Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
rrera loca, lueron los coches en una discreta marcha que nos permitió apreciar los encantos del camino. Pudimos también conversar los unos con los otros cambiando las sencillas bromas y los chistes propios de las circunstancias. De vez en vez nos cruzábamos con algunos caminantes que saludaban respetuosos. Algún perro sin dueño se plantaba en medio de la. carretera desafiando á la comitiva con sus ladridos desaforados, nos seguía desüués un rato con la misma música, y al fin se quedaba solo, convencido quizá de lo inútil de su intento... ¡Ya llegamos! ¡Allí es! -dijo una voz alegre, al mismo tiempo que una mano señalaba el sitio términode nuestro viaje. Poco después estábamos frente á la finca, que, muy alejada de la carretera, alzábase gentil y orguUosa entre los árboles. Al divisarnos, unos blancos pañuelos se agitaron en señal de bienvenida, y sedispararon algunos cohetes. Guiado por expertas manos, nuestro coche tomó un camino transversal, que nos dejaría inmediatos á unapuerta excusada del jardín; los otros cocheros decidieron lanzarse por un estrecho sendero, que iba recto ala entrada principal, para llegar antes que nosotros. Mas no lo consiguieron, tal vez, según pensamos, porque el nuestro, picado en su amor propio, apretó más de lo justo. Nos aguardaba el anfitrión con su apreciable familia, quien, después de los aludos naturales, comenzó á explicarnos el xsrograma de festejos. El número más interesante, que era el de la merienda, estaba casi ultimado en aquel momento. Y para que resultase á la altura correspondiente, se había colocado la mesa en un amplio mirador rústico, desde donde se divisaba un espléndido panorama. En su contemplación nos extasiábamos, trufando el goce espiritual con los variados entremeses que excitaban el apetito, cuando sentimos en la casa un extraño rebullicio. Entraban y salían las muchachas atolondradas, portaban los criados sendos vasos de agua, y la vieja cocinera alzaba al cielo sus brazos remangados A ÍH. -k tín. í Hacia allá nos dirigimos presurosos, al tiempo que los otros excursionistas aparecían eu compacto grupo. Destacándose á nuestro encuentro, uno de ellos nos dijo: ¡Ha volcado un coche! ¡Claro! ¡Esos bárbaros de cocheros iban bromeando para ganarse la delantera, y como el sendero es tan estrecho... ¿No lo decía yo? -contestó la voz que esperábamos. ¡Eramos trece! Per fortuna, fué mayor el susto que la desgracia. Sólo resultó del vuelco una muñeca un poco dislocada y una frente ligeramente erosionada. Fueron las víctimas trasladadas al mirador con toda solicitud; dímoslas un poco de agua con azahar para calmar sus nervios; vendamos la muñeca y lavamos la frente... Y todos etnjKé aiiios á quitar importancia al suceso, no tanto por animar á sus protagonistas como por no perder nosotros la animación precisa para la fiesta. Luego, con absoluta sinceridad, les fuimos diciendo todos, sin ponernos de acuerdo: ¡Han tenido ustedes mucha suerte! ¡Debieron matarse... ¡Caer debajo del coche y resultar con un ligero arañazo y una pequeña torcedura... ¡Mucha suerte! Sin saber por qué, me asustaron un poco estos juicios, aunque estaba segurísiino de que no ocultaban ni la sospecha de un mal deseo. Y á pesar de haber comprobado muchas veces que todo, hasta la suerte, es relativo, pedí á los Cielos que me libraran siempre de tal fortuna... ¡Sin duda puede llamarse afortunado un hombre que escapa de un peligro, pero será mejor que esa desgracia no se presente! Ivas víctimas seguían pálidas, emocionadas, aún no repuestas del susto, todavía quejándose de sus dolores. Y aun contestaban maquinalmente, no sé si con recóndita satisfacción ó con el sentimiento propio del deber incumplido: ¡Hemos debido matarnos! ¡Hemos debido matarnos! ANTONIO PALOMERO. DIBUJOS DE HUERTAS-