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como si ya sintiera á su alrededor el frenético palmotear de la entusiasta multitud, y aquietado y como extinguido el héroe de mitin, vino á quedar el Juan vulgar, el hombre corriente y moliente, que, con sesudos pasos, se dirigió á la mesilla en busca del almuerzo. Apenas puso sus ojos en el plato- -quiero decir que miró al plato, no que se arrancara los ojos de las cuencas, -cuando pasmado, exclamó: -Aquí está el tomate frito; pero ¿y las chuletas? Interrogación que se quedara sin contestar, á no ser porque como respuesta viva apareció en el um- convulso, en un rincón. Según testimonio de la doméstica, que estaba lunto al fogón limpiando unas cacerolas, D. laucas llegó como una tromba, cerró tras sí la puerta, plantóse ante el desventurado micifuz, y empezó á darle con los zorros de tan gentil modo, que parecía tosca maritornes ocupada en sacudir el polvo á una silla. Al principio, el pobre gato sufrió los golpes con estoica resignación; pero de pronto se puso hosco, entornó los ojos, y bufando y gruñendo, dióse á correr y á saltar por sillas, mesas y vasares, y como D. Lucas lo quisiera sujetar, aga- bral de la puerta el gato, pío, felice, triunfador, cual el Trajano de la clásica poesía, relamiéndose con fruición, y tan contento y tan ufano, que el regodeo del estómago se rezumaba por todo su cuerpo. ¡Hola, picaro ladronazo! -exclamó D. I, ucas comprendiéndolo todo. -Aguarda, aguarda que te doy los postres... F u é aquello una carrera grotesca. El gato, delante, corría desalado, sin dar vagar á sus cuatro patitas, cuyas uñas chirriaban en las baldosas, sin pararse en ningún obstáculo, sino salvándolos todos con regates y saltos inverosímiles y sin abatir el rabo, antes al. contrario, irguiéndolo tieso y erizado como un limpiatubos. Detrás, D. Lucas corría como Dios le daba á entender. Bufaba al alentar, chancleteaba al mover los pies y, amenazando á techo, paredes y suelo, esgrimía con la mano derecha unos zorros que al acaso encontrara en una silla. Así llegaron á la cocina, en donde el gato, no hallando escapatoria, se acurrucó, todo tembloroso y rrósele á entrambas manos y se las marcó por suyas con unos cuantos arañazos. ¡Abre, abre la pueita y que se marche este demonio... -mandó D. Lucas á la criada. ¿Cómo puede ser esto? ¡Si parece mentira... Cien veces le he pegado por trastadas semejantes 3 siempre se estuvo pacífico, quieto, asustadizo y manso... Hoy, en cambio, ha enloquecido de furor. -Porque hoy le pegó usted más que nunca- -contestó la criada mientras espumaba un puchero. Don Lucas se dio una palmada en la frente, apoyó los codos en las rodillas, acomodó la cabeza entre las manos y empezó á musitar: -Puede que el pueblo, para salir de su postración, necesite como mi gato... Pero en este punto de sus meditaciones le sorprendió el agudo escozor de los arañazo y con este motivo D. Lucas tuvo que descender á la siempre mísera realidad, cuando ya, en alas- de su inteligíencia, volaba hacia sus benditas utopias... JOSÉ A. DIBUJOS D. te HUERTA 2