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tinadas al ¡acvn- fenvü, con sus palacios, y sus iglebias, y sus colegios, y sus oficinas, y sus talleres. Más á lo lejos, los barrios chinos, sucios, destartalados, donde incesantemente b u l l e un hormiguero de hombres. Y allá abajo, al fondo, el puerto pintoresco, animadísimo, surcado por infinidad de barcos de todas clases; lujosos ateamers de to (ias partes del mundo q u e l l e v a n y traen turistas y negociantes; potentes barcos de guerra de las naciones que en China tienen interes e s q u e defender; panzudos baicos de ruedas que os condufir ii á Cantón, la industriosa, ó á la poética y tranquila Macau; barcos n íi que t portan millares de pasajeros entre Victoria y Yi. o oow sampanes y juncos chinos de anchas velas y aplastada proa, á la que no le VISTA DEL PUERTO faltarán á babor y á estribor enormesypintarrajeados ojos, con los que, según la superstición china, la embarcación debe z- w por dónde va. En Hong Ivong vive una población cosmopolita, la más heterogénea que os podéis imaginar. Allí, en Queen s Road, de diez á doce de la mañana, podéis ver el rico comerciante chino elegantemente vestido, con su túnica de seda y su peinada coleta; la miss inglesa, altiva, displicente, indolentemente recostada en su palanquín; el fraile español ó francés, que desde su Procuración- Convento, situado en la montaña, baja al puerto á visitar sus fincas ó á negociar con los Bancos; el soldado indio, alto, fornido, de atezado rostro, de negrísima barba, ostentando orgulloso su turbante de brillantes colores; el chino harapiento y mal oliente, el sufrido cooiie, que en su rickshaw os llevará con velocidad vertiginosa á recorrer la parte llana de la ciudad; el severo policeman de la metrópoli, que en medio de aquel bullicio impone su autoridad, por nadie disputada; la globetrotier norteamericana, que re- corre el mundo con ademanes desenfadados, hablando con marcado acento nasal; el negociantt parsee; el judío del Cairo, de Smyrna ó de Stambul; lapulquérrimajaponesita, pequeña, vivaracha y sonriente, vestida con caprichoso ki mono de colores vivos, que estápidiendo unos pinceles con que ser trasladada al l i e n z o Todos, misses, soldados, negociantes, turistas, japonesas, misioneros y coolies, en in cesante ir y venir por aquellas calleíe s t r e c h a s dond para cada extranje To hay Jomenosdiei chinos, haciendo de Hong Kong una ciudad pintoresca, original y animadísima, ero si queréis admirar á Kong, si queréis disfrutar n espectáculo verdaderamente magnífico y original, contempladlo desde el fondo de la DESDfi HONG KONG bahía, en una de aquellas poéticas, dulcísimas noches estivales con que el Oriente regala. La gran montana de la isla, en que se asienta la ciudad, forma una inmensa mole negruzca; la ciudad está envuelta en sombras, pero no callada, con mil y mil ruidos, entre los que se destacan los sonidos estridentes de los instrumentos chinos; de sus calles y de sus casas, en el puerto, en las laderas, en las cimas de sus colinas, por sus viaductos y caminos que serpentean por la montaña, surgen millares de puntitos brillantes: son los arcos voltaicos, las luces eléctricas y de gas que iluminan toda la ciudad y que le dan un aspecto fantástico, asemejándola á un inmenso, colosal Nacimiento de Navidad, mientras que allá arriba, muy arriba, en el fondo de aquel cielo purísimo brillan, también como puntitos resplandecientes, infinidad de mundos misteriosos, entre los que se destacan la bella Aitair, la Cabra, de áureos reflejos; la brillante Vega, de luz blanca y purísima H. G. DEL CASTILLO. á í i 1 ffí -i UNA CALLE DE HONG KONG