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i. Tlifr. j í ¿f Eltiiño. -Aquellos dos patitos, ¡mira cómo se chapuzan en el agua uel estanque... El hombre. -Déjalos, que están jugando. 1 niño. ¿y aquellos gorriones? ¡Mira cómo se persiguen por entre las ramas de los arbuttos... 1 hombre. -Déjalos también, que están jugando. Porque el padre Sol se ha dignado sonreimos desde su trono del cielo, todas las inocentes criaturas han decidido sonreír. Desde la más humilde ramita hasta el más grande é inteligente animal de la tierra, todas las cosas y todos los seres están ahora celebrando la fiesta de la alegría. Xlenemos también nosotros el pecho de júbilo, poniéndonos á tono con la música regocijada que canta el mundo en la hora presente. I a alegría es un don demasiado exquisito, y demasiado raro al mismo tiempo, para que la despreciemos. Alegrémonos, que la alegría es buena, es sana y es santa. El niño. -Me dijiste que el dolor era nuestro enemigo. ¿Con qué combatiremos el dolor? ¿Acaso con la alegría... El hombre. -Ciertamente; una de las armas que hemos de esgrimir para defendernos del dolor es ei arma de la alegría. Como antes te dije, el dolor nos está acechando á toda hora como un cauto é inflexible enemigo, y sólo podremos mantenerlo á raya oponiéndole el arma de la inteligencia, del sacrificio, de la solidaridad y del amor humano; pero tenemos otra arma pbderosa, y ésta es la alegría. Así como delante del enemigo común necesitamos unirnos todos los hombres, cuando amanezca la alegría debemos asimismo juntarnos todos y difundirnos ese soplo sagrado del placer. El dolor es como un negro nublado en que hay rayos, truenos, huracanes y lluvia nutrida; en cambio, el placer es como una mañana de sol, en que todo ríe y canta. El niño. -Pues si el placer se parece á una mañana de sol, ahora es el verdadero momento del placer; hace sol y la mañana está en. su centro... El hombre. -En efecto, ésta es la hora de la felicidad. Si lo dudases, te convencerían los patitos que juegan, los gorriones que saltan y alborotan, las ramitas que se estremecen, las aguas del estanque que se rizan tan hermosamente. Las criaturas todas están riéndose en nuestro alrededor, porque ellas son inocentes y su inocencia les hace escuchar sin vacilación las voces de mando de la Naturaleza. I es han ordenado que rían, y esas inocentes criaturas se han puesto á reir al punto. Eos seres humildes son quienes mejor entienden las secretas voces que andan por el aire; la Naturaleza estima mucho más á sus débiles é ignorantes criaturas, y les habla más íntima y cariñosamente, á la manera que las madres aman mejor á sus hijos cuanto más desventurados sean. H a bastado un rayo de sol para que esos patitos y esos gorriones se aneguen en júbilo. El niño. -Pero dicen que la alegría llama pocas veces á nuestra puerta... El hombre. -En verdad que la alegría no se prodiga mucho. Ea vida del hombre es como esos climas septentrionales, en que un día de sol resulta un fenómeno excepcional. Son más las días nublados que los días luminosos en nuestro cielo de las emociones. Pero allá en los climas septentrionales suelen las gentes mantener un culto casi religioso por el Sol, padre d é l a alegría; sueñan con el Sol á cada momento, y cuando sienten sus rayos, todos salen al campo á regocijarse. Del mismo modo debemos hacer nosotros con la alegría; ella será nuestro ideal, nuestra hada blanca y nuestro sueño amado; pensaremos en ella á cada momento, y, al reclinar nuestra frente por la noche, soñaremos que mañana, al amanecer, vendrá á besarnos la santa alegría. El tiiño. -Y si ella viene... El hombre. -Si la alegría llega, le ofreceremos nuestro corazón purificado y nuestra limpia conciencia, y le diremos: Bien venido seáis, hermoso huésped. Y lo mejor de nuestro aposento interior será para el huésped que ha llegado, y no le dejaremos partir. El niño. ¿Y si se marcha... El hombre. -Q. x nñ. o el huésped hermoso se haya marchado, nosotros le reservaremos los mejores aposento. de nuestra morada interior, y pensaremos en él á todas horas, y nos haremos dignos de que nos vuelva á visitar. zMZ ¿Pero si no vuelve más... El hombre. -Volverá alguna vez; créeme que volverá á entrar en nue- stra morada. Aun en la casa del más pobre entra la felicidad una vez al día. JOSÉ M. a SALAVERRIA. DIBUJO B ftEGfDOIt