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jr- EL D O L p L Niso. ¿Qué grito es ese que ha sonado... E L HOJIBRE. -Ese grito que acabas de oír sale del pecho de algún desgraciado, á quien, sin duda e. stáu operando los médicos. Porque el edificio que tenemos ante nuestros ojos e s un hospital, v en esta clase de casas no pueden pedirse más que gritos y lamentos. Niño, escucha ese grito con respete, eí; el dolor que está t a b l a n d o y nada existe bajo el sol que sea tan venerable como el dolor. E L NISO. ¿Y por qué hicieron el dolor... E L HOMBRE. ¡Ay, niño, cuan pronto sientes la curiosidad del misterio del mundo! Desde que hay hombre. i sobre la tierra no han cesado de interrogarse lo mismo que tú ahora. ¿Por qué el doler? ¿Para qué la vida? Pero nunca han podido los hombres responderse á estas capitales y angustiosas interrogaciones. Sólo sabemos que la vida existe y que es preciso vivirla; como sabemos que el dolor existe y que tenemos el deber de ahuyentarlo. Para ahuyentar el dolor, ó, mejor todavía, para desprenderse del dolor, es para lo que inventaron los hombres todas esas instituciones benéficas que se llaman hospicio, hospital, escuela, biblioteca. E L NIXO. ¿También las escuelas y bibliotecas sirven para ahuyentar el dolor? E L HOMBRE. -Naturalmente que sí. ¿O es que te figuras que sólo existe el dolor de la carne y el del sentimiento? Hay otra clase de dolor, cuyo nombre es ignorancia, y á ese dolor tenemos que combatirlo con ciencia, con saber, con conocimientos, con libros. La ciencia sirve para hacer al hombre inteligente y para procurarle una cantidad inmensa de conocimientos; armado con estos conocimientos, el hombre puede circular libremente por la gran selva del mundo. La ciencia es para el hombre un ángel tutelar; este ángel benigno nos procura los medios de vida y de defensa, nos provee de medicinas contra la enfermedad, nos presta ropas y habitíiciones con que repeler el frío, nos concede el pararrayos para que la tormenta no nos destruya, nos da vehículos para movernos rápidamente, letras para comunicarnos unos con otros, pinturas para recrearnos y olvidar nuestra angustia... Si la ciencia no existiese, ¿qué triste no sería la condición del hombre, tímido ante la grandeza del universo, indefenso ante todas las fuerzas desencadenadas de la creación? E L NIÑO. -En ese caso podrá llegar un día en que hayamos conseguido nmtar al dolor completamente... E L HOMBRE. ¡Lástima que tu noble deseo no pueda nunca realizarse! El dolor es eterno, tan eterno como la vida; como que la vida y 1 dolor son una misma cosa. Salimos del seno de nuestra madre entre gritos de dolor; después nos recoge la muerte llorando; y en el transcurso de la vida sumarás los días felices al mismo tiempo que los infaustos, y verás que la suma de las lágrimas es superior á la suma de las risas. Pero si el dolor es nuestro mortal enemigo, no por eso dejaremos de respetarlo; es un enemigo leal que á la vez que nos hiere nos rehabilita. Sufriendo es como la criatura alcanza su mayor fuerza, á la manera de los árboles, que se hacen duros á los embates del viento. Las lágrimas nos hacen sabios; ellas nos infunden una especial gravedad, sin la cual caeríamos en lo frivolo y en lo vano. La- melancolía va destilando en nuestro espíritu gotas de rocío ideal, y cuando el alma ha sufrido bastante es cuando descubre horizontes nuevos que están vedados á los seres frivolos. Y el dolor es la piedra de toque, la prueba máxima, por la cual se descubren las inteligencias buenas y las áralas. De manera que el dolor cuando penetra en el corazón de un canalla, hace que despierten todas las facultades de odio, de envidia, de crueldad; mientras que si penetra en un corazón recto, brota la flor más preciada, que es la bondad. Cuando el hombre bueno sufre, su bondad adquiere proporciones divinas. E L NIÑO. -Pintonees deberemos fomentar el dolor... E L HOMBRE. -No, hermoso niño, no. El dolor es nuestro enemigo, como antes te dije, y todos venimos á la vida con el deber de convertirnos en caballeros cruzados, en caballeros andantes, guerreros del gran ejército humano que lucha contra el dragón todopoderoso, que es el dolor. Por lo mismo que sentimos en nuestro pecho las heridas del dolor, debemos procurar defender á nuestros hermanos de las heridas. Debemos aumeirlar la ciencia, aumentar el arte, aumentar la bondad, aumentar el valor y la potencia del espíritu. Puesto que nuestros hennauos sufren y nosotros mismos sufrimos, no podemos desoír los requerimientos del honor que nos llama á la pelea. Cada cual esgrima su arma, uno el libro, otro la herramienta, otro el sacrificio, otro su palabra aler. tadora; enire toaos conseguiremos mantener á raya al dolor, nuestro mortal enemigo. JOSÉ M. a SALAVERRl, DIBUJO DE RtGlUOR