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ífc: I o s SOMBREROS DE PAJA Gon el año nuevo vienen las visitas dé felicitación, los presentes de más ó menos valor, los saquitos de zar; -o aí: í y... los sombreros de paja. ¿Os reís? Pues dad un paseito por estos escaparates de la rué Royale y de la rué de la Paix, y veréis que las grandes modistas han arrinconado las tocas de piel para exhibir la rubicunda paja coronada de rosas. ¿Pero ya? -preguntamos con asombro. Si, señoras... ¡Ya! ¡Oh! Estas modistas están en todo... Dentro de ocho ó diez días comenzará el desfile del París elegante; la Costa Azul espera á las ateridas parisinas que desean ver el sol, y en los templos de la moda se trabaja sin descanso para que estén terminadas á tiempo las toileiíes ligeras de colores claros, y las sombrereras lanzan sus nuevos modelos en paja finísima, que son algo así como un avance del veraneo. Envueltos en agua y nieve, con un frío que pela, nos detenemos á contemplar los monumentos con que van á adornar sus lindas. cabecitas las aristócratas y aventureras. No busquéis aquí nada modesto. Un canotier sencillo con dos ramos de violetas y una cinta de seda vale diez luises. Ivas modistas saben que lo que ha puesto de moda sus firmas respectivas son los precios, y además conocen su mundo en el que hay damas que no creen que un sombrero es elegante si no las cuesta seiscientos francos. ¡Treinta luises un sombrero! -exclamamos. ¿Pero tiene música? No... No tiene nada de particular: unas flores, unas cintas, el ala un poco levantada ó un poco caída, v dentro, en el forro, un nombre con letras de oro y una firma. ¡Eso es lo que se paga! lyO que tiene más gracia es que á lo mejor este nombre es judío, como ocurre en la actualidad, pero la so. ciédaá de París, aunque dividida por las luchas de semitas y antisemitas, no se fija en estas pequeneces... I, as mujeres se dejan arrastrar por la moda y las más católicas no vacilan en colocar sobre sus cabezas el nom- bre de una modista israelita. Las modistas, en cambio- -las israelitas sobre todo, -no suelen ser tan generosas. Hace algún- tiempo, esta misma sombrerera que han enriquecido las damas católicas, reunió un día á sus oficialas para saber qué religión profesaban. Casi todas eran israelitas, naturalmente, pero había diez infelices ínuy contentas de ser católicas, y á éstas las dio la cuenta y las puso de patitas en la calle. Ivas pobres muchachas viéronse de pronto en medio del arroyo, sin jornal, en pleno invierno; deliberaron acerca de las resoluciones que podían adoptar, y una de ellas, decidida, propuso á s. us compañeras un plan. ¿No las había arrojado una modista judía? Pues lo más razonable era ir á solicitar trabajo en casa de una modista católica. Y así lo hicieron. Fuéronse con el cuento á una competidora de su antigua maestra, que al enterarse de lo ocurrido las dijo sobre poco más ó menos: -Está bien. Desde este momento quedan ustedes empleadas en mi casa; pero como no tengo vacantes voy á hacerlas en seguida. Reunió á sus oficialas, eligió diez israelitas- -parece ser que en esto de la confección de sombreros hay un gran número de israelitas- -y las despidió diciéadolas con mucha finura: -Conste que yo no tengo motivo ninguno de queja contra ustedes, y que si las despido es porque sé que madame Fulana- -aquí el nombre de la modista judía- -tiene diez plazas disponibles para ustedes. En efecto, apenas llegaron fueron recibidas en el acto. Las damas parisinas no snben estas cosas ó no las conceden importancia, y como ahora se ha puesto de moda llevar sombreros israe itas mirad la fila de automóviles que hay por las tardes, de cinco á siete, en la puerta de la gran sombrerería. Estas señoras llagan tintando, arrebujadas en pieles, y encargan. á toda prisa tres, seis, doce sombreros de paja, los más llamativos, los más elegantes, los de mejor gusto, para que hagan sensación en el Casino Municipal de Niza y en los tés último grito del Pdlais du BeauSoleil. Y luego volverán á dejarse otro río de oro en las modas de primavera, y las modistas, católicas é israelitas, continuarán haciendo del año entero un perpetuo mes de Agosto... José JUAN CADENAS.