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treinta las Cataratas del Niágara la Corrida de to TOS y Padre infeliz pero ellas no van por las cintas fotográficas, sino por ver el público desde sus asientos de palco. Así se divierten de seis á ocho las de Antúnez, y no menos que ellas se divierte á todas horas Juanito Vívez. Para Juanito el problema es muy sencillo, y sobre todo muy barato. Sin gastar un solo céntimo pasa las grandes tardes. Correctamente vestido vuelve de la Castellana y se instala en una d é l a s aceras d é l a Carrera de San Jerónimo. Al principio se coloca cara á la calle, con objeto de ver pasar los coches particulares y saludar á sus relaciones ¿quién no tiene relaciones con gente de coche? Después de esta labor. Juanito forma un grupo con sus amigos y entonces se dedica á las de á pie. No pasa hembra que no lleve su requiebro grosero, su frase de mal gusto ó su conato de agresión manual. Vívez goza con esto hasta las siete ó siete y media. I (legad ste momento, y si no tiene que encerrar á alguna, se dirige al I, yon d Or ó á la Maison Dorée y allí entra resuelto, pregunta al mozo, si ha venido Fulano y vuelve á salir á la calle con la desenvoltura del que está acostumbrado á trasponer aquellas puertas varias veces al día. Por último, ya en la calle de Alcalá, dirige unas frases á la florista, tutea á un golfo, entra en el portal de La Peña y... se va por la calle de Arlaban á su casita. Si á Vívez le quitasen estas horas le habían matado. Tampoco las pasa mal del todo D. Rosendo, el flamante y maduro diputado de la mavoría. A eso de las seis, pasada ya la hora destinada á ruegos y preguntas, sale de las Cortes, y rodeado de otros padres de la patria, fumando un puro y hablando alto, sube por la Carrera hasta llegar á la cervecería donde le esperan algunos amigos, con los que charla un rato de política. Otras veces D. Rosendo va al Círculo, j allí lee unos cuantos periódicos, ó juega unas carambolas, ó apunta unas pesetas al bacarrat. Pero lo más frecuente es que pase las tardes en szi cer- oecería- De vez en cuando, la terltitia nota la falta de D. Rosendo. Y es que algunas tardes el grave señor desaparece y nadie sabe dónde se mete de seis á ocho. Yo quizá lo sepa, pero me lo callo. Por eso digo que tampoco D. Rosendo pasa mal del todo esas dos horas. La gente que sale á la calle se divierte de lo lindo. Los infelices que se quedan en casa, en vano intentan distraer sus ocios hasta que dan las ocho. Para estas ocasiones los vecinos de la misma casa son un poderoso recurso. Las niñas AeX prÍ 7i cipal suben á visitar á las niñas del segundo. -Mamá- -dicen al salir, -vamos un ratito arriba. En cuanto esté la cena que nos avisen. Ya arriba, las del principal tocan al piano con las del segundo, ven la colección de postales de las delsegimdo y se timan con los hermanos de las del segundo. A las ocho una doncella penetra en ía estancia y dice con su peculiar sintaxis: -Las señoritas, que hagan el favor de bajar. Y así pasan las horas de seis á ocho los que no se han lanzado por esas calles. Los que salieron vuelven al hogar embanastados en los tranvías. Allí vuelven á estrujarse las de Antúnez, Juanito Vívez y el diputado de la mayoría. Los cangrejos y los tranvías del barrio rebosan gentes cargadas de paquetes y líos. Las burguesitas tornan á casa llevando el postre selecto, y aun aprovechan aquellos instantes de viaje ferroviario para su último z í? í) Y hasta el día siguiente en que á la misma hora se repiten las mismas escenas. Porque todo esto que sucede de seis á ocho de la tarde, sucede de seis á ocho veces por semana... Luis nE T A P I A DIBUJOS UE SANCHA