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i Mnnt -wSBiíflI r W! KjgfV BARCO DE FLORES idólatras, donde las divinidades inspiran risa ó desprecio; allí podréis ver el templo de los 500 dioses, entre los cuales se halla el famoso explorador Marco Polo. Visitad el campo de las ejecuciones, donde son degollados los condenados á muerte simple, es decir, sin tortura previa; allí, en medio de una multitud gozosa que comenta los incidentes, se pone de rodillas el condenado, con las manos y pies ligados: un sayón le tira fuertemente de la coleta, y el verdugo le siega de un tajo la cabeza, que cae rod a n d o p o r el s u e l o mientras del cuerpo sale un chorro de sangre. Visitad sus cárceles, y allí podréis ver los patios del suplicio, donde se atormenta despiadadamente. á algunos condenados, encerrándolos en jaulones de madera y suspendiéndolos por el cuello para martirizarles y prolongar todo lo posible su suplicio. tíi alejándoos de estos horrores queréis ver el Cantón riente, simpático, alegre, recorred sus murallas, visitad las jardines de la casa de recreo de algún rico comerciante chino, subid á lo alto de alguna de sus pintorescas pagodas, desde las que se divisa T n heimioso panorama; visitad la catedral francesa y algunas misiones donde ios misioneros, católicor ó prot e s t a n t e s con nesgo perpetuo de su vida tratan de substituir aquella religión idólatra y cruel por otra religión de paz y de amor. Si por curiosidad viUNA CALLE sitáis los talleres de Cantón quedaréis sorprendidos, al ver la habilidad que aquellos obreros ponen en la, fabricación de figuritas y objetos de sándalo y de marfil, en la construcción de muebles caprichosos de laca, de ébano y de bambú; en repujar y labrar la plata y el oro; en bordados de sedas; en cacharros y chucherías de porcelana, cloisonne, etc. poniendo en todos sus trabajos una minuciosidad, una paciencia y un gusto verdaderamente admirables. Allí también podréis, visitar los talleres en que se hacen los pañolones de Manila. Esos m a n t o n e s primorosos de finísima seda, que se ciñen al cuerpo como si q u i s i e r a n acariciarlo, tan admirablemente dibujados y bordados con flores, con figuritas de cara de marfil, con caprichosos paisajes chinos; de largos enredadores flecos; esos mantones, que con tanta gallardía saben lucir nuestras mujeres, están hechos por obreros chinos, de aspecto miserable, medio desnudos y despidiendo un olor de sudor y de suciedad y abandono que repugna. A Cantón se le deja con a l e g r í a Una vez satisfecha la curiosidad de visitar una ciudad gen n i ñ a m e n t e china, como aquella es, ansiáis tomar de nuevo el vapor q u e deslizándose apacible por aquel pintoresco y animadisimo río Perla, os alejará pronto de aquella atmósfera pestilencial y de aquella civilización caduca y corrompida. DE CANTÓN H. G. D L CASTILLO. E