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buena señora que era mí madrina de m sa, y tuvo la ocurrencia de legarme una manda regu ar. Ecbé mis cuentas, y en vez de prestar á réditos para sacar al año una pequenez, cargando además mi alma con responsabilidadc; acordé salir un poco á ver el m undo. Yo hijos no h a ü a de tener; mis sobrinos... ¡que se arreglasen... y orao el viajar es la única diversión cjue no se mira mal en nosotros, ¡viajemos! Casi siempre, en tocando á salir de casa, mis colegas la emprenden hacia Roma. Una peregrinación... ¡y adejante! Muy natural... pero á mí, no sé por qué, me entró afán de hacer todo lo contrario. I,o más diferente de Roma y de cuanto conocemos- -pensé- -serán los Estados Unidos... Y allá me fui, en un buque hermosísimo, y llegué á Cuba sin el menor tropiezo; 5 de la Habana, que por cierto me gustó de veras- -á poco me quedo allí á vivir, -pasé á la América del Norte, hallando tantas cosas de admirar, que, para lo que me resta de estar en el mundo, tengo que rumiar memorias. Todo lo apunté en unos cuadernos para que no se me olvidase; y cada vez que leo en la i rensa algún invento ó algún caso que parece mcn- tira... de mis cuadernos echo mano... y digo para mí... -Y para los demás también- -advirtió el señorito, ¡Pues no nos tendrá leídos los cuadernitos que digamos! -Y bueno, ¿de qué voy á tratar? ¿De política? ¿De chismes? ¡Ello es que en mis cuadernilos raro será que no se halle ya mencionado lo que nos dan por grandes novedades los periódicos... En fin, yo me pasé más de un año entre aquella gente sin conocer á nadie, con barbas y sin corona, aunque, gracias á Dios, sin faltar á las obligaciones de mi estado. Y así me estaría hasta la consumación de los siglos, si no llega á escasearme el dinero, droga más necesaria allí, según pude advertir, que en parte alguna... Como no era cosa de echarme á pedir limosna, y á más no es costumbre de aquella gente el darla tomé el partido de embarcarme otra vez, y la travesía desde Nueva York á la Habana fué una delicia... En la Habana- -donde no quise saltar á tierra, temeroso de no decidirme luego á salir de allí, aunque para mantenerme en aquel paraíso hubiese de ponerme á hacer la zafra en lugar de un negro- -subió á bordo una señora joven, de riguroso luto- -no despreciando, bien parecida, -con un niño muy guapo, de unos seis años. Eramos la señora y yo de los pocos españoles que en el buque iban; éramos ambos pasajeros de segunda, y por educación, y porque me daba lástima, empecé á saludarla y á entretenerme con el niño, una monada de listo y de cariñoso. El padre, por lo visto, era empleado, 3 se había muerto del vómito. Cada vez que salía la conversación, la viuda, lamentando su desamparo, lloraba; pero poco á poco se puso casi alegre, me gastaba biomas, y siempre procuraba encontrarse conmigo en el puente para charlar. No sabía que yo era sacerdote, y yo, vamos, 110 se lo dije: me parecía raro, con la barba que me llegaba á las solapas del chaleco. Al desembarcar después de rasurarme... bueno que lo supiese. Como un golfín iba la embarcación hasta llegar á la altura de las Azores. Sin embargo, el capitán había torcido el gesto al ver un celaje muy descolorido, que luego fué volviéndose cobrizo al anochecer, y ya de noche, negro, lo propio que si en el cielo se hubiese volcado un tonel de tinta... Algunas exhalaciones parpadearon en el horizonte; pero la calma era tal, que el agua parecía aceite grueso. No se acostó el capitán, y yo tampoco; no sé qué inquietud me desvelaba. Al amanecer, el celaje se mostró más negro si- abe, y una ceja gigantesca, un arj- o inmenso apareció casi encima de nosotros, dibujado como por mano firme y maestra. ¿Qué hay, capitán? -le pregunté