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Tral vez por la poca afición á viajar que tuvieron en general nuestros antecesores; tal vez por la incomodidad de los medios de transporte y la escasez de las vías de comunicación; tal vez por el miedo y la inquietud que el bandolerismo y las partidas volantes de las guerras civiles causaban en los ánimos de las gentes, lo cierto es que la vida de castillo, tal y como se realiza en el extranjero, en Francia é Inglaterra sobre todo, no ha empezado en E s p a ñ a hasta hace poco tiempo. Esto ha sido lamentable, y muc h o s espléndidos casti- llds que se han arruinado y desaparecido entre la indiferencia de las gentes, estarían de pie si los herederos de sus fundadores hubieran vivido en ellos, sosteniéndolos, siguiendo Ja tradición de sus mayores, unidos al pueblo de su cuna. por er v íneuío poderoso del hogar. Hoy eti día que la gente se mueve con mayor fa- cilidad, qué exiáten carreteras ca. si posiSks y que raramente se oye hablar de partidas y de bandoleros, los grandes propietarios hanse habituado á residir largas témporadas en sus fincas, y sobre todo, en las qué están cercanas á la corte se han levantado de nuei a planta algunos y reedificado otros castillos merecedores de tal nombré y que no harían mal papel entre los que reproducen las revistas extranjeras. En la provincia de To- ledo existen varios de és- tos: el de Ventosilla, propiedad de los duques de Santoña; el de Guadamur, de los condes del Asalto; el de San Bernard o de los d u q u e s de Unión de Cuba; el del duque de los Castillejos; construido por su ilustre padre el general Prim; el de Higares, de los duques de Veragua; la Sisla, de los condes de Clavijo, y muchos más, entre los que descuella el del Sotillo, propiedad del conde de Casal, de la ilvtstre fa-