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te, articulaba un sí apagado, un si blanco también... El irritante enigma que preocupaba á Calixto le obligó á pensar incesantemente en ia esposa de su tío, á tenerla presente día y noche. Resolvió vigilarla, mirar por la honra de D. Juan, y no consentir que nadie le burlase impunemente. Semejante propósito, noble y firme, era la justificación de su permanencia en la casa. Ojo y oído: que Tolina anduviese con pies de plomo, ó si no... Tolina, sin género de duda, desplegaba la hipocresía más maquiavélica; nada cabía reprender en su conducta. Concurría á algunas diversiones sin mostrar afán por ellas; se adornaba y componía sin exceso; igual y alegre de carácter, con su marido era realmente la niña más hija que esposa; le cuidaba, le complacía zalameramente, le respetaba en público, le mimaba de puertas adentro, y- -Calixto hubo de confesárselo á sí propio- -D. Juan disfrutaba de una felicidad verdadera. Chocho con la dulce y sabrosa mujercita, repetía incesantemente, disolviendo en babas las frases: ¿Ves, Calixto, qué mona es? Búscate una así. No debe nadie morirse, sin primero disfrutar estos goces. Calixto, ceñudo, se tragaba sus cavilaciones y sospechas malignas. ¡Vamos, no podía ser! Tarde ó temprano, Toiina enseñaría la oreja. Si ahora se portaba bien, sería por algo... ¡Bah... Y continuaba observándola con malévola atención. Tolina, afectuosa, algo quejosa, con queja muda, procuraba ni chocar ni insinuarse demasiado con el sobrino, á quien llamaba hijo don Juan, y el sobrino, á quien era indiferente Tolina como mujer, no cesaba de preocuparse de su psicología com o esposa. ¿Por qué se conducía bien la muy astuta? ¿Por qué guardaba tan estricta y dignamente el decoro de su marido? ¿Por qué no daba motivo alguno, ni aun de sospecha? Y en vez de felicitarse- ¡somos tan poco lógicos! -Calixto se reconcomía. Es humano: todo el que augura mal, sufre mortificación cuando no acierta. La causa del buen comportamiento de Tolina... Súbito resplandor alumbró á Calixto para adivinarla. ¡Si estaba, más claro! ¡No haberlo comprendido! Lo que la joven buscaba y aseguraba con tal arte era la fortuna del viejo, su cuantiosa herencia... Un cálculo ambicioso resguardaba su virtud y la ventura del confiado cónyuge. Antoliníta Cortés pertenecía á la falange de las calculadoras, la sabia falange que espera y prepara la lámpara de la noche siguiente... Al descubrir esta clave, Calixto se dio por doblemente satisfecljo. Su pesimismo se contentaba con reconocer en Tolina instintos de mezquindad y avidez; su generosidad le movía á alegrarse de renun ciar á una sucesión que nunca había codiciado. Y, adelantándose á lo que pudiese sobrevenir, un día en que la conversación cayó oportunamente, dijo á D Juan: T í o nadie está seguro de vivir mañana... Yo he testado desde que soy mayor de edad. ¿Por qué no toma usted disposiciones, y deja á la tía Antolina sus bienes? Lo merece, y es justo. -Lo merece, y es justo- -repitió el anciano remedando al sobrino, -y yo le dejaría los reinos de España... pero has de saber que no quiere, que no se le antoja, y que, al hablarle yo de eso, fué tal su enfado y el daño que la hizo, que hasta se puso enferma. Es el único disgusto que tuvimos. Me ha exigido que mi heredero seas tú... ¿Qué significa ese asombro? ¿Habías supuesto que Tolina me aceptó, por interés? ¿Ella? ¿Ella? Y el anciano irradiaba placer por su cara simpática, rojiza entre la gris aureola de la barba y los cabellos. -Bueno, pero no, consentiré, -tal disparate, y- talinjusticia- -declaró Calixto. -Lo. qáe usted me legue, para ella será. -No la persuadirás. No quieren ¡Es más buena que los ángeles! Desde esta conversación, cambió Calixto de modo de ser. Huía de Tolina, en vez de vigilarla. La sospecha de ahora era más punzante, más honda, iiiás perturbadora que la antigua. Una tristeza, una inquietud sin límites invadieron el espísitu de Calixto. Perdió el apetito y el sueño. Una tarde, habiendo echado de menos su cartera, donde guardaba un fajo de billetes, bajó al jardín del hotel á hora impensada, casi anochecido, por si la encontraba allí, y registró, agachándose, los macizos de plantas, hasta un grupo de arbustos que ocultaban un banco de piedra. Se detuvo. Una mujer, sentada en el banco, besaba: un objeto rojo. ¿Qué haces- aquí? -murmuró él sobrecogido, sin darse cuenta de lo que decía. ¿Y t ú? -respondió ella serenamente. -Yo... Yo... Buscaba mi cartera... -Aquí la tienes; la encontré momentos hace. Y Tolina le tendió sonriente la cartera de cuero de Rusia. Calixto no- la tomó. Notaba que palideeía, y la voz se le atascaba en la garganta. ¿Qué te sucede? -La dama, aproximándose, acercaba la cartera á las maños inertes que no la recogían. -Vamos- -añadió melancólicamente y con malicia, -coge tu dinero... Ya sabes que yo no me l o h e de guardar... La contestación de Calixto fué- -sin levantarse del suelo- -echar los brazos á aquel cuerpo que temblaba de pasión y de triunfo... Tolina, inclinándose, balbuceaba: ¡Al fin! Trabajo ha costado... ¡Ciego, ciego! Un paso plomizo hizo crujir la arena... Calixto se incorporó... D. J u a n se acercaba. -Buscábamos esta cartera- -explicó Tolina, radiaiite, blandiéndola en alto. -Figúrate que Calixto la tocaba con las manos, y no la veía. ¡Y cuidado si saltaba á la vista! Pero siempre sucede así: las Cosas más evidentes son las que nos empeñamos en no ver... Toma, sobrino- -prosiguió, deslizando ella misma, con graciosa familiaridad, el objeto en el bolsillo del joven. -Y no la vuelvas á perder, que vale un pico... A la mañana siguiente, Calixto se marchó, dejando á sus tíos una carta de despedida, breve, aunque cariñosa. Necesitaba viajar largo tiempo, completar sus conocimientos, recorrer el mundo. Tolina, al enterarse de la carta que D. J u a n leyó furioso- ¡diablo de chico! ¡qué salida de pie de banco es ésta! -no pronunció palabra. Poco después s e alteró gravemente su salud, y don J u a n la pasea por balnearios y antesalas de celebridades médicas, sin que se sepa todavía á punto fijo qué mal padece. Los nervios, de fijo... LA CONDESA DE PARDO BAZAN. DIBUJOS Dfi MÉNDEZ BRINOA