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áfin de estimular y proteger las danzas de antaño, el señor abad y el señorito de ourelle largaban cada cual sus cinco pesetas al vencedor del repinico, porque el lauro se disputaba; la opinión pública lo discernía al mejor danzarín... Y gracias ala munificencia del señorito y del párroco, seguía bailándose aún el repimco; pero no por la gente moza, que lo había olvidado completamente y se entregaba con delicia al otro baile pecador. I. os que salían al corro, á trenzar puntos, invitando á la pareja, eran tres viejos caducos, Sebastián el Marro, el tío Achoca y el tío Matabo ís; y las danzarinas que, rendidas á su llamamiento, pero vergonzosas y recatadas, acababan por asomar al redondel moviendo el pie tímido, con los ojos bajos y las yemas de los dedos juntas, eran la tía Nabiza, la Manuela de Curras, y la señora María laFíandeira: entre las ties parejas contarían, de seguro, sus cuatrocientos y pico de años. Nadie, sin embargo, se reía burlonamente cuando las estantiguas rompían á bailar; una sensación de respeto convertía la mofa en aprobación. No era el respeto á las canas ni á las arrugas, sino la veneración involuntaria delpueblo átodo elque realiza perfectamente un ejercicio corporal, porque no se sabía cual de las parejas repinicaba con may or garbo, ligereza y donaire. En los primeros momentos dijéráse que los goznes mohosos de aquellos cuerpos se resistían y rechinaban; pero una vez calientes las junturas, daba gozo ver cómo brincaban, cómo señalaban los puntos y pasos, al son de las postizas meneadas ágilmente por los dedos que habíaüeformado el reuma. Un poco de juventud volvía, no se sabe gracias á qué mi lagro, alas piernas temblonas, á los brazos cansados de la labor, á las cabezas en que ya la piel se pegaba á los huesos secos... y el repinico, una vez todavía, era vitoreado y aplaudido por el concurso, pareciendo la gaita sonar más alegre y estridente para acompañar el baile tradicional, la danza de los mayores, de los que duermen en los cementerios herbosos, en la gran paz de lo eterno... Y del poético cementerio, en la falda del Montiño, con sus cuatro alciprestes y sus matorrales de zarzas al borde, cuyas moras maduras tentaban á los chicos, salió la voz que impuso descanso- -descanso sin fin- -á tres de los bailarines... El invierno se llevó al tío Achoca de- un frío malo á Manuela de Curras, de un pasmo por todo el cuerpo y á Matabois, de la paliza que le atizaron al volver de la feria los pillavanes para robarle los cuartos de la venta de una yunta que daba envidia... Quedaron descabaladas las parejas, dos mujeres ppra un hombre... Y el hombre, Sebastián el Marro, era la única esperanza del Abad y del señorito de Mourelle- -no despreciando, un señorito cabal- -cuando se planteó el problema de qiie se bailase el repinico, según los usos patriarcales, jn el atrio de la milagrosa Santa Comba, al pie del crucero dorado por el liquen. ¡El Marro! Que venga el Marro... ¿Dónde está? Descubrieron por fin al que había de salvar una vez más la tradición sagrada. Sentado en una piedra, en el escarpe de la raoiitañita, con su cabeza toda blanca y su tez toda amoratada, apenas si podía, con lengua estropajosa, responder á las interrogaciones y á las órdenes terminantes: -jEh... ¿Qué hace ahí, tío Sebastián? ¿En qué cavila? -Que es ahora el repinico... Venga, este año nadie le disputa los dos pesos. -Ande, menéese... ¿Seque está tonto? -Lo que está es borracho como una uva... -declaró escandalizado el Abad. -No... no señor... borracho, dispénseme- -articuló al fin el viejo. -Con perdón de las barbas honradas que me ascuchan, un hombre es un hombre, y un hombre tiene que echar un vaso... si ha de mover los pies. Ya no es uno mozo... Están duros los huesos y cuesta caro el arrincar. ¡Arriba! -incitó chancero el señorito ayudándole; y Sebastián se enderezó difícilmente. Sus pies titubeaban, sus rodillas temblaban, su cara tenía una expresión entre jocosa y humilde. ¡Al corro! Ea gaita ya espira sus notas de preludio; el tamboril, porfiado, marca el compás... Sebastián se despoja de la chaqueta, se adapta las postizas y se queda de pie, oscilante, próximo á caer, sostenido por un prodigio de equilibrio y voluntad obscura. Empieza á marcar los pasitos- -la invitación á la hembra, repicando las castañuelas también bruñidas de vejez, -y todas las miradas buscan á la Nabiza, habitual pareja del Marro. Allí está la mujeruca, pero se apoya en una muleta; el invierno, que acabó con otras, á ella la ha dejado medio tullida... Todos la acosan; uno la arrebata su muleta, empujándola suavemente al espacio del corro, donde entra risueña y azorada, enseñando su boca que ningún diente guarnece ya, y moviendo sus dedos retorcidos, tofosos, y sus pies torpes, metidos en zapatones gruesos... Ya está la pareja en baile. Sebastián, desenfurruñado, hace primores. Sus pies dibujan- en el polvo, y un rumor de admiración saluda sus vueltas y mudanzas. A veces vacila: es la humareda del vino que sube á su cerebro y le embarga. Se rehace en seguida; enderézase y, vuelve á bordar y tejer los pasos, clásicamente graduados. Galantemente se quita el sombrero, saluda á la concurrencia, lo arroja y se queda con el cráneo al sol, al vivo sol de Agosto. Aquel sol de brasa dijérase que le calienta y anima: baila aprisa, con un frenesí mecánico, con saltos que no son naturales, sino que semejan los de un muñeco de resorte... Y- -á un salto más rápido- -se tiende cuan largo es sóbrela hierba agostada del atrio, sin proferir un grito. Ee levantan, le socorren, pero no vuelve eu sí. La congestión fué de las buenas... Y así se acabó la danza tipadicional del repinico, en el Montiño, donde, una vez al año, sonríe Sauta Comba, en sus andas pintadas de azul, á los que suben al santuario por festejarla. LA CONDESA D E PARDO BAZAN. DlfUJOS DE MHNDPZ B INGA