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íar coy fí REVISTA ANO XIX. ILUSTRADA NUM 923 MADRID, c, DE ENERO DE 1909 MÍ i í (i i B l i EL EJEMPLO DE MINGORIO PERO t qué le pasa á usted, Porteño? -Sí, hombre, no dices palabra; ¿qué tienes? ¿Amor acaso te prendió en sus redes y empieza ya. cruel á atormentarte? ¿Estás enfermo? Estas cuatro preguntas le dispararon, una tras otra y sin dejarle hueco para la contestación, á Narciso Porteño, que, el sombrero muy echado hacia atrás, de codos sobre la mesa y apoyada la frente en ambas palmas, estaba inmóvil media hora hacía, sin tomar parte en la animada disputa trabada entre sus interrogadores acerca de la política imperante á la sazón. No era esa su habitual actitud, pues siempre su voz dominaba la de los cinco, que todas las noches, después de la salida de los teatros, juntábanse en el rincón del café más cercano al mostrador, detrás del cual impera D. Facundo, asomando la calva reluciente por entre apretadas filas de botellas de los más variados colores y contenidos, y de bandejitas, en que se apilan, de cinco en cinco, los terrones. que endulzarán, si pueden, los amargores de un café compuesto de muy extraños ingredientes minerales y vegetales, en los que un químico no encontraría rina sola partícula de lo que da nombre al brebaje. Razón tenían, pues, los cuatro amigos en inquietarse por su prolongado mutismo. -No me digan nada, que tengo un humor más negro... -Que no estás contento, eso salta á la vista- -respondióle Pepe Mingorio; -uo te canses en afirmarlo; lo qire te preguntamos es la causa. -Eso; confiésate con nosotros- -apoyó Jaime Requena. -De la amistad atiende la demanda, que un dolor, compartido, duele menos -Mira, Antofiito- -dijo Porteño á un joven bastante melenudo que á su lado se sentaba, -esta noche déjate de aleluyas, que no está, la Magdalena para tafetanes. -Tras que e verso le ruego y le suplico que en nosotros su pena deposite, y por él me intereso y...