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Vb eHQ tt i: rm I r s V V T -WBf- -s N HOMBRE FELIZ DiEN comido, Narciso sale de su casa á dar un paseo por las calles, y acaso, si no lo impide su pereza, por el campo, que con aquel radiante sol y aquel dormir del viento y aquella apacibilidad de ambiente ha de estar que ni de perlas para esparcir el ánimo. Narciso va andando despacio, meneando las piernas con apenduiado movimiento y llevando las manos cruzadas sobre los riñones. Es corto de estatura, pero recio de cuerpo. Metido en carnes, su panza tiene cierta escandalosa prominencia que la hace digna de uno de aquellos abades coetáneos del maestro Berceo y más amigos del exquisito engullir y del sibarítico beber que de las disciplinas y maceracioncs. Su recio y apoplético cuello es digno soporte de su cabeza que, voluminosa sobre la nuca, se ensancha en la región maxilar y se ahueca en los pómulos y se estrecha y achica en la frente. Tiene la cara rasurada como un genlleman, y coloradota como un labriego, y en ella la nariz grande y aquilina se asoma curiosona á la boca tamaña como un buzón, mientras que los ojos, azules y ruines, en aquella ancha faz, se asoman también al mundo tímidos y asustadizos con cierta bovina mansedumbre. Embute sus piernas en unos pantalones de pana, estucha su torso en una chaqueta de paño azul que tira á verdoso, y cubre su cabeza con una redonda y negra boina, que con su erguido pitoncito semeja, á fe mía, una hermosa tapadera. Por lo demás, el rasgo dominante en Narciso, si no el único, es una alegría tan natural, tan serena é inalterable que, transpirada de su cuerpo como un resplandor interno, parece aureolar toda su figura. Además es tan contagiosa como las viruelas ó el cólera morbo. No vamos á decir que de la alegría de Narciso íiazca la alegría de cielo y tierra en aquella hermosa tarde del muriente otoño. Si el cielo está diáfano como un precioso y riente manto azul, y si en mitad de él brilla el sol como dorada hostia, dando con su luz alegría átodo lo que besa, esto acaece porque lo quiere Dios que así manda estos días como los lúgubres de tormenta y los malos de frío, agua y vendaval. La alegría de Narciso, aunque grande, no puede trascender al Universo; pero en cambio parece trasladarse toda entera á los rostros de los que le vislumbran. Según va andando empareja con una puerta en cuyo umbral dos ó tres mozuelas charlan con loca greguería. Al verle, exclaman todas á coro: ¡Adiós, Narciso! Buena tarde de paseo, ¿eh? -Muchas vendrán peores- -contesta él, y sigue su camino, mientras á sus espaldas suena el musical tableteo de tres sonoras carcajadas. Más adelante tropieza con unos rapaces que van hacia la escuela con los mugrientos catapacios al costado. Páranse ante él, saltan con grotescas piruetas, guíñanse de ojos y le dicen no sé qué cosas; pero Narciso se sonríe y prosigue impertérrito su paseo con aquella sobrehumana serenidad de quien se cierne sobre la realidad como el águila sobre las nubes. Al volver una esquina, sus ojos distraídos se fijan en una mujer que por el arroyo viene al lado de un borrico. Es una de las que acuden al pueblo de los lugares circunvecinos para vender leche. El asnillo lleva sobre sus lomos unas aguaderas con cuatro cántaros, cuyas bocas se tapan y juntamente se coronan con verdes diademas de hojarasca. La mujer abre la boca, y despacio, como contando las sílabas, pregona: ¡Á- la- bue- na- le- che... Narciso se va hacia ella, y con voz melosa le pide un cuartillo. La vendedora le pregunta: ¿En qué vasija lo va usted á llevar... -En ésta- -contesta Narciso dándose unas palmaditas en la prominente panza. La mujer sonríe, llenándole hasta los bordes el cuartillo, y nuestro héroe se aboca la medida de cinc sin dársele un ardite de la higiene, que manda no