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b DE MI ÁDOLESGENCIA I AS escuelas, las Universidades, los Ateneos, todos los lugares de enseñanza están abiertos ya. X, SL mucha- chería se halla metida en lo más recio é intrincado de sus cursos escolares. Y en esta ocasión, con un ligero esfuerzo de mi fantasía, alcanzo yo á ver á la inmensidad de los chico. ¡pobres chicos, encorvados sobre un libróte, desentraSnndo el sentido de los textos, mientras en el aire vuelan los pájaros, brilla el sol y ocurren tantas bellas divagaciones! Yo no puedo recordarla época del colegio sin que un poso de amargura se remueva allá en lo íntimo dé mi ser. Yo he sido siempre mal estudiante; es posible que nunca haya sido un estudiante verdadero, sino algo como un anarquista de la enseñanza. Entre sujetarme á la disciplina de una lección y marcharme á cazar grillos, siempre he optado por la última hazaña. Es natural, por consiguiente, que los maestros no me hayan estimado jamás. Yo tempoco los estimé nunca. En el centro de mi memoria se alzará siempre la figura antipática, dogmática, inflexible, insensible del maestro. Tuve yo un maestro que era muy aficionado á usar de su ironía á costa de los chicos. En aquel entonces, acaso porque atravesaba el crítico momento del tránsito de la adolescencia, solía yo quedarme ensimismado pensando en yo no sé qué inocentes ó abrumadoras ideas, y al quedarme así ensimismado solía encorvarme sobre los muslos y me dedicaba á repasar con la mirada el filo de las uñas. Pensaba, soñaba, vagabundeaba por los campos de la imaginación. Entre tanto, el maestro se ocupaba en explicarnos la lección. Pero yo no le oía... Y esta irreverencia no podía perdonármela el maestro, el cual, para que todos los chicos se rieran de mí y él resultara vengado, agarraba un libro, lo arrojaba de plano á mis plantas mismas, y cuando yo me incorporaba sobresaltado, los ciíicos reían, el maestro reía también triunfalmente. ¡Aquel necio maestro, al arrojar su libro á mis pies, cuántas sublimes é inefables divagaciones adolescentes aventó, interrumpió, malogró estúpidamente... Para recobrarme de estas injurias, yo me parapetaba luego en mi pupitre y poníame á dibujar. Mi fuerte eran los barcos. ¡Qué airosas balandras, qué arrogantes bergantines solía yo dibujar... Mientras dibujaba aquellas naves, mi fantasía navegaba á toda vela, viento en popa, y no quedaba ningún mar en el mundo que yo no surcase con el bergantín de mi imaginación. Soñaba yo entonces con llegar á ser marino; ¡la suerte no quiso que lo fuera! En vez de surcar los mares azules del Trópico, ¡heme aquí surcando con la proa de mi pluma estas blancas cuartillas de la literatura! ¡Ah, si yo hubiera sido marinero... J. M. a SALAVERRIA. DIBUIO DE REGIDOR