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A- 9 V LA E S P A D A I eal al Rey de Castilla y más leal á su honra, el buen don Alonso Pérez de Giizmán rige y custodia á Tarifa, ciudad fuerte, entre las fuertes famosa. Para animar á las guardias de las puertas, va de ronda; vigila los cubos, donde la pez y el betún rebosan; conversa con los vigías; saluda las cruces rojas, en las vetustas murallas pintadas con sangre mora. Ya es viejo, pero aún es fuerte, y sus cicatrices hondas, de cien reñidos couib ates señales son bien notorias. Al nombrar á los más bravos, todos á una voz lo nombran; á la muerte, cara á cara, hizo frente sin zozobra en Briviesca y en Barbastro, en Sevilla y Zaragoza. Por formidable que sea, por más que arriesgue y exponga no ganará hueste alguna la plaza de que él responda. Sólo un cuidado le afüge, sólo un afán le acongoja: anciano ya, tiene un hijo, débil flor, tardía y sola, que en su noble árbol heráldico las secas ramas adorna. Esa es la tínica flaqueza á que su orgullo se dobla. Hi tierno infante está enfermo; ¡pobre ser, aún en su aurora y en la agreste sierra de Arcos, donde puro el aire sopla, en montañés lugarejo mansión saludable sjozn. LamorisiMa, de improviso, entre las nocturnas sombras, ha venido en son de guerra, y aquesa legión diabólica devasta pueblos y aldeas, arrasa granjas y chozas, y en los pechos de las madres ios pequeñuelos inmola. Por eso, las cicatrices del viejo lágrimas mojan. De pronto, en el campamento de la hueste sitiadora, un heraldo se presenta, vestido con regia pompa, por don Juan de Castilla, su señor mengua y deshonra, que mande un cristiano infame aquella pagana tropa d: ce á don Alonso Pérez que á escucharle se disijong. -i Don Alonso Pérez sube J á los adaives se asoma. ¿Qué quieres, señor? pregunU, 1 Iira- dice con voz bronca don Juan. Empuña una daga, 3 en sus biazos, que se encorvan, levanta, medio desnudo, un niño, que grita 3 llera. Guzmán reconoce á su hijo. Aquí eblá, para que eacojfi- O me entregas á Tarifa ó llegó su líltima hora, ué resueh es? ¿Qué me dice Digo, abominable apóstata, que ni para herir á un niño sirve en tu mano traidora ese mal templado acero. Otro necesitas: ¡toma! y desde el enhiesto muro su esp da misma le arroja. TEODORO LLOREN E. DIBUJO DE J J Í Í N C É 3