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B ¡n Abril de 1810 se celebró en Saint- Cloud el matrimonio religioso de Napoleón con María Luisa de Austria. El pintor David copió esta ceremonia en una tela célebre que se conserva en el Louvre. ¡Oh ironía de las cosaá! En este mismo sitio en que Napoleón derribó arteramente la República; en este mismo sitio en que se hizo consagrar por el papa Pío VII, se vio obligado pocos años después á firmar la capitulación de París... Ya no circulaban por los jardines ni las galerías del palacio elegantes damas (entre las qne figuraba, eclipsándolas á todas, la escultural española madama Fallieri, nee Cabarrús) ni los oficiales con sus vistosos y variados uniformes de ópera bufa. Los jardines se habían transformado en campamentos, y los caballos bebían en las fuentes del parque. Un soldado alemán se acostó vestido y con espuelas en el lecho del Emperador. Una jauría ladradora devastaba el doudoir de la Emperatriz; el invasor tiraba al suelo sin el menor respeto los libros de la biblioteca... Napoleón III, que. como todo el mundo sabe, casó con la hermosa granadina Eugenia Montyo, eligió a Saint- Gloud por su principal residencia de verano. Diríase que estaba escrito que Saint- Cloud no se había hecho para los Bonaparte. Los alemanes bombardearon en 1870, desde el Mont- Valerien, la ciudad y el castillo, reduciéndoles á polvo ó poco menos. II Tal es la historia, sintéticamente contada, de Saint- Cloud. Hoy es un paraje del dominio público. Su parque, su magnífico parque, es un retiro apacible y voluptuoso en que sólo se oye el murmullo del agua y el roce del viento con las hojas. Del castillo no queda el menor rastro. El sitio que ocupaba le ocupan hoy canteros de begonias, dalias, rosas, margaritas y geranios. Por las verdes alamedas (verdaderas naves de catedrales rústicas) discurren burgueses de todas las jerarquías; los niños juegan al diabolo ó al cache- cache; las viejas tejen gruesas medias de lana; alguno que otro viejo dormita en un banco, y los enamorados repiten, extraviándose por tenebrosos senderos, las eternas vulgaridades que no envejecen nunca. Desde la terraza se oye el estrépito de la Foire, que en estos días de Septiembre mvade la parte ba a del parque, á orillas del Sena. Es la feria más divertida y populosa de las ferias de Francia. Dura un mes. Desde la misma planicie se domina todo París; en el fondo, el Sena; á la izquierda, el puente de Samt- Cloud; más allá, el Bosque de Bolonia; más lejos, perdido entre la bruma, el Arco de Triunfo; en el último plano se levanta la basílica de Montmartre; por encima de abigarrado caserío, el palacio del Trocadero; más á la derecha, la torre Eiffel, semejante á una araña puntiaguda, las cúpulas del palacio del Campo de Marte, la bóveda dorada de los Inválidos, las torres de San Sulpicio, el Panteón... Al caer la tarde este panorama se envuelve en el humo de las fábricas y en las luces de ópalo y naranja del sol agonizante, sugiriendo al espíritu soñador y artista imágenes de una melancolía suave y mimosa. FUAY C A N D I L m. PARTE INFERIOR DE LA CASCADA DE SAINT- CLOUD