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lá I: Í TJIN: SUICIDIO r rsPUESTo á trabajar como una fiera, y, según cos tumbre, renegando de mi suerte, me encerré la otra noche en mi cuarto, lejos del mundanal ruido, en busca de la soledad, dr- ¡ide surgen los grandes pensamientos, según dicen los filósofos de todas clases. Prepai é un rimero de cuartillas, que miré con terror, pensando que tenía que ennegrecerlas; dispuse la pluma y el tintero, y colyqué también, junto á esos útiles de trabajo, una copita de cierto coñac viejo, del que guardo para las granden ocasiones. Por cierto que era la última de la venerada botella, y sentí que no quedaran más, pues, aunque uo soy un entusiasta adorador de Baco, suelo buscar el noble estimulante del zumo de la vid y sus derivados. Ya fiei- amente acomodado en el deslucido sillón que sostiene hace tacto tiempo mis energías intelectuales, -lumedecidos y aromatizados mis labios por la copa amiga, la humeante pipa eu la siniestra mano, y en la diestra la consabida péñola, miraba yo con los ojos muy abiertos esas cosas informes que aparecen ea los espacios ante los espíritus febriles. Porque 3 0 estaba un poco febril, naturalmente, como lo está todo aquel desgraciado que ha de nutrirse de su propia substancia y busca y rebusca en su imaginación algo que sirva para disipar un poco el tedio del prójimo, ó para aumentarlo, que viene á ser lo mismo... Diré, para que lo sepan los profesionales, que esperaba el sublime momento de la inspiración, como antes se decía, ó el de polarizarme, según ahora se dice. Pero ¡nada... ¡No llegaba el momento! Y eso- que todo estaba dispuesto para recibirle: el coñac y el tabaco, dos estimulantes; los chismes necesarios; la soledad augusta; el silencio más completo, no perturbado ni aun por el vuelo de una mosca, No, no se oía el vuelo de una mosca en aquella estancia... Hasta rj ue de pronto oí claramente el zumbido de uno de esos apreciables dípteros, y á é! mismo le vi después descender del techo en vuelo reposado, y luego revolotear ansioso por entre los chirimbolos de mi mesa de trabajo, y acercarse á la luz, y pasar repetidas veces junto á mi cara. ¡Una mosca á tales alturas! ¿De dónde saldría á esas horas? ¿Cómo pudo escapar á la jnortal sentencia que condena á toda su especie cuando terminan los calores estivales que amparan y protegen á todos los seres de la creación? Sin duda era un superviviente, pero de seguro no podría gozar mucho tiempo del don preciado de la vida. Su aparición alejó de un golpe los mil y un pensamientos que empezaban á presentárseme de un modo vago é inconcreto, y me sugirió otros tantos, completamente distintos, pero todos ellos dolorosos... Ay! Llegará también para el hombre un día, como el que periódicaniente llega para la mosca, en que no podrá vivir sobre el planeta, ya frío, cruel é inhumano. Y si alguno, el último de todos, escapa á la general sentencia, querrá también morir de cualquier muerte, aunque pueda vivir algunos años... ¿Para qué la vida, cuando ha desaparecido todo lo que la forma y la hace digna de ser vivida? No sé por qué supuse que aquella mosca pensaba en tal momento lo mismo que yo pensaba... Sus zumbidos eran furiosos, y á mí se me antojaban ayes; su revoloteo tenía algo de vértigo que á mí me pareció rabioso y desesperado... Viéndola ir y venir, moverse sin descanso, acercarse á la luz, á la copa y al tintero con una indecisión demostrativa de un fatal propósito, pensé convencido: ¡Va á suicidarse... Y efectivamente... ¡Se suicidó la mosca... Cayó en el tintero, donde la vi patalear y defenderse instintivamente hasta morir, sin que yo hiciera nada por salvarla, pues soy respetuoso del destino ajeno. Se suicidó la mosca... Tal vez algún incrédulo suponga que cayó atontada por el frío y que no pudo escoger el sitio de su caída; negándola el libre albedrío, se negará también que atentara contra su vida. Pero yo insisto en su suicidio, invocando el derecho de todo escritor á fabricar la psicología de sus personajes. Se suicidó la mosca... Y fué una imbécil al buscar la muerte entre la tinta, que mancha y huele mal, en vez de lanzarse á la copa donde hubiera muerto dulcemente... Bien que así me hizo un gran favor, porque al ahogarse en el coñac, yo hubiese tenido que tirar su cadáver y el líquido que me disponía á beber con tanto gusto. ¡Pobre mosca... El final de su ignorada historia me hizo volver á mi trabajo y pensar con resignación en que á mí tal vez me sucederá lo mismo. Ahogarme en un mar de tinta en vez de morir como otros, embriagado de felicidad... ANTONIO PALOMERO. DIBUJO DE MEDINA VERA