Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
PERDIGÓN. (Para su pellejo. ¡Valiente sinvergüenza! CAMPANARIO. -Entonces los cobardes de la gradería comenzaron á gritar como locos. Un pobre caballo, enfermo de la vista, á juzgar por la venda que ctibría sus ojos, adelantó varias veces á mi encuentro; pero yo huí siempre de él. PERDIGÓN. -Pues sí que hacías un papelito... CAMPANARIO. -A cada huida mía arreciaban los gritos, y los denuestos, y los silbidos; pero de repente cesó todo aquel griterío como por ensalmo, y en su lugar, ¡qué susto pasé! oí que la corneta aciaga, precursora de muerte, atronaba los aires. Me juzgué perdido; creí que á pesar de mis esfuerzos iba á sucumbir víctima de la perfidia de los bípedos, y mugiendo de rabia, ¡eco de miedo, hice un supremo esfuerzo y, ipafl, salté la barrera. PERDIGÓN. (Sin poderse contener y con marcada ironía. ¡Muy bonito! CAMPANARIO. -Pues á ese salto debí la vida; cuando, merced á no sé qué diabólicas artes, me encontré de nuevo en la plaza, vi en ella al viejo cabestro que me aconsejó, y mientras los cobardes de la gradería me apostrofaban rudamente, me decía él casi con lágrimas en los ojos: 111 Campanario! ¡Ani go mío! ¡Alégrate! ¡Has salvado la vida... Y, en efecto, aquí me tienes; salvé la vida. PERDIGÓN. -Pero ¿á qué precio? (Campanario se sonroja. Volviste á tus campos, pero volviste para roturar sus tierras, para arrastrar el arado infamante. ¡Pobre Campanario! ¡Cuántas veces se habrán mofado de ti aquellos erales que te idolatraban, viéndote como un paria dar vueltas y vueltas á la noria! QhM. VK KS. io. (Dolorido. ¡Perdigón! PERDIGÓN. ¡Y cuántas veces habrá crujido á tus ancas la carreta cargada de gavillas, mientras mi anciana abuela, la vaca de tus amores, coquetearía con otro toro más decente que tú! CAMPANARIO. (Sollozando) No sigas; por mi dios Apis te lo pido. V ÉVJDiGÓ (Levantándose bufando. ¡Cobarde! Bien cuelga en tu cuello el cencerro de la indignidad; eres un miserable. CAMPANARIO. -Sí, un miserable; pero mi conducta tiene justificación; ¡es tan hermosa la vida! PERDIGÓN. (Aleicindose co? i arrogancia. Calla, cabestro, ¿qué entiendes tú de vida ni de hermosuras? CAMPANARIO. ¡Perdigón, si no haces lo que yo hice, morirás mañana! PERDIGÓN. ¡Pues moriré! CAMPANARIO. -Piensa que... PERDIGÓN. ¡Calla, buey, te desprecio. (Se aleja orgulloso. CAMPANARIO. (Tras una pequeña rumia y filosofando como un verdadero astado. ¡Sí, buey... buej pero vivo! Cv. íiDRO II á la fiera, pero ésta le arrolla y le derriba. Varios toreros acuden al quite, y tienen que tomar el olivo, sembrando el suelo de capotes. Cunde el pánico entre la gente de á pie. Un piquero da frente á Perdigón; acude éste, y picador y caballo ruedan por la arena. Un hilo de sangre tiñe el nervudo morrilio de Perdigón, y ciego por la ira no espera ya que las caballos se le aproximen; los busca, los destroza á cornadas, los pisotea, los muerde... Los aplausos se truecan en ovación estruendosa, mientras Perdigón tufa, sintiendo que la sangre brota ya á raudales de su cuello. Sobre la arena hay siete pencos muertos; pero los espectadores, sedientos de vidas, quieren más aún, y gritan: ¡Caballos... ¡Caballos... Y más caballos salen y más caballos mueren. Entonces, la masa, la multitud, la de las grandes locuras y las grandes justicias, electrizada, delirante, loca, oide á la presidencia, como un solo hombre, la vida de Perdigón. El presidente accede á este deseo de la multitud, y Perdigón es perdonado. Se agita un pañuelo; el siniestro ciaría, precursor de muerte en otras ocasiones, vibra ahora en los aires con: o una risotada de alegría, y Perdigón, el toro noble, el toro valiente, el buen toro, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo cubierto de sangre, hace mutis por el callejón q u e d a acceso á la corraleta, en medio de la ovación más entusiasta que oyeran los nacidos. CUADRO III (La misma decoración átoda luz. Es la hora de la corrida. Han desfilado las cuadrillas á los acordes de una música alegre y entre los aplausos del público que llena la plaza. E n el cielo, de un intenso azul, brilla un sol que achicharra y enardece. A una señal de la presidencia, suena el clarín, abren la puerta del chiquero, y Perdigón, el toro neg: o de las finas agujas, pisa la arena. Aplausos al ganadero, que ocupa una barrera. Un peón, desde lejos, levanta su capote, y el toro acude á él impetuosamente, haciéndole saltar al callejón más que de prisa. Perdigón, enfurecido por la repentina desaparición del que estimó como víctima, arremete contra la barrera, y los rojos tablones saltan hechos astillas. El público aplaude de nuevo. Uno délos matadores abre su capa preter. dtendo lancear (La corraleta. bis un patio grande y terrizo; hay en él un pozo de alto brocal, una pila de escaso fondo y varios burladeros de madera. Campanario y dos bueyes más contemp an á Perdigón, sintiendo correr por sus lomos el frío de las grandes emociones y por sus frentes el calor de las grandes vergüenzas. Perdigón, con la cara ensangrentada y el morrillo lleno de negros coágulos, resopla fatigosamente, itn los burladeros, el dueño de la ganadería se recrea en el toro con verdadero orgullo, y el conocedor, un viejo vaquero de sombrero ancho, marsellés con cozleras y zahones obscuros, pálido aún de la emoción sufrida, seca de sus ojos unas lágrimas. Él. GANADERO. -Agua á ese toro, Frasquito; lavarlo bien, refrescarle los remos; que se me salve, por lo Cjue tú más quieras en el mundo. E L CONOCEDOR. -Se salvará, nostramo. E, L GA. XADERO. (iLnlustasmado) ¿Has visto, Frasquito? ¿Has visto? FRASQUITO. ¡El mejor toro de España! (Perdigón agita nerviosamente la cabeza. E L GANAD. ÍRO. -En cuanto sane, al cortijo; quiero que sea el padre de mi ganadería. (A Perdigón se le lince la boca agua, y hasta sufre un ligero vahído de satisjacción. Campanario, al tragar salivila amarga, mueve la cabeza, y su cencerro de cobre lanza una nota triste) PERDIGÓN. (Advirtiendo la presencia de Campanario. i Campanario! Mírame: ¡vivo: CAMPAN- ASIO. -I Por decir algo. Te han herido. PERDIGÓN. -Sí, pero no importa; sanaré y volveré á mis campos y seré feliz, porque he ganado con mi valor y con mi sangre la felici dad que me espera. Yo viviré la verdadera vida; para mí tendrá hierbas el prado y linfa el arroyo y caricias la hembra; para mí habrá noche y día y luna y sol. CAMPANARIO, -tAvergonzado, confundido y lloi ando como un becerro. ¿Qué hiciste para conseguir tanto? PERDIGÓN. (Con arrogancia) ¡Estúpido! Lo que no hiciste tú: cumplir con mi deber. TELÓN PEERO MUÑOZ SECA. DIBUJOS DE M LÍXDCZ DUlNaA,