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groso adonde quiera que vaya, y en obsequio a la paz pública t e r g o el honor de participar á usted que le voy á dejar cesante. -Todos mis colaboraaores, y usted mejor que ninguno de ellos- -dijo con gravedad el conspicuo, -saben que nunca gusto de inclinarme á adoptar extreluas medidas; pero entiendo que no cumph ría mi estricto deber si inclinase el ánimo de usted hacia una inmerecida benevolencia. -Pues no hay más que hablar, D. Manuel. Y si no me manda usted otra cosa, le dejo tranquilo. -Hasta luego- -dijo éste acompañándole hasta la puerta de la habitación, y cuando ya iba á salir: ¡Ah! no deje usted de enviarme la orden de cesantía. -Cuente usted con ella. A los pocos minutos llega D. Gustavo al ministerio de la Gobernación y, apenas sentado su la poltrona, oprime el timbre que ¡lama á su secretario particular, que entra apresuradamente. -Mira, Pepito, haz que extiendan á escape la cesantía del secretario del Gobierno de Fontanales, tráemela á la firma, y al mismo tiempo el traslado de la orden para el interesado, pues tengo que enviárselo al presidente. ¡Cómo! ¿Va usted á dejar cesante á Martínez Gómez? ¿Qué ha hecho? ¡Ahí es nada! Se trata de un funcionario peligroso que se ha concitado el odio de sus gobernados por su conducta sin freno, y que puede ser causa de un conflicto de orden público. Esto, al menos, es lo que me acaba de decir el jefe. A mí no me ha parecido nunca que Martínez Gómez fuera tal como éste lo ha pintado (ni tampoco me acordaba de que él fuera el objeto de las presidenciales ira. s) pero ¡qué le vamos á hacer! -Claro que la cosa no tiene remedio. Sin embargo, ¡es tan rara esa inquina! -Vislumbro en todo ello la mano de doña Teresita; debe tratarse de alguna venganza mujeril. -No creo- -dijo Pepito- -que la presidenta conozca á Martínez Gómez. -Pues será que alguna amiga de la jefa la ha pedido la ejecución de ese pobre diablo, ¡y como quien manda en Eíspaña es ella! Salió Pepito más que á paso; llamó á su despacho al jefe del personal y le transmitió las órdenes del ministro; este. funcionario. fuese corriendo á extender la cesantía que, al cabo de media hora, D. Pepito ponía cabe la pluma de su jefe, el cual, al estampar los garabatos ininteligibles representativos de su nombre y apellido, dijo: -Requieicat in pace el pobre Martínez Gómez. -Amén- -le contestó el secretario particular. -Ahora esto á escape á la presidencia- -agregó don Gustavo, poniendo dos letras á su superior jerárquico. Y una pareja de la Guardia civil llevó al trote largo de sus bridones, al palacio oficial del jefe del Gobierno, la cesantía de D. Benito Martínez Gómez. Era, el tal como de cuarenta años, bajito, rechoncho y muy colorado. Inteligente y trabajador, se había abierto camino desde muy joven, y una vez terminada la carrera de Derecho, su carácter servicial le valió la amistad de uu político, el cual dióle una credencial de I2.00 Q reales en el ministerio radicante en la Puerta del Sol. Allí fué poco á poco ascendiendo, y deslizábaae su vida tranquila y monótona cuando amor le hizo objeto de sus predilecciones, inspirándole una pasión de esas que entran á quémalo todo por entre un carácter apacible y sosegado, y para las que no hay más triaca que la que se procura en la vicaría Ea flamante señora de Martínez Gómez no tenía más que un defecto, pero tan por entero la dominaba, que no existía resquicio en que cupiesen los demás de que estamos afligidos los humanos. Era vanidosa, y su afán de figurar degeneraba en verdadera locura. Con objeto de poder vivir más cómodamente, pidió y obtuvo Martínez Gómez la secretaría del Gobierno civil de Fontanales, y allí se fué coa su esposa. ¡Nunca lo hubiera, hecho! A las pocas semanas ésta se había indispuesto con todo bicho viviente. Eas señoras de la capital eran, según ella, intratables y soeces; la mujer del gobernador militar debía haber sido cantinera en sus lejanas mocedades, tal era su ordinariezlas niñas del presidente de la Audiencia, unas cursis abatidas; en la familia del delegado de Hacienda se trinchaban los huevos fritos con cuchillo... ¡Ya ve usted, señora! ¿qué se puede esperar de la intelectualidad de una gente así? -decíale á la goíbernadora, única persona que creía digna de su trato. Eo más grave de todo era que su incontinencia de lenguaje hacía que todos los por ella criticados se enterasen de sus burlas, con lo que la llegaron á declarar una verdadera cruzada. Todo fué pasadero, hasta que un día u n marido ofendido entrecogió á Martínez Gómez en pleno Casino y le puso como no digan dueñas, con motivo de unas habladurías cometidas iiQt SVL mujer, que pasaban de la marca por tocar á la honra. Eos circunstantes hicieron coro, y el pobre secretario tuvo que salir de allí abochornado y corrido. Elegó á su casa, y hubo la explicación borrascosa que era de suponer; en lugar de poner sordina á. sus contestaciones, ya que no tenía razón, englobó ella á su esposo entre los mal educados, palurdos y zotes que moraban en Fontanales; él gritó para tratar de imponerse á fueiza de pulmón; ella puso el chillido en las nubes, á fin de que no se dijera que su marido la había dominado, y ya, ciego por la ira y apelando á ello como argumento extremo, la pegó un pescozón. No hubo medio de convencerla; así que le pasó el soponcio que el cachete la produjo, metió en uu baúl sus ropas, hizo que un mozo de cuerda lo llevase á la estación, y, sin escuchar ruegos, ni atender reflexiones, ni admitir excusas, ni, mucho menos, conceder un perdón que de rodillas le fué pedido, embarcóse en el rápido que pasaba á la madrugada y se vino á Madrid. Inútil es decir que la indignación de que estaba poseída se comunicó á sus padres, los cuales clamando venganza por el agravio recibido en el delicado rostro de su pimpollo, juraron obtenerla tan cumplida que no hubiera más que pedir. Revolviendo amistades, buscando recomendaciones y molestando á todo el mundo, lograron que patrocinara su causa doña Teresita, cara mitad del eximio D. Manuel, la cual era algo parienta de una condiscípula que tuvo la cuñada de una íntima amiga de la suegra de Martínez Gómez. Y he aquí explicado cómo un cachete convirtió al pobre secretario en un ser temible y comprometedor de la tranquilidad y del sosiego de la riente ciudad de Fontanales. G. ANTHONY. DIBUJOS DE MHNDEZ DiíINGA.