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¡Si lo ha hecho por saludarte... -respondió Miguel con gran seriedad. -Si lo tengo yo enseñao á eso. -No sabía que fuera tan cumplió. -Ahora verás. Y volviendo á montar de un brinco, le arrimó un par de varazos en el pescuezo. El jumento sacudió las orejas en señal de protesta, pero no se movió del íjitio. -Cuando digo yo que tú no yegas en eso á Seviya... ¡Si está deseando coge la carretera... Sólo que no ha hecho más que verte, y te ha tomao querencia. ¡Jarre, borneo... Y dándole un pinchazo con la vara en las costillas, echó á andar á paso lento. Un gitano viejo y socarrón, que á la sazón salía del rancho, le dijo al verlo marchar: ¿Aónde vas en ese aurtomóvi, Migueliyo? ¿L, o dise Ksté por la planta ó por lo que corre? ¡Por el oló que va dejando! -Verdá- -dijo Rocío sin poder contener la risa que se desbordaba de sus labios. -Y quiera Dios que er que se acerque á comprártelo, á más e siego, tenga el orfato perdió. Miguel, sin contestar palabra, espoleó su cabalgadura, más que por aligerar la marcha, por no escu i; X ¿Y se pue saber la edá que tiene? -Iv- i sufisiente; nueve cumplió hase tres díaf? ¿Años ó siglos? -Si fuean siglos estaría en un museo. ¿Y cuánto quiere usté toma por él? -Ni más ni menos que lo que vale. -Entonces el precio de una misa resá. -Segtíu quien la diga; el Nuncio no yeva menos e sinco duros. -Ea, pues móntese, pa que lo veamos camina. -Un selaje en mañana ventolera. Con gran diligencia se acercó al borrico; lo acarició, pasándole la mano por el lomo; montó de un brinco, y, sin que los marchantes lo notasen, le hincó la vara en una matadura. El animal dio un respingo al sentir la caricia, y viendo que el jinete repetía con otra más fuerte, echó á trotar, animado por el dolor y ayudado por el espoleo y los gritos que Miguel le daba. Pero no acostumbrado á aquellos trotes, débil de piernas, tropezó en una piedra, y allá fué el burro rodando y Miguel despedido por las orejas. -Dele usté la emursión, amigo, que está mu debí ese animalito- -decía uno de los tratantes haciendo coro á los compañeros que se desternillaban de risa. M Xi chac las chanzas del gitano viejo y las risas de su Como tercer dia de feria, todo era animación y alegría en la extensa pradera. Las últimas transaciones se hacían á pleno sol, en los ventorros y sombrajos levantados en el real. Sólo Miguel, tumbado á la sombra de un desmedrado arbolillo, contemplaba con infinita tristeza al borrico, que, suelto y sosegado, comía unos hierbaj o s secos que dejó una punta de cabras. Y pensaba en su Rocío, en aquella hermosa gitana, de rostro de morenas entonaciones y ojos negros, en cuyas pupilas tantas veces se vio retratado. ¿No habrá un buen arma que se enamore de ese mardesío... -balbuceaba entre sollozos de amargura. Y como si sus palabras fuesen un conjuro, oyó una voz que preguntaba: ¿Se vende ese arma en pena, amigo? De un salto se incorporó, volvió la cara, y sus ojos de antílope brillaron con reflejos de alegría al ver á tres hombres que se acercaban á examinar al burro. -Se vende, y no es caro. ¡Si esto lo ha hecho de genio que tiene, señó... -gritaba el pobre Miguel repuesto de la caída y procurando levantar al burro dándole sendos varazos en las orejas, y diciéndole con acento preñado de ironía: ¡Do ves, pinturero. ¡Si estas pinturas van á ser tu ruina... ¡Usté si que es pinturero, amigo! ¿Pero no van ustés á desir lo que dan por él? -Ni las buenas tardes. Miguel vio cómo aquellos hombres se alejaban entre chanzas y risas; quiso gritarles para escupirles una maldición gitana; pero la voz se ahogó en su garganta, cayó junto al burro desvanecido de dolor y comenzó á llorar amargamente acordándose de su hermosa gitana, de rostro de morenas entonaciones y de ojos negros y alegres, en cuyas pupilas acaso pronto se retrataría la imagen de otro hombre. Y loco, desesperado, comenzó á descargar puñetazos sobre el burro, mientras le decía con sollozos en la voz: ¡Yo no me casaré con Rosiíyo, pero tú no te alevantas más de aquí... ¡Que nos coman los grajos, ya que pa na servimos... SEBASTIÁN ALONSO. DIBUJOS D REGIDO.