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lera, que luego quedó desvanecida, íiabrían seguramente estorbado el rapto si el ruido de muchas brillantes y sonoras monedas de oro, que en dos grandes puñados les arrojó Gonzalo, no hubiera despertado su codicia, empujándolos á buscarlas y á disputárselas, mientras aquél buscaba la salida, pasando como una exhalación ante los ojos de los descuidados guardas del portillo, que, al despertar despavoridos, ni tiempo tuvieron para darse cuenta de lo que había pasado ante sus ojos como rapidísima visión. Apenas llegó á Santa Fe, Gonzalo entró en la tienda real, llevando de la mano á la asombrada mora, que ya había recobrado el conocimiento y un tanto la tranquilidad por las afectuosas palabras y promesas de su raptor, y, presentándola á la reina, dijo éste, inclinándose respetuosamente: -Señora, ésta es la joven y hermosa mora de la calle de Elvira, que trabaja á la perfección los buñuelos que V. A. esta noche deseaba comer. Y acaba la tradición afirmando que aquella misma noche comió la reina los deseados buñuelos, que la buñolera fué bien pagada y atendida, que poco después se convirtió al cristianismo y que más tarde tuvo tienda de buñuelos en Valladolid, donde vivió rica y dichosa, casada y con numerosos hijos. ÍI Siglo y medio después la corte de España ofrecía aspectomuy diferente. Todohabíacambiado por completo. El trono delosKeyes Católicus estaba ocupado por de no ser hiperbólica la frase de que el sol no se ponía en los dominios españoles había seguido el luctuoso, pocas veces interrumpido, y á lo que todavía parece, interminable período de quebrantos, pérdidas y desmembraciones, que valieron á D. Felipe IV el dictado de Grande... como los hoyos, tanto más grandes cuanta más tierra se les quita No eran, sin embargo, aquellas desdichas nacionales obstáculo para que la corte se divirtiera en frecuentes, suntuosas y costosísimas fiestas públicas, que formaban contraste singularísimo con los constantes, lastimosos y estupendos apuros privados de los reyes, que á veces no podían satisfacer ligeros caprichos y aun verdaderas necesidades. En cartas particulares de la época, escritas por personas fidedignas que comunicaban nuevas de Madrid y de la corte, mezcladas coú noticias de comedias, saraos, naumaquias y fiestas de toros, que costaban muchos cientos de miles de ducados, leíanse otras no menos pasmosas que las siguientes: Dos meses y medio ha que no se dan en palacio las raciones acostumbradas, que no tiene el rey un real, y el día de San Francisco le pusieron á la infanta en la mesa un capón, que mandó levantar porque hedía como á perros muertos. Siguióle un pollo, de que gusta, sobre unas rebanadillas como torrijas, llenas de moscas, y se enojó de suerte que por poco no da con todo en tierra. Mire vm. cómo anda palacio. Todo esto es como lo cuento, sin afíadir ni quitar un ápice. Dícese que gusta la reina de acabar de comer cor confites, y que, habiéndole faltado dos ó tres días, salió la dama que tiene cuidado de esto, y dijo que cómo no los llevaban como solían. Respondiéronle que el confitero no los quería dar porque le debían mucho y no le pagaban nada. Quitóse una sortija del dedo, y dijo: -Vaya volando por ellos con esta prenda á cualquiera parte. Hallóse Manuelillo de Gante, el bufón, presente, y dijo: -Torne vm. á envainar en el dedo su prenda; y sacó un real de á cuatro y diólo, diciendo: -Traigan luego los confites aprisa, para que esta buena señora acabe con ellos de comer. Algún tiempo después, en N ovieinbre de 1657, hallándose la reina en estado interesante, antojáronsele unos buñuelos. Y el puntual y verídico reportero comunicó el suceso en los términos siguientes: Fueron volando á la Puerta Cerrada y le trajeron ocho libras en una olla, porque viniesen calientes, y volcándolos en su presencia en una gran fuente y mucha miel encima, se dio un famoso hartazgo, diciendo no había comido cosa mejor que ellos pOi ser reíííj Es cierto. Y quién sabe si estos buñuelos, como los confites en otra ocasión servidos á doña Mariana, tuvieron que comprarse gracias á la generosidad de un bufón, como los buñuelos que comió doña Isábel se debieron á la cortesanía caballeresca y al valor temerario del Gran Capitán los católicos reyes D. Felipe IV y doña Mariana de su segunda mujer. A las gloriosas conquistas y felices descubrimientos por que España, llegó á la anhelada unidad del territorio, y había extendido su imperio hasta el punto Tanta distancia hubo en siglo y medio de tiempos á tiempos, de reina á reina, de cortesanos á cortesanos y de buñuelos á buñuelos. Hasta en éstos puede h a b t r clases, y si la tradicióu es tan cierta como la anécdota, harto demuestra su singular contraste cuanto va de unos buñuelos heroicos á otros buñuelos picarescos. FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ. DIBUJOS DE MEDINA VERA