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-ti: J- REINAS Y BUÑUELOS que leí- -no H ¡ACE ya mucho tiempouna tradiciónrecuerdo ahora dónde- -el relato de que atribuye á Gonzalo Fernández de Córdoba, el celebérrimo Gran Capitán, una hazaña portentosa, muy semejante á otra de Fernán Pérez del Pulgar, y si no de tanta importancia por su objeto, de no menos mérito por la audacia, arrojo y temeridad. No ha sido- -que yo sepa- -loada en romances, ni representada en comedias, ni referida en historias vulgares, aunque digna es de no quedar olvidada y escondida en las páginas del libro en que hace ya mucho tiempo la leí y de cuyo título no puedo ahora acordarme. Tan grande es su semejanza con el legendario hecho de Pulgar, que su relato en verso podría parecer imitación de aquel romance anónimo que lleva este epígrafe: Pulgar clava el rótulo del Ave- María en la mezquita de Granada, y, aun como éste, podría comenzar con los conocidos versos que dicen: qSanta Fe, qué bien pareces en la Vega de Granada, toda cercada de muros, íie torres bien torreada, una cava á la redonda, íaic toda te cerca y baña! Fundóte el rey don Fernando, doña Isabel en compaña, y otros muchos caballeros de la nobleza de España. Con el secreto silencio y resx landor de Diana u n a noche que lucía m u y resplandeciénie y clara, noche que huelgan los moros y la estiman más que el alma, más que el sábado el judío, más que el cristiano la Pascua del venturoso Bautista, L quien la iglesia señala por uno de- ios mayores que en los nacidos se halla, aquesta noche los moros hacen grande fiesta y zambra no en la Vega ni el Genil, como era su antigua usanza, porque de temor las fiestas hacen á puerta cerrada... I, a reina católica, que, acompañada por sus ilustres caballeros é insignes capitanes, participaba del regocijo general, escuchaba con atención gustosa la descripción que hacía su secretario, el viejo Hernando de Zafra, de los usos y divertimientos morunos en aquella noche. Recordando el antiguo romance de Guarinos, decía el secretario: Vanse días, vienen días, venido era el de San Juan, d nde moros y cristianos hacen gran solemnidad... cuando los que están contentos con placer comen su pan... E n semejante noche, al propio tiempo que en el campamento real solemnizaban los cristianos con diversos festejos y regocijos la víspera de San Juan, en la ciudad sitiada celebraban los moros f; u fiesta tradicional, no menos alegre y bulliciosa. -Pero no sólo pan comen con placer en esta noche solemne esos perros infieles- -siguió diciendo el secretario; -también engullen con mayor contentamiento ricas hojuelas y buñuelos exquisitos, que trabaja á la perfección particularmente una mora joven y hermosísima, que tiene tienda de ellos en la calle de Elvira. ¡Cuánto me agradaría comerlos! -exclamó IP reina. Y apenas lo hubo dicho, Gonzalo, atento siempre al servicio de su soberana, deslizóse sin que nadie lo notara, y desapareció rápidamente. Disfrazóse de manera que bien podía pasar por un trajinante moro, montó en un caííallo cordobés que, como el violento hipógrifo de Calderón, corría parejas con el viento, salvó rápidamente la distancia que de la ciudad lo separaba, y como Pulgar, buen conocedor del terreno, entró sin obstáculo por un portillo, cuyos descuidados guardas dormían á pierna suelta. Su conocimiento de la lengua arábiga sirvióle como á aquél para encaminarse adonde deseaba, desvaneciendo sospechas de los que alguna pregunta le dirigían, y, como aquél, ante la puerta de la mezquita, respiró satisfecho al hallarse frente á la tienda de la joven y hermosísima buñolera. L, lariíióla con tono imperativo, que la hizo acudir apresuradamente, y, cuando cerca del caballo la tuyo, inclinándose como para decirle algo al oído, cogióla por la cintura de pronto, y, levantándola como si fuera una pluma, la colocó en el arzón de la silla, sujetándola con el brazo izquierdo. I,o s moros que presenciaron aquella escena extraña é inesperada, y los que acudieron al grito de la buño-