al verle tan sombrío como el cielo. -Qué ha de haber, me... -y juró entre dientes. ¡Que tenemos encima el tornado... y que será de los de orimera! ¿No ve usted qué perfecto es el arquito? Ya había yo oído ení- gl pasaje mentar al tornado con expresiones de terror; el tornado es el coco de aquellos mares. Así y todo, como ¡a calma era tan absoluta 5 yo no entendía de achaque de navegación, no sentí al pronto mucho miedo. Empecé á sentir las cosquillas cuando pasajeros y tripulación salieron al puente y en voz baja se cambiaron impresiones. Todos mirábamos fijamente á aquella ceja colosal de un ojo terrible, inmóvil, que nos amenazaba. La calma era de plomo; no sé expresarlo sino así; en plomo nos creíamos envueltos. Una pluma de ave echada al aire permanecía en suspensión. Y nuestras almas estaban como aquella pluma: pendientes y esperando el primer soplo... En aquellos segundos de ansiedad trágica en que ni respirábamos, fué cuando la viuda, con su niño de la mano, su ropa negra, y más blanca la cara que un papel, se acercó á mí, y me dijo de una manera que me llegó al corazón: -Ko tenemos á nadie en este mundo... Yo sólo en usted he puesto mi esperanza... Si sucede algo, ¿nos amparará? Esta criaturitasin padre... Y sin duda yo estaba loco del susto que todos te, níamos metido en el cuerpo, porque la contesté cogiéndola de las manos: -A. no ser que muriese yo primero, ni usted ni el niño han de pasar daño ninguno. El padre del niño aquí está. Aun no bien hube proferido tal dislate ¡zasi, prorrumpe el huracán por el Nordeste con una fuerza inaudita; una fuerza tal, que todo el barco tembló y se paró; y no era que se Jhubiese roto la máquina- -que se rompió después, -sino que ni con cien máquinas avanzaría... Saltaron luego unas olas... ¡vaya unas olas de horror! Nadie creería que de aquella mar de aceite podían levantarse semejantes monstruos... Caíamos al fondo, y nos veíamos de repente en la cumbre de una muralla altísima, y debajo nos esperaba, para recogernos en otra caída, un abismo sin fin... El capitán estaba como loco; dos veces rodé al suelo, y en una de ellas, por desdicha, se rompió la cabeza contra no sé qué... Tomó el mando el segundo. Era luucho menos hombre, de menos agallas marineras, y comprendimos que estábamos perdidos sin remedio. El barco, ai tener que ascender, se cansaba como una persona, se dormía cada vez más tiempo, y no aguardábamos sino el instante en que, sin fuerzas la embarcación para vencer la espantosa subida, la ola se cerrase sobre nosotros y nos quedásemos allá abajo, en el remolino que produjésemos al ser absorbidos. Entre la confusión y el alocamiento de todos- -cada uno pensaba en sí ó en los suyos y nadie atendía á nadie- -la viuda, sin s a b e r l o que hacía, se me agarró á los hombros y empezó á decirme disparates... ¡porque estaba como los demás: fuera de juicio... Yo no iba á seguirla por el camino que emprendía... y á su oído, murmuré: -No puedo hacerla más favor que darla la absolución... Soy sacerdote, y vamos á morir en este instante... Pegó un chillido y se apartó de mí... Y en el mismo momento, al rolar al Sur y al Suroeste, abonanzó de un modo tan repentino, que parecía cosa milagrosa... Eos oficiales dijeron después que sucede así con los tornados, que si duraran como dan... En el resto de la travesía no volví á acercarme ni siquiera al pobre del niño. Desembarqué lo más pronto posible; en Lisboa. Y á veces, en esta paz que ahora disfruto, me parece que cuanto me pasó no me pasó, sino que lo habré soñado... -Por eso nos lo cuenta cada año doce veces- -argüyó escéptico el señorito. -Contándolo se convence de que no es mentira... Asi nos convenciese á los demás... LA CONOESA BE PARDO BA 2 AN. DIBUJOS DE MENSEZ BRINQA