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posar nuestros labios donde otros labios, acaso de, enfermos, pudieron ponerse. Vacío el cuartillo hasta la última gota, dáselo á la mujer, y dice: ¡Qué rica está... Llénelo usted otra vez... La vendedora escancia del cántaro, y Narciso empina el codo y sorbe como un silo, mientras sus ojos se clavan extáticos en el espacio. ¡Esta sí que es buena leche, y no la basura que venden aquí! -exclama entregando á la mujer la medida vacía. Y luego añade: ¡Écheme usted otro cuartillo... La lechera, esponjada por el elogio y por la ganancia, no sabe ya cómo tratar á tan buen parroquiano. Ensaya una sonrisa amable, y su disforme boca se rasga en una mueca caricaturesca; pero Narciso, sin reparar en estas menudencias, bebe y bebe con tanto gusto como el antiguo romano bebía el rico faleruo en los incomparables vasos murrinos. Agotado por tercera vez el cuartillo, Narciso se lo da á la mujer, chasca la lengua de gusto, limpiase los labios con el dorso de la mano, y quitándose la boina, señala á su testa, calva como una bola de billar, y dice con cierto acento misterioso: ¿Ve usted si tengo pelada la cabeza... La lechera hace un signo afirmativo. ¡Pues tan pelados tengo los bolsillos! -termina Narciso. Y sin más ni más echa á andar calle arriba, no corriendo, sino con paso lento, reposado y mayestático. La pobre mujer que tal oye, quédase como si im- dido, y cuando su dedo índice señala al malvado Narciso, que está ya para trasponer la esquina, u n a salva de risas inunda la calle, y óyense veinte voces que dicen: ¡No le haga usted caso... Es Narciso... el tonto... Pero una buena vieja, sin dejar de hacer calceta con sus dedos ahusados, se acerca á la vendedora, y comprendiendo que ésta no ha de resignarse á perder el valor de la leche consumida, le dice: -Vaya usted á la parroquia y pregunte por el señor cura, que es hermano de Narciso. En refiriéndole usted lo que le ha pasado, ya le pagará la leche... Con esta noticia se da por contenta la vendedora, y cogiendo al asnillo del ronzal se encamina hacia la iglesia, cuya torre se ve brotar cercana de entre los tejados y erguirse nimbada de luz y arrullada por el chillar estridente de los cernícalos... Eu tanto que la historia de los tres cuartillos de leche se va extendiendo por el pueblo entre bulla y algazara, y mientras que el buen cura se ocupa en pagar á la lechera, Narciso está en una era sentad sobre un pedrusco, de espaldas al sol. A su alrededor el campo está soberbiamente hermoso. En lo alto de una colina pace un rebaño, y las esquilas hieren el aire con su eglógico tintineo. Por un trozo de tierra llana va y viene un labriego tras la yunta, inclinándose sobre el arado, y en pos de él revolotean las cogujadas y las alondras buscando las lombrices que se crispan sobre los húmedos terrones. A lo lejos un extenso olivar pone una mancha gris en la llanura. r í ii í í- i- tr 1 i 4 A 0 h. y Í 3 Í- i provisamente hubiera caído desde el cielo á este valle de lágrimas; pero pasado su estupor, allí es el estirar los brazos, el fulgurar los ojos, el abrir la atroz bocaza y el echar por ella sapos y culebras. ¡Qué voces da tan estentóreas! ¡Qué maldiciones dispara tan espantables! ¡Qué insultos vomita tan groseros... Al estrépito que arma, la calle se puebla de gente. ¿Qué le pasa? -preguntan á la lechera de todas partes á la vez. La mujer, entre llorosa é irritada, refiere lo sucey en el último confía del horizonte álzase tanto una sierra que parece clavar faus picachos en el seno del cielo. El tonto se siente feliz y ríe recordando su última hazaña. A su risa se une en concierto admirable la alegría de la Naturaleza, su hermana en santa simplicidad, y entrambos, Naturaleza y tonto, parecen mofarse de los que tenemos, á Dios gracias, los sesos expeditos para pensar sin que acertemos, como ellos, con el modo de ser felices... JOSÉ A. LUENGO. DIBUJOS DE MEDINA VERA-