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UN TENOR FAMOSO pN todos los tiempos y en todos los países han existido, existen y tal vez existirán, mientras el buen humor no desaparezca de entre los mortales que habitamos este picaro mundo sublunar, seres que, al parecer, nacieron con el objeto exclusivo de hacer las delicias de sus semejantes, excitando á la continua su hilaridad, merced á las faltas de aprensión en unos casos, y de sentido común en otros, que aquejar suelen á individuos de esa calaña. Aún recordamos sabrosas anécdotas atribuidas al famoso Perico Man guela; de ayer es el célebre Ángel I, ilustre o- que, allá por los años de 1872 al 74, paseaba su notabilidad por las calles más céntricas de la entonces ex coronada villa, y aun mereció los honores de que se publicara i un periódico llevando por título el de su callejera majestad, y de aña LáíÍ didura le dispensaran unos cuantos descontentos del estado de cosas á lá sazón imperante, la distinción de convertirlo en protagonista depolíjJWIMÍ! ticas manifestaciones bufonescas, que nada decían realmente en favor de- la seriedad de sus organizadores. Hoy mismo tenemos al popular Garibaldi, quien recorre las vías matritenses rodeado- siempre de numerosa tropa de chiquillos, á la que aliquando dirige formidables arengas, rematadas al grito de ¡Arriba caballo moro... Pero seguramente la mayor parte de nuestros lectores no habrá oído hablar siquiera del archifamoso artista, con cuyo recuerdo les brindamos un momento de regocijado solaz. Floreció por el año de 1844. y he aquí su retrato, que trazó en un periódico de la época- -El Laberinlo- -el notable escritor D. Antonio Flores: Cincuenta años escasos, rostro colorado, estatura regular, síntomas de bigote negro y realidad de peluca rubia; frac negro de cazoleta, pantalón ídem con estriberas, corbata azul, chaleco blanco y sombrero de barquillo color de ídem tostado. La especialidad de aquel privilegiado por la Naturaleza en el reparto de sus dones y gracias consistía en el canto; su voz no conocía rival, su estilo era único en el mundo de los calderones y gorgoritos, su talento insuperable... Se llamaba aquel fenómeno D. Ramón Torremocha. Su presencia animaba los salones de la más linajuda aristocracia, y los organizadores de conciertos, veladas y otras reuniones de igual linaje disputábanse el concurso valiosísimo del imperturbable Torremocha. Bajo la íe del escritor ya citado, ofrecemos á continuación uno de los graciosos ceremoniales con que el ilustre cantante era recibido en los salones á que prestaba su asistencia. Acompañado por los lacayos y las hachas de cera, es recibido en la antesala por una comisión de señoras que tienden sus pañuelos en el suelo para que pase sobre ellos Torremocha; resultando de esta ovación y de la modestia del artista, que por no posar su planta sobre aquellos encajes, salta y brinca como un pavo en hierro candente. Los hombres le reciben del mismo modo, y entre los vítores que resuenan en la sala, apenas entra nuestro héroe le llevan en triunfo y á puñados hasta un magnifico sillón dorado, que de intento le tenían prevenido, sobre el cual se eleva una magnífica corona de rosas y siemprevivas, en cuyo centro y en letras de. oro se leen estas palabras: Al primer tenor absoluto del universo, don Ramón Torretnocka. Sentado luego al piano, entregábase á las delicias del bel canto, ejecutando- -por su método e. specialísiino y original- -todo el repertorio clásico, con algunas caprichosas variaciones de su cosecha, que levantaban hasta el frenesí el entusiasmo de los asistentes. Terminada esa parte del concierto, solían proceder á la coronación del eximio Torremocha. El acto, según afirma el autor á que nos venimos refiriendo, resultaba muy solemne. Consiste, generalmente, en colocar una almohada en el suelo con cuatro velas en derredor, y arrodillar allí al artista, hasta que cuatro jóvenes, de las que se desmayan por tiempos, traen una bandeja misteriosamente cubierta con una gasa, que levantan para sacar la corona y ceñir con ella la peluca del artista. Sin duda en cada reunión de aquéllas el célebre Torremocha sacaría las tripas de mal año, amén de algunas ayudas de costa en dinero contante y sonante, que era lo que el interesado trataría de demostrar, resolviendo el intrincado problema de vivir á costa del prójimo, ayuno de vergüenza y horro de trabajo. Lo cual, lectores, nos lleva como de la mano á plantear esta cuestión, no tan fácil de solucionar cual á primera vista pudiera suponerse. ¿Quiénes son más dignos de lástima y censura: los que se proponen hacer vida holgona á caía Zo de esa especie de innata majadería que les distingue, ó los que olvidan la propia dignidad hasta el punto de convertirse en lacayos y comparsas de tales frescos, haciéndoles el caldo gordo á cambio de algunos instantes de insulso regocijo? ¿Quién hace en esas farsas el tonto de la comedia... Averigüelo Vargas; nosotros, cumplido el objeto que nos impusimos al trazar este trabajillo, en memoria de una notabilidad ya olvidada, sin quitar ni poner rey, hacemos punto en el relato de las líricas proezas de D. Ramón Torremocha, el primer tenor absoluto del universo. Luis FALCATO.