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perdonarles la vida, dejándoles para el servicio de las galeras. Esta benignidad con los valerosos ha sido mi perdición... Si yo hubiese hecho lo que es costumbre, á estas horas me vierais honrado y poderoso, dándome lado el Rey, y no á dos dedos... En fin, ello fué que, en cierto viaje, habiendo echado á pique, á la altura de Pueito Rico, un galeón holandés, trajéronme arrastrando al capitán, que era un mozo hermoso y rubio, cubierto de sangre. Se había resistido como un leoncillo, y venía malherido y maniatado. Mi gente preparaba ya la soga ensebada, cuando intervine y ordené que fuese rapado y puesto al remo. Creí que recibiese el perdón de la vida con gozo; pero, al contrario, dio en gritar y maldecir en su jerga, pidiendo que luego al momento le ahorcasen ó le hiciesen trozos, sin humillarle. Repetí la orden, y entonces, pidió hablarme un minuto á solas. En mi país soy noble- -dijo- -y no temo á morir, pero me espanta remar con la chusma. Y viéndome inflexible- -los capitanes no deben mudar propósito tan fácilmente- -el mozo, clavándome unos ojos azules que parecían de vidrio ardiendo, me emplazó: Pesaros ha... ¡Matadme, que os conviene! Si me dejáis vivo, acordaos que nos volveremos á ver en Y yo anáaha convencido de dos cosas: de que me andaba á los alcances el holandés rubio, y que sería tiempo perdido cuanto hiciese para librarme de caer en siis manos. Tanto me apretó y fatigó este pensamiento, que decidí que una expedición de Veracruz á la Habana fuese la última. Fué lo malo que, adoptada esta firme resolución, se me fijó en el alma con ahinco que aquella última expedición, precisamente, había de serme funesta, sin que bastasen á impedirlo arbitrios humanos. No hay peor, hijo don Fernando, que estos desmayos del ánimo que nos entregan á la suerte. Salí ya bajo malos auspicios de San Juan de ü l ú a pues nos faltó viento, saltó luego al Norte, varó la capitana, faé preciso armar oira y trasbordar carga y ya en la faena perdimos una embarcación. Al cabo emprendimos la ruta... Y mirad, ¡cuál sería mi ofuscación! Al obscurecer, una urca enemiga se enhebró en nuestro convoy, navegando toda la noche á nuestro lado, y á la mañana, cuando me lo advirtieron, en vez de mandar perseguirla, ordené que la dejasen. Una voz me cantaba al oído: Hagas lo que hagas, no te libras... A la entrada de la bahía de la Habana nos esperaban treinta y dos velas, mandadas por Piet este mundo... Y si puedo daros muerte, muerte os daré; y si puede ser con ignominia, será con ignominia... No estaréis tranquilo mientras yo exista, señor don Juan de Benavides; os acordaréis de que hicisteis muy mal en no ahorcar á Piet Heyn. Al punto se le desnudó; se le raparon los cabellos, que de oro cendrado parecían, y reconocidas por el mismo cirujano barbero sus heridas, fueron saladas con vinagre, según se hace con los forzados. En este trance todos gritan como si les desollasen, pero el holandés fué de piedra. Se le puso la cadena, se le dio la vestidura de galeote y se le dejó sin remar por quince días, hasta que pasase la calentura. Así que se vieron cicatrizadas las heridas, empezó á servir. Y nadie se acordó más del asunto... No digo bien; yo me acordaba, u n a sorda inquietud me obligaba á pensar de contino en el mozo rubio y blanco, en sus predicciones. Sujeto le tenía allí, y con todo eso me parecía que entraba de noche á darme de puñaladas, ó que pegaba fuego escondidamente al pañol de la pólvora. Y he aquí que, á la vuelta de dos años, una noche se fuga el holandés, echándose al mar en una costa tan peligrosa y con tal tormenta, que le dieron por ahogado. ¡Yo, noi Yo seguro estaba de que vivía... Y entonces principió mi ánimo á decaer. Desde aquella fecha, las embarcaciones que yo mandaba fueron objeto de persecución encarnizada, sin tregua. Parecía como si toda la piratería nos tuviese de ojo. Acosados nos vimos en fuertes trances, y hubo que apretar los puños para no sucumbir. Heyn, á quien yo hice forzado y su patria almirante... Conocéis el r jto de mi desdicha... No acerté ni á disponer defensa. Desde el punto mismo me vi perdido. Quise pegar fuego á los galeones con su tesoro, me obedecieron mal; la tripulación decía que j o estaba melancólico y fuera de juicio; varamos en la costa, caí prisionero; y Piet Heyn, cuando me llevaron á su presencia, me dijo: ¡Libre sois. También yo soy clemente. Volved á España... con vuestra gloria... Y acertó... Venganza mayor no cabía. Cinco años llevo en una mazmorra, y mañana moriré infamado; p ero no cometí traición ni me abatió miedo, sino que me venció lo que á todos vence: ¡el destino! Si soy cobarde ó no... mañana ha de verse. Y se vio que no lo era don Juan. Ni tembló cuando lo sacaron de la cárcel en la muía enlutada, y oyó el fatal pregón quien tal hizo que tal pague ni cuando se sentó en la silla aforrada de baj eta, ni cuando le amarraron, á petición suya, á la mano derecha la venera de Santiago, ni cuando el franciscano le absolvió y le recomendó el alma. Sin temor dijo al verdugo: haz tu oficio y sin temor, vendados los ojos, atado el cuerpo, se ofreció al cuchillo, que el verdugo, lentamente, le escondió tres veces seguidas en la garganta. Eos frailes le amortajaron, asombrados de que parecía, con la crecida barba entrecana, jamás cercenada en los años de prisión, y con la palidez del rostro, un San Pablo de marfil. Y así murió don Juan de Benavides y Bazán, por descuido en su deber estrecho de custodiar los galeones cargados de plata de la Sacra Majestad del Rey. LA CONDES, DE PARDO BAZAN. DIBUJCS DE MÉNDEZ BRJNGA