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de cronista amigo de contar las cosas tales como son y en el lugar en que ocurrieron, que esta pregunta se la hacía yo á Paquita al ofrecerle el brazo para conducirla desde la mesa de ante la cual nos acabábamos de levantar, hasta el saloncito IvUis XVI, perla y plata, del palacio de nuestros anfitriones, los de Casa- Ansola, en donde estaba dispuesto el café. Una vez que hube provisto á mi pareja de su correspondiente y casi microscópica tacita ¡Señor! ¿por qué será elegante tomar el café en taza de ía cabida de un dedal? sentéme junto á ella, que saboreaba con verdadero deleite 3- medio cerrando los ojos- -aún vivos, brillantes y maliciosos- -el néctar oloroso. -Déme usted un poco de cliartreiise y de coñac, mitad y mitad- -dijo Paquita devolviéndome la taza el menor sacrificio posible? Pues muy sencillo: viviendo medio año en Madrid y el otro medio en el campo. Así, á Clarita no le cansa la vida de sociedad d é l a que durante seis meses se ve privada, mientras que Marcelo no se fastidia en el campo, que á todo pasto y de por vida es aburridísimo. -Comprendido; el sujetarse cada uno al gusto del otro les sirve de aperitivo para paladear luego con más delectación aquello que les agrada. No está mal arreglado. -Pues crea usted, amigo mío, que no todo el mundo tiene el talento suficiente para amoldarse á esas combinaciones. -Es cuestión ae dinero. Sin la fortuna de que dispone Santaraz no podrían hacerlo. vacía; -á mi edad se puede una permitir estos excesos. Compuse la mixtura pedida, y entre sorbo y sorbo comenzó á contestar á mi pregunta. -Cierto es que la disparidad entre los caracteres de Clarita y Marcelo no puede ser más patente, y no extraño que á usted, observador perspicaz, le haya saltado á la vista. Ella, viva, bulliciosa y alegre; él, huraño, nada sociable; se juntaban causas más que sobradas para que ambos hubieran sido desgraciados, si no fuera porque medió el cariño, y éste hizo que se buscasen componendas y acomodos por virtud de los cuales los dos cumpliesen sus gustos, arinque sólo fuera en parte y con intermitenciES. -Vamos, un modas livendi. -Eso es. A Clarita le gustan las reuniones, el teatro, los paseos y cuanto sea animación y movimiento; á Marcelo le encanta la quietud, la calma, la soledad. ¿Cómo satisfacer tan contrarias aficiones con -Está usted equivocado; es también cuestión de cariño y de altruismo; sobre todo, por parte de mi primo. ¡De egoísmo, querrá usted decir, Paquita! Abúrrete tú para que me divierta yo, esa es su norma. -De altruismo, no le quepa á u. sted duda. Si Marcelo fuera como son generalmente todos los hombres, Clarita se pasaría el año entero en el campo. El caso es que se han avenido uno y otro, y que no se ponen mala cara mutuamente cuando no están en su centro. Y es un verdadero milagro que se hayan compenetrado tanto y que exista entre ellos esa estimación y ese cariño, dadas las circunstancias en que se hizo su boda. -A ver, á ver. Cuente usted. -Pues, señor, habrá usted de saber cpie mi primo Marcelo era, cuando tenía diez y nueve años, un jovencito, romántico y soñador, que creía que la vida