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era tal como sus sueños la íorjabaa, y que, hijo único pues la lucha empeñada entre su desmedido amor y de padres muy ricos, no tuvo durante su adolescei -su invencible cobardía, le hizo enflaquecer hasta el cia ninguna conti- ariedad que dominar y ningún de- extremo de que era el vivo trasunto de un espectro. seo que no viese satisfecho. De condición obedietite En esta situación las cosas, y de pura lá, stima que y dócil, escasa iniciativa y clara inteligencia, no fué me inspiraba el infeliz, intervine para convencerle de preciso que sus padres le impusieran estudios, á los que á Inés no le era indiferente, y de que por no preque no era rebelde, ni domar un carácter de que care- sejitar su candidatura estaba desperdiciando los mejocía. Era un ser pasivo, dulce y callado, sin otra acti- res niomentos de su vida, pues los puros goces de una pasión compartida no son nunca más vivos ni producen vidad que la intelectual, y esa, interna y para sí. Su timidez era extremada; costábale trabajo expresar más dicha que en los años juveniles. us opiniones aun delante de las personas de su ma- ¿Y no se convenció? yor intimidad, y esto si á ello se le invitaba, que si- -Tanto y tanto insistí que concluyó por decidirse. lio, permanecía mudo y silencioso. Cuando pequeño, Le presenté á Inés, que era amiga mía, y su trato mes las caras desconocidas dábanle pavor; j a mayorcito, avivó el entusiasmo de Marcelo, y esto unido á que huía siempre que á su casa iban visitas; hombre casi, se ofreció una ocasión magnífica, fué causa del estaadivinábase el esfuerzo que le costaba cambiar las llido final, tanto más ruidoso cuanto más violenta frases más insignificantes con personas que no fuehabía sido la compresión de los amatorios impulsos. ran de su trato usual. ¿Qué de extraño tiene que- -Me alarma usted, Paquita. amando el amor con todas sus fuerzas no se atreviera- -Con motivo de celebrarse la fiesta del santo paá declarar su atrevido pensamiento á ninguna de las trono de uno de los lugares vecinos á aquel donde mujeres que se lo inspiraban? Así corrieron los años, estábamos veraneando, se convino en que asistiríamos y tan vehemente llegó á s e r su deseo de exteriorizar á la romería como los aldeanos, pasando todo el día ese amor que sentía, que pudo más la fuerza de exen el campo. Organizóse la expedición, de la que, pansión de éste que la timidez de Marcelo y, tras mucomo es lógico, formaban parte Inés 3- Marcelo, y cho luchar consigo mismo para vencer su condición, una vez recorrida la pradera, vista la ermita y conempezó á hacer la corte- -una corte discretísima y vetempladala esplendidez del paisaje- -prados inmensos lada- -á una linda muehachuela rubia, alta y distin- rodeados de bosques, desde los cuales se ve á lo lejos guida. el mar, -procedióse á la alegre ceremonia del almuerzo, todo bullicio y animación, durante el cual observé- ¿Clarita? -No, señor, no era Clarita. Los preliminaí es de qüie, sin duda para adquirir ánimos, Marcelo bebía ¡iQU ífií rteo, quiero decir, las primeras manifestaciones varias copas de Champagne. Luego cada cual marchó de que los encantos juveniles de Inés habían hecho por su lado: unos, á ver los bailes de los aldeanos; mella en su sensibilidad, duraron dos años pasados otros, á pasear por el bosque; otros, á sentarse en las en lánguidas miradas y hondos suspiros cuando ella peñas, desde donde se domina el mar. Mi primo, que no podía percibir unas ni otros. El atreverse á se- no se atrevió á ir con ellas, siguió de lejos á un grupo guirla en la calle y en paseo, á mirarla con los geme- de muchachas, entre las que iba Inés, y la vio sepalos en el teatro y á rondar su casa, le costó otros rarse de sus amigas y dirigirse sola hacia las peñas. Apretó el paso, al propio tiempo que comenzaba á doce meses. ¡Pues sabe usted, amiga mía, que la tal Inés era descargar una nube de esas que tan frecuentes son de pasta flora cuando no le mandó á paseo con viento en los, países del Norte, y por fin llegó cerca del camino por donde Inés marchaba. Iba contemplando, fresco! -Aparte de que es muy difícil mandar á, paseo á arrobado, sus graciosos movimientos, su esbeltez, los quien no se pone á tiro, á Inés la divertía, esa corte finos contornos de su cuerpo, moldeados por un sensilenciosa, esa muda adoración. Las mujeres son siem- cillo vestido blanco, y su hermosa cabellera de un pre sensibles al homenaje que supone un culto por rubio delicado; pero como arreciase la lluvia, vio que ese estilo, y aunque no estén dispuestas á amar, al entraba en una especie de gruta, cuyo refugio, por que de él las hace objeto, les halaga saber que hay serle conocido, iba sin duda buscando hasta que quien hizo de su corazón un altar y sobre él las ha pasara el chubasco. Entróse en pos de ella y la vio sentada sobre una peña en la penumbra que hacían colocado. -Por fortuna, también las hay que gustan de que las rocas. Púsose de rodillas ante ella, la cogió una mano entre las suyas, y á borbotones, con la incosalgamos de esa actitud contemplativa. -Eso depende de la edad. Tenga usted presente, herencia propia de la pasión por tanto tiempo repriamigo mío, que Inés tenía diez y ocho años nada más mida, sin atreverse á mirarla cara á cara por miedo cuando ocurrió lo que voy relatando. Entonces se de leer en sus ojos su repulsa, la confió el poema de puede tener un y ¿ri de esa especie sin creer que se su cariño, de sus temores y de sus esperanzas. La estáperdiendo un tiempo precioso. Los apresurainien- manita que al principio hacía esfuerzos por escaparse tos comienzan á entrar más tarde, pasados los veinti- de entre las suyas, fué, poco á peco, quedándose cinco años. QuedamOvS, pues, en que Marcelo estaba quieta, como complacida de sentirse aprisionada. En enamoradísimo de Inés sin atreverse nunca á decír- vista de esta muda prueba de aquiescencia, ebrio de selo, y en que ésta, percatada de la situación de mi pri- júbilo, levantó Marcelo los ojos, y ¡oh, asombro! no mo, le daba cordelejo con mira- ditas capciosas de las era Inés á quien se había declarado. que dan á entender que está una al tanto y que no ve- ¡Pobre Marcelo! -dije, soltando la carcajada. -inconveniente mayor en que á los suspiros de doble ¡Trabajo perdido! aliento sigan las misivas en que se precisan las inten- -No, felicidad ganada, pues era Clarita la que ciones. Para Marcelo, lo de menos era escribir: un recibió la declaración. rimero de cartas, endechas, odas, etc. había com- ¿De modo que Santaraz no deshizo el error? puesto en loor de la dama de sus pensamientos. Pero- ¿Y cómo hacerlo? Aparte de que Clara era mucho ¿cómo atreverse á hacerlas llegar á sus diminutas y más guapa que Inés... blanquísimas manos? ese era el problema. No había- -Sí, ya recuerdo que antes me dijo usted que que pensar en el correo, procedimiento, aunque cóMarcelo amaba el amor per se modo, peligroso y prosaico; lo indicado, ya lo sabía- -No me negará usted que lo accidental es, en este él, era ganar la complicidad de una doméstica, mas caso, muy agradable- -dijo Paquita señalando con la para ello necesitaba una labia, un aplomo y un des- mirada á la rubia consorte de Santaraz que, á la sazón, parpajo del que el galán carecía. pasaba por delante de nosotros. ¡Infortunado galán! -interrumpí yo riendo. -Apetitosísimo, mi querida amiga, apetitosísimo, -Más de lo que usted se figura- -repuso Paquita, -dicho sea sin agraviar lo presente EKRIQUE MAUVARS. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRITÍGA