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1 LIM ACCIIDE ISrTK f VAisDO la cciicivana sc puso en marcha, alegrando la calle con el tintineo de los cascabeles y el áspero cre pitar de los látigos, uno de los tres compañeros cj; ue conmigo ocupaban el último coche torció el gesto y dijo con tono lastimero: ¡Dios quiera que acabe con bien esta excursión. ¡Dios lo quiera! -le contestamos un poco sorprendidos. y yo, sonriendo de bonísima gana, agregué después dirigiéndome al intempestivo evocador de lo imprevisto: ¿Y por qué no ha de acabar con bien? ¿Cree usted inminente alguna desgracia? ¿Sospecha usted cualquier percance? ¿Es peligroso el camino? Nuestro hon bre meneó la cabeza para negar estos temores; pero replicó njisteriosamente, no sé si en broma ó en serio: ¿No ha contado usted... ¡Vamos trece! Una carcajada general fué el primer comentario á esta salida, á la que después siguieron les tradicionales anatemas contra esas ridiculas preocupaciones, propias só! o de las gentes incultas y sencillas. Y alguien rectificó 3 ara tranquilizar al agorero: -Vamos diez y siete, porque los cocheros también son hijos de Dios. -No, no- -repuso el amigo. -Somos trece los de la partida... Los cocheros no van. ¡A esos los llevan! Esta pequeña sutileza me hizo comprender que el supersticioso era un bromista, y por bromas tuve también entonces los terrores que le vi manifestar otras veces cuando se nombraba á la 6 ¿c ia, se derramaba el agua, se abría un paraguas bajo techado, etc. etc... ¿Y cómo alarmarse por tales tonterías un hombre como él, tan inteligente, tan equilibrado y tan libre de otras preocupaciones mucho más respetables? Bramos, en efecto, trece los invitados, distribuidos en los cuatro coches que en tal momento corrían por la carretera levantando una polvareda de dos mil demonios. La excursión tenía por objeto inaugurar una fuentecilla colocada en el jardín de su posesión por el amable y filósofo propietario que allí pasaba la mejor parte de su vida, alejado del tráfago mundano. Pero á decir verdad, la inauguración era sólo un pretexto para ofrecernos á los amigos que pasábamos la temporada en aquel pueblecillo de la costa mediterránea una tarde agradable y una inerieuda suculenta. La finca estaba algo distante del pueblo, al pie de los montes perfumados por el suave oior de los pinos y lie las flores silvestres; mas el camino era tan pintoresco tan lindo, tan encantador, que la distancia parecía corta y I reve la caminata. Alamos gigantescos bordaban la carretera denunciando la proximidad del rio, que acudía sosegado á perderse en el niar. Y en ellos deteníanse los pájaros, que saíteban de rama en rama con infantil impaciencia, j concertaban sus alegres voces en arbitraría y graciosa algarabía. A uno y otro lado veíanse deliciosas quintas coa jardines nnilticolores, ó extensos y envidiables huertos, y engalanadas también con alguna curiosa cabecita que distraía sus ocios ó sus sueños desde una ventana. Divisábase en la lejanía el tranquilo JÍedrterráneo, surcado lentamente por las veleras barcas pescadoras. Lucía el sol en un cielo de claro y luminoso azul. Era el ambiente de transparencia ideal... Desptié: del i) riiner arranque, para evitar el carsancio de las caballerías, ya un poco fatigadas por la ca-