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LOS DÍAS PASADOS... J AS mañanitas de Enero... en las mañanitas de Ene ro sí que hay que creer! I, as bellas mañanitas de Abril y las melancólicas tardes d e Otoño podrán ser voces que hacen correr cuatro poetas melenudos y poco aseados; pero las heladas mañanas de Enero son una indiscutible realidad. Pregúntenselo ustedes, si ¡o dudan, que no lo dudarán, á los serenos, que son testigos de mayor excepción, entre otras razones, por su serenidad. La nieve no ha llegado todavía; pero el hielo, más cruel, más antipático, y, desde luego, menos bello que la nieve, hace de las suyas. Las estadísticas demográficas lo proclaman. Los médicos lo confiesan en voz baja para no alarmar. El diario desfile de e n t i e r r o s h a c i a el Este lo pregona c o n elocuencia aterradora. ¡Qué diítas l o s q u e llevamos del a ñ o nuevo... E l despertar de todo ciudadano, si, como es lo corriente, consiste en leer el periódico de su devoción, habrá sido ver las planas de anuncios atestadas de esquelas íun eralias, y las de texto llenas de espeluznantes relatos d e los d e s a s t r e s de Italia. ¡Triste misión la del periódico muchas veces! Llevar al seno de las familias más tristez a s q u e alegrías, más pesares que satisfacciones. C o n tar, por ejemplo, el progreso de la ciencia, la conquista del aire, el triunfo de la velocidad, ¡y no poder decir que, así como se vuela ya á cien kilómetros por hora y se camina á 200, no se ha podido desplegar rapidez parecida en levantar escombros y salvar vidas en Sicilia y en Calabria! Pero, en fin, demos de lado á las cosas tristes. Ya tenemos ahí las Cortes abiertas para alegrarnos la vida. Los que no disfrutáis el espectáculo visto, disfrutadle oído. El cronista no aconseja al lector que asista á la función... El teatro es viejo y poco higiénico. Las localidades de preferencia, esto es, las tribunas de papeleta, son poco recomendables. ¡Hasta tienen insectos! Existe otro peligro: el dé la decepción. Si por casualidad ¡oh, lector! te extravías por los pasillos de una de las Cámaras al dejar la tribuna, y ves de cerca á los hombres que acaban de discutir en la sesión, pasarás un mal rato juzgándote engañado, porque observarás, en amigable abrazo, en ruidosa chirig- ota, á quienes has visto reñir desaforadamente, po o menos que en terrible duelo mortal, invocando los altos y sagrados intereses de la patria, y... ¡francamente, es mucho fastidiar eso de bromearse en nuestras propias barbas! Eesulta más tolerable y entretenido el espectáculo desde lejos, á través de la letra de imprenta y sin leer entre líneas. Es más práctico recurrir al Diario de Sesiones, cuyos vendedores, si los tuviere, ¡y por algo no los tiene! gritarían por esas calles de Dios: ¡Compren, compren el Diario de y- Sesiones! ¡Hoy sí f i j que viene bueno el -4 Diaj io de Sesiones! La alta sociedad) madrileña coniien- za á divertirse. Falta la hacía. Precisamente se lamentaba de que el invierno venía muy soso. Por Navidades no hubo ni una sola cena de esas que dan mucho que hablar días antes, y bastante que murmurar días después. Enero va arreglando las cosas. H a habido ya alguna fiesta aristocrática. Va á haber más. No todo ha de ser hablar de fugas- -tres ó cuatro, según malas lenguas- -ó de bodas deshechas- -unas cuantas, al decir de almas piadosas- -ni ha de reducirse toda la expansión á un r a t s de charla en el Real, mientras los cantantes se esfuerzan en recrear nuestros oídos y en comentar á ese endiablado paraí-