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fi; TJPOS DE FONTESECA EL ARQUEÓLOGO p j N esta varia, complicada especie de la flora humana, donde cada hombre es planta de su suelo y vive de su ambiente y se hace de su sol, el viejo excavador del tiempo es como tallo de yedra arraigado en los muros con que las muertas ciudades contienen aún las invasiones nuevas. El es el que los une y ampara con la fértil trepadora de los años; él, quien los hace venerar entre la verde hojarasca de sus glorias; él, quien los cimbre de oros de leyenda, fraguados en la redoma de encanto con que busca, al modo de los antiguos alquimistas, la piedra filosofal inmortalizadora de los pueblos. Allá en la heroica fontesecaná villa ha como en todas las de su linaje y valimiento, un anciano señor, cuya vida, un poco extraña, sacrificó todos los pasa- jeros amores al culto de esta sabia y precisa ciencia, adivinadora del pasado, por cuya virtud lleva inquirido d e un modo cierto que á Fonteseca tocan muchos de los dudosos merecimientos que do antaño se disputaban otros lugares, aunque tengo para mí que á cualquiera de ellos se los consiguiera si en cualquier otro hubiese nacido... Es un viejo señor que admira y compadece, porque sus ojos se cegaron de mirar largo, largo, el camino interminable de los días; porque sus piernas se rindieron en la empeñada ascensión de todos los montes; acaso porque un tanto se debilitó sii cerebro, mareado en las alturas de todas las edades. Es del propio espíritu valeroso de aquel Alonso, hidalgo que soñó con revivir sus bellos libros de mentiras; él, leyendo libros de verdad y de historia, tuvo el mismo esforzado empeño en recabarlas para la amada Fonteseca de sus quereres y pensamientos, y por la humilde portalada de la villa salió al mundo, dispuesto á hacerlo confesar y anteponer así á todos los famosos caballeros de la vaga arqueología, El anciano señor está solo. Nunca sintió el afán deleznable de la juventud, que dura apenas lo que una línea de sus narraciones, ni tuvo un gran estímulo para él, que sabe cómo los grandes árboles de la familia se desgajan, plantar el suyo en el huerto cinerario de su biblioteca, donde los lomos amarillentos de las historias tienen rótulos de epitafio, como lapidarios de nicho. El buen sabio, distraído, absorto en escudriñar las vidas que fueron, se olvidó de vivir éi, y su nombre, impreso en el canto de diez curiosos opúsculos, es un epitafio más... Pero no creáis que lo sienta; no penséis que algún día se haga cargo de su esterilidad. líl estará siempre bien convencido de que diez hijos, por muy grandes hombres que hubiesen de ser, no valdrían lo que una de sus diez obras que se reduzca á probar cuál fué á punto fijo la cuna de un solo hombre grande... El arte mismo, la religión, la belleza, no tienen para él más que un interés sentimental: la ranciedad de origen. Entre esos altos conceptos, que forman como una aristocracia de las cosas, el noble señor tiene por más respetables los más antiguos. Y, al fin, justo es que él haga con las cosas lo que es usanza hace! con las personas. En su museo hay cientos de piedras, huesos y fragmentos, que, á los llamados poetas, músicos, artistas, no darían la menor sensación. ¡Ah! para el sabio coleccionador aquello es lo hermoso; la estética impresión está allí con toda la voluptuosidad de su deleite; un pedazo de estatua, la inscripción rota de un verso jeroglífico, valen más que la escultura y el poema enteros. ¿Y por qué no ha de ser verdad... ¡Es tan ambiguo este sentimiento de lo bonito Un abogado se lo llama á un crimen; un cirujano, á un caso de tumefacción... Cuentan en Fonteseca que la celebridad de su cronista es universal, por más que en España, como á todo lo nuestro, no se le conozca fuera de los términos aledaños, y aun hablan de remotos eruditos que lo citan en apoyo de otras peregrinas disquisiciones. Bien podrá ser. Allá en Suecia, si alguien dio en la rareza de mentarlo, el apellido vulgarmente español del arqueólogo provinciano sonará con. todo el prestigio. de lo apartado y exótico. ¿Acaso nosotros no nos asombramos con muchos célebres ignorados de Suecia... Siempre, en la mundial perspectiva, aparece más grande lo que está más lejos. Y el ilustre foutesecano es dichoso con su obscura nombradía, y tiene, al concluir, la ilusión de su pobre orgullo, que no han de turbar ya esos recuerdos pasionales con que los demás reconstruiremos nuestra arqueología cuando las edades de juventud aparezcan llenas de las propias ruinas... JAVIER V A L C A R C E Dinuj; DE ESPl