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santiiHrio del Montiño, concurría también, para convenir en que tenía cacheh aquel diantre de danza céitica, al son agreste de una gaita, bajo los pinos verdiazules, única vegetiuion que sombreaba el atrio tifio, no les iba en zaga el señor Abad. En su opínión, el castizo baile representaba las buenas usanzas de otro tiempo, los honestos solaces de nuestros pasados... ¡Mala peste en ese impúdico agarrado que T V. 1 sISl -irtHi Sur solitario, olvidaco el año entero en la majestad silenciosa de la montaña abrupta... Si apasiocados del repinico eran los señoritos y las eñoras que jse divertían una tarde en subir al Monseñoras que ha venido á substituir á las viejas danzas sin contacto, sin ocasión próxima! Crea iisted que esas cosas las sabemos nosotros por la í- onfesión... El agarrado, en el campo, es la disolución de las costumbres. Y,