi en la expresión de sus ojos que no á mí, sino á cosas por fuera de lo que nos rodeaba se dirigían. Pensé primero en que había incurrido en su desagrado por cualquier hecho, gesto ó frase que yo no recordara, y agucé mi intelecto para demostrarla, por todos los medios posibles, el arrepentimiento producido en mí por la desconocida ofensa. Al ver inútiles mis esfuerzos, imaginé que su salud se quebrantaba, 3 di en acongojarme ante el temor de que su estado anómalo fuese pródromo de un padecimiento cruel que la arrebataría á mi cariño. Todo se me ocurrió, menos la realidad. Y la realidad, horrible para mí, tomó la forma de un joven alto, recio y membrudo, de retorcidos mostachos rubios, que se hizo presentar, de allí á poco, en casa de mi prima Manuela, y que dio en la flor de dedicar á Virtudes una atención, unas miradas, unos suspiros j- unas palabritas de miel, que ella, ¡oh rabia! no acogía con desdén y con indiferencia, sino con placentero semblante, reflejo de una satisfacción interior mucho más grande de la que dejaba transparentar. Ko hay que ponderar el odio que el cu 3 o me inspiró, 3 siempre que pude le demostré mi antipatía, pero no con la suficiente fuerza de expresión sin duda, pues él no parecía enterarse jamás de mis impertinencias y desplantes. Lo triste del caso es que Virtudes, por conocerme á fondo, dábase clara cuenta de mi actitud agresiva, 3- la castigaba demostrándome una frialdad que me entristecía profundamente. ¡Oh mujer veleidosa é ingrata! -decíame para entre mi. ¡Cuan poco instinto demuestras al ceder al espejismo de unos blondos bigotes, de un uniforme vistoso (he omitido antes decir que, para mayor dolor, el cu 3 o era teniente ¡de Húsares de Pavía! y de unas palabritas dichas con un tono de superioridad protectora, claro indicio de que no siente por ti este afecto profundo 3- absoluto que á mí me inflama y me hace permanecer mudo 3 sin ideas ante tu hermosura, sino el deseo de esclavizar tu voluntad para que seas un guarismo más que añadir á la lista de las tontas que le han amado! ¡Si, sí, váyales usted á las mujeres coa razonamientos cuando se encalabrinan con cualquier títere! Es decir, 3- 0 no le iba á Virtudes con i- azonamiento alguno, pues que todos ellos se los hacía con la muda elocuencia de las miradas. Y, al fin, debió obtener de ella el s ¡ay de mí, triste! y de ese hecho tuvieron sin duda conocimiento los padres de mi bella ingrata, por cuanto no se disimuló ya el noviazgo, sino que los interesados hacían ostentación de él charlando bajito, el uno junto ai otro, ó bien asomándose al balcón, en donde se pasa ban las horas muertas. Y una tarde- -á esa hora en que aún no están encendidos los faroles del alumbrado público ni las luce. de las habitaciones, 3 cuando las sombras de la noche han vencido ya á la luz solar, cuyo reflejo, triunfan tes, han extinguido- -en que Virtudes y el cuyo, apar tados de todos, estaban en el balcón, me deslisé cautelosamente hasta un ángulo de la sala, desde donde mtij bien se les veía, y observé que él pugnaba por apoderarse de una manita, que ella, entre miedo y coquetería, le hurtaba no obstante sus ruegos. Virtudes, con ánimo sin duda de ceder á la exigen solas, colocaba entre papel secante la florecilla, y la aprisionaba dentro de las hojas del diccionario eti- cia cariñosa del galán, exploró con rápida ojeada si, mológico latino- castellano, obra la más á propósito, no obstante la creciente obscuridad, alguien les obser por su volumen y peso, para esos fines herbolario- yaba, y se encontró con mi mirada ansiosa y dolorida. Díjoselo al pedigüeño, porque éste se volvió amatorios! Un día, sin embargo, hube de notar que el dulce hacia mí, y sin ocultarse, con propósito firme de que objeto de mis quereres estaba como abstraído, 3 que yo lo viera, apoderóse de la manita blanca, la apripor más vueltas que daba á su alrededor (tal como sionó enérgico, y, alzándola un poco, depositó sobre ella un largo beso, sin apartar sus ojos de los míos, hacen los perrillos cuando quieren fijar la atención del amo para ganarse una caricia) no conseguía que como dándome á entender, con hechos, que era suyo parase mientes en mi humilde, aunque amante, lo que yo ansié para mí. Aquella noche lloré mis últimas lágrimas de niño persona. ENRIQUE M A U V A R S DIBUJOS DE MÉNDEZ SRÍNGA