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PS 1 QU 1 S A YBE, cuando revolvía uno de los estantes de mi modesta biblioteca, hallé el pequeño Manual de Psicolo gía que me sirvió en los años juveniles para el estudio de esa asignatura. Estaba oculto y como avergonzado entre un tomo de Bucólicos griegos y la Historia de Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno; y su hallazgo me produjo una impresión extraña, que después me hizo meditar largo rato, dejándome, al fin, sumido en una profunda melancolía... Nada tan arbitrario, tan caprichoso ni tan absurdo como la biblioteca de un hombre aficionado á la lectura, curioso del saber, diletante de la cultura humana. En las bibliotecas públicas todo está en orden, catalogado y dispuesto para facilitar su entrega. Eas de los sabios y trabajadores tienen también sus apartados correspondientes, que vienen á ser algo así como unas islas por ellos descubiertas y acaso conquistadas, en las cuales gozan esas venturas inefables que jamás comprenderá quien no las haya disfrutado... Pero en nuestras bibliotecas todo es desorden, capricho, arbifrariedad... En sus plúteos se confunden los graves y los livianos libros, los doctos tratados y las novelas insubstanciales, la poesía y la historia, la ciencia y la ignorancia... Y allí también andan revueltos los elegantes tomos y. los misérrimos folletos, los grandes y los pequeños volúmenes... ¿No es, después de todo, agradable y pintoresco este revoltillo, tan parecido al espectáculo del mundo, donde todos andamos igualmente revueltos y, confundidos? No sin cierta emoción tomé el manualete entre mis manos, y le contemplé un momento, rememorando aquellos días venturosos... ¡Tan venturosos, que hasta pudieron resistirlos agravios de la ciencia oficial, que aspiraba á secar las fuentes de la alegría! Y al abrirlo maquinalmente, deseoso de encontrarme otra vez, y al cabo de los años, con aquellos enigmas espantables que me quitaron el sueño, hallé entre sus hojas una mariposilla disecada. El fino polvillo de sus alas gráciles había dorado algunos párrafos. Su cuerpo dejó una huella que durará lo que dure el libro que la sirvió de panteón y que se moldeó débilmente para recibirla. ¿Qué siniestro capricho la condenó á tan espantosa muerte? ¿Por qué quiso el Destino qvie en ella se cumpliera la crueldad que los hombres suelen reservar para sus semejantes? ¡Pobre mariposilla... Cuando libre y feliz revoloteaba por el espacio, en plena posesión de sus goces efímeros, vióse sujeta, aprisionada y condenada á muerte. No pudo disfrutar del breve plazo de su vida. De su único dia, le fueron arrebatadas algu ñas horas.