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I 4 lí 4 l I í J L S T O R B: I JL p N toda la colina no había más que la noria y el corral de ovejas. En la noria rodaban unos canjilones ae alfarería al abrigo de un roñoso y pardo tejado, 5 cercaba el lendel un muro, que abría una reja al Oriente. El corral, de tapias bajas, tenía en un extremo un cobertizo y encima una celda con una, ventana, entre cuyos hierros soleábanse unos espartos. Cuidaba de la noria una rapaza que se llamaba Isabel. A la hora del alba salía Isabel de su rincón del pueblo, arrellanada en las ancas de un macho poderoso, y precedida de un perro muy peludo, rabón además. En llegando a l a colina, Isabel resbalábase del serón, y sacando de la haldeta una llave hacía rodar la puerta de la noria; en un mismo respiro, como quien dice, ponía al macho una collera y enganchaba la collera al tronco de los canjilones, y en seguida principiaban el chapoteo de los jarros en el pozo y el gorgoritar del azarbe quc se llevaba el agua á las huertas, dormidas aún... Al tiempo despertábanse el pastor y su zagalillo, y revueltos con el ganado abandonaban el corral. No eran de la tierra los borregueros; eran unos emigrados de otras tierras, y se vestían y hablaban de una manera bien estrafalaria; tal vez por eso nunca se detenían con Isabel; pasaban con sólo el saludo, y si alguna oveja ae descarriaba para asomarse á la noria, el perrico rabón y dos enormes mastinea volvíanla al correr del rebaño. Cuando al obscurecer el día tornaban á encontrarse los borregueros con Isabel, tampoco añadían nada al inevitable y ceremonioso: Con la paz del Señor San Dios Sin embargo, desde por la mañana hasta por la noche no pensaba el pastor cosa que no correspondiera á la zagala de la noria, y la zagala lo i- smo, sien. T re estaba en imaginaciones que íocab a n m u y ue cerca al pastor, ai borreguero grande... A fuerza de vivir tan apartados del mundo, el pastor encerrara la humanidad en Isabel é Isabel en el pastor, y así se comienza el camino de los amores... Mas vencían lunas á nuevas lunas y no se adelantaba un palmo. Acaeció al fin que se requebraban, con unos cantares. Entonaba al improviso Isabel: A la sierra me he de ir por un mocito serrano, que los mocitos de aquí mucha espiga y poco grano... Se hallaba el mocito serrano en la ladera y respondía en un temblor con una copla de sus montañas: En el campo de Matías mataron á un veterano, mataron á un veterano en el campo de Matías... No lo mató la justicia ni tampoco los civiles, que lo ha matado una niña de catorce á quince Abriles... Aunque con demasiadas rebabas, el cantar de él se unía á los de ella, y ella, conforme cantaba, ofirecía la lumbre de sus ojos, ofrecía su blanda y redonda hermosura, ofrecía su corazón... En u n trovo nombró al pastor con su nombre, y después que acabó el último verso, se quedó llena de vergüenza y ansiosa de oir