Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Convenido; vendría el cura aquella farde misma. 1,6 esperé recostada en u n banco de vieja piedra grar. ítica, todo rebordado de musgos de colores. Hacia irío y el paisaje limitado, montañoso, tenía la severidad triste del invierno que se acercaba. Uno de esos pájaros que se rezagan y todavía se creen en tiempo oportuno de amar v sentir cantaba entre las ramas del limonero añoso, al amparo de su perfu- ya mi espíritu andaba muy lejos: se había ido adonde no hay curiosidades, á una región de contemplativa serenidad. Media hora después oía yo el relato de una aventura vulgar, pero que había bastado para dar aroma de pena antigua á la existencia de aquel hombre y para sugerirle un romanticismo, allá á su manera, complicaao de cierto orgullo. Por la aventura podía -h ÍV. rn. mado y nupcial follaje perenne. En las vides no quedaban sino hojas rojas, sujetas por milagro y y a deseosas de soltarse y pagar su tributo á la ley de Naturaleza. H a y en estos aspectos otoñales del paisaje una melancolía tranquila y por lo mismo más profunda, un mayor convencimiento de lo efímero de las cosas... Cuando entraron el cura y el señorito, dispuestos á satisfacer una curiosidad tan transitoria como la vida, mirar con superioridad, en lo interno, á sus compañeros, y en las largas sobremesas de los convites parroquiales, excitada la imaginación á poder del generoso y el anisete, revivir los dramáticos momentos, ser otra vez el que corrió graves peligros y estuvo á punto de que un vórtice le tragase... -Al concluir la carrera- -dijome después de recogerse un momento, como si no se supiese la relación de memoria- -me encontré con que se murió